Análisis: La geopolítica manda en el Fondo Monetario Internacional

El sector privado aterrizó en la reunión anual del Fondo Monetario Internacional con tres inquietudes: la evolución de la inflación y las tasas de interés, el bajo crecimiento global y el complejo entorno geoestratégico.

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Jorge Sicilia, director de BBVA Research.
Crédito: BBVA Research

Por Jorge Sicilia, director de BBVA Research

Hace una semanas, en Marrakech, el sector privado aterrizó en la reunión anual del Fondo Monetario Internacional (FMI) algo menos preocupado que hace un año, pero con tres inquietudes: la evolución de la inflación y las tasas de interés, el bajo crecimiento global y el complejo entorno geoestratégico.

No hubo mensajes nuevos sobre la inflación; bajarla al 2% no iba a ser ni un proceso rápido ni sin altibajos; la batalla contra el incremento en precios no había terminado. Sobre la política monetaria, se congratularon que el sector privado por fin entiende que las tasas de interés pueden seguir subiendo y seguir altas durante mucho tiempo. De hecho, las autoridades monetarias no escondieron su satisfacción por estas expectativas y por la reciente subida de los rendimientos de la deuda a largo plazo.

En cuanto al crecimiento, había más tranquilidad. La fortaleza de Estados Unidos no cesa, por un gasto fiscal enorme y por el crecimiento del consumo al calor de la fuerte creación de empleo y del uso de gran parte del ahorro acumulado tras el covid-19, patrones que con menos intensidad también se ven en otros países. El crecimiento global se prevé en el 3%, por debajo del promedio histórico, pero sólido dado el frenazo en países emergentes por la subida de tasas de interés y del estancamiento de Europa.

La incertidumbre acerca de esta previsión es alta, si bien las inquietudes han mutado desde la última reunión del Fondo en abril que tuvo lugar tras la quiebra de un par de bancos regionales en EE.UU. y uno europeo sistémico. Por entonces, andaba también preocupado por la desaceleración de países emergentes ante tasas de la Reserva Federal que tenían que seguir subiendo y por las políticas fiscales expansivas en los países desarrollados.

Sin embargo, hace unos días sonaron menos preocupados que lo que algunos estamos por las políticas fiscales expansivas, y por la falta de incentivos en EE.UU. para bajar el déficit -ahora ya ni con republicanos ni con demócratas- que lleva una senda poco sostenible. También se les notaba tranquilos con la desaceleración gradual de emergentes, con dudas sobre el crecimiento de China por las dificultades del sector inmobiliario y la incapacidad de ese país de cambiar a un modelo de crecimiento con un mayor peso del consumo.

Ahora bien, las autoridades estaban muy preocupadas por el difícil entorno geoestratégico. A la invasión de Rusia a Ucrania de hace más de año y medio, que está enquistada, se le suman las nuevas fases del conflicto entre EE.UU. y China, que se siguen desvinculando. Aunque se perciben mejores modales entre ellos, parecen entender los riesgos a su propio bienestar de una interrupción brusca de su relación. No obstante, la separación y la animosidad continúan y genera tensiones en Europa, a la que le va a costar mucho más la desvinculación de China, aunque no sea rupturista. A todo esto, se le unen los atentados de Hamás en Israel y la respuesta de defensa del segundo en una región explosiva. Reunión tras reunión, el eje geoestratégico como fuente de riesgo tiene mayor dominancia en los debates sobre el contexto global.

Y no sólo por el crecimiento si hay desórdenes comerciales o financieros adicionales, sino por la inquietud que genera tener bloques de países enfrentados y con pocos canales activos de comunicación y negociación. Esta tensión hace muy difícil enfrentar fenómenos globales como el cambio climático, entorpece la reforma y capitalización de los organismos internacionales y abre procesos de negociación complejos no sólo ya en los acuerdos entre países sino incluso en las declaraciones públicas tras las reuniones, como estamos viendo en el G20, por ejemplo. Lo que en condiciones normales era un dolor de cabeza de gestión, ahora es una lucha de bloques que desconfían entre ellos.

Convivimos en un mundo con una gobernanza práctica cada vez más menos global. Puede seguir creciendo, pero como se produzca una crisis, dudo que la reacción sea tan de consenso como la del 2008 o tan rápida y coordinada como la del covid-19 y más en un contexto donde la actual arquitectura internacional se puede usar como instrumento de guerra económica.

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