Vidas, ciudades costeras y tierras están en peligro

| Con los ojos en el futuro. Las variaciones climáticas modifican costumbres; los expertos instan a prepararse para los tiempos que se vienen

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THE ECONOMIST

El calentamiento global es una realidad y hasta ahora los gobiernos se han preocupado más, sin éxito, por regular las emisiones de gases contaminantes que por mejorar la adaptación a la nueva realidad, algo necesario para poder convivir con los cambios que habrá en el nivel de los océanos, las zonas húmedas y en la generación de tormentas y huracanes.

El mundo estuvo más caluroso por aproximadamente 0.7° C en el siglo XX. Cada año de ese siglo fue más caluroso que el anterior con una excepción: 1998. Si los niveles de monóxido de carbono pudieran estabilizarse mediante magia en el nivel en que están hoy (casi 390 partes por millón, 40% más que antes de la revolución industrial) el mundo sería más caluroso en medio grado más a medida que los océanos, que son lentos para cambiar de temperatura, se situaran en la misma temperatura. Pero, los niveles de monóxido de carbono siguen creciendo.

Pese a 20 años de negociaciones sobre el clima -la semana pasada concluyó otra conferencia mundial que tuvo resultados considerados alentadores por los gobiernos y organizaciones ecologistas- el mundo sigue en una trayectoria de emisiones como si nada hubiera pasado, según los escenarios diseñados por el Panel Intergubernamental de Cambio Climático (IPCC, por su sigla en inglés).

Más allá de las negociaciones, los analistas que han trabajado durante mucho tiempo en la adaptación al cambio climático -buscando la manera de vivir cada vez con menos agua, temperaturas pico más altas, crecimiento de los niveles de los mares y tendencias del tiempo que chocan con los esquemas estables que permitieron el desarrollo de la agricultura- están comenzando a tener su día bajo el sol incómodo y caliente. Si bien esas medidas no pueden proteger a todos del daño que puede causar el cambio climático, no significa que deban ser ignoradas. Por el contrario, son absolutamente necesarias.

Muchas de las adaptaciones -mudarse, mejorar el suministro de agua, plantar semillas diferentes- son el tipo de cosas que la gente quiere hacer por sí misma, si le dan la oportunidad. Ese es un motivo por el que la adaptación no ha sido punto de debate público, de la misma manera que sí lo han sido las emisiones de gases de efecto invernadero de la industria y la tala de bosques. Si bien gran parte de la adaptación terminará realizándose en el ámbito privado, este también es un tema que corresponde al dominio público.

Para comenzar, algunas formas de adaptación -por ejemplo, las barreras contra las inundaciones- son claramente bienes públicos, que son mejor provistos a través de la acción colectiva. La adaptación también requiere de redistribución. Algunas personas y comunidades son demasiado pobres para adaptarse por sus propios medios y, si las emisiones causadas por el consumo de los ricos imponen costos de adaptación a los que carecen de recursos, la justicia exige una recompensa.

Asimismo, la prolija división del tema que hacen quienes definen las políticas del cambio climático, en mitigar impacto y adaptación, es demasiado simplista. Por ejemplo, algunas maneras de adaptación también mitigan. Una técnica agrícola que ayuda al suelo a guardar mejor la humedad también puede ayudar a almacenar el carbono. Algunas formas de adaptación pueden resultar difíciles de diferenciar del tipo de impacto que se quiere evitar. La migración masiva es una buena manera de adaptarse si la alternativa es quedarse quieto y pasar hambre. A las personas que viven donde aparecen los migrantes esto puede parecerles muy similar a un impacto no deseado.

Además, la presión ejercida por los grupos ecologistas y los políticos que impulsaron el debate sobre el cambio climático con frecuencia desdeñó prestar atención a la adaptación, por considerar que si la gente habla de ésta se sentirá menos motivada a impulsar la reducción de las emisiones.

Otro motivo para tomar la adaptación con seriedad es que ahora resulta necesaria: hechos como las inundaciones devastadores en Pakistán de este año resultan obvios para mostrar que el mundo no se ha adaptado al clima actual, más allá de que haya sido generado por el hombre o por causas naturales.

Aún en el caso de que el clima no estuviera cambiando, habría dos motivos para preocuparse de su capacidad de hacer más daño que antes. Uno es que naturalmente varía mucho y el período en el que hay registros de buen clima es corto en comparación con la escala de tiempo en el que juega la variabilidad, por lo que la gente puede estar ignorando lo peor que puede hacer el clima actual y menos aún el de mañana. El otro motivo es que más vidas, ingresos y propiedades están en riesgo, aunque no cambien los elementos adversos, como consecuencia del desarrollo económico, el crecimiento de la población y la migración a las costas y las planicies inundables.

EL PANORAMA DEL FUTURO. ¿Qué cambios estarán más marcados en el mundo de fines del siglo XXI, que será 3°C más caluroso que el de la era preindustrial? Hay que comenzar por las partes más frías. El hielo del Ártico en verano desaparece, permitiendo más navegación y minería, removiendo un paisaje del que los pueblos indígenas fueron parte integral, en otros tiempos. La permafrost -la capa de hielo permanente de los niveles superficiales del suelo de las regiones muy frías- se calienta y hace zozobrar la infraestructura construida sobre la misma. La mayoría de los glaciares se achica y algunos desaparecen. La nieve del invierno se derrite con más rapidez e incrementa el riesgo de inundaciones en primavera y la escasez de agua en verano en los ríos que alimenta.

También crece el nivel de los mares, aunque resulta difícil pronosticarlo con exactitud. Parte del aumento será previsible debido a que los océanos se expanden a medida que tienen más temperatura. Pero otra parte dependerá del comportamiento de Groenlandia y de las capas heladas del Antártico Oeste, lo que no puede ser pronosticado con certeza. Menos de medio metro para el año 2100 sería tener suerte, y más de un metro está dentro de las posibilidades. Más de dos metros sería muy improbable, aunque podría resultar posible más adelante.

Mientras suben las aguas, muchas costas se hundirán debido al fenómeno que se registra a medida que las ciudades succionan el agua del suelo. Los deltas estarán doblemente condenados, debido a que el efecto de descenso posterior es complementado frecuentemente por un suministro insuficiente de sedimento restaurador, debido a que queda atrapado aguas arriba por la irrigación, la producción hidroeléctrica y los proyectos de control de las inundaciones. Una estimación sugiere que si el nivel de los mares continúa en la tendencia actual, pondrá en riesgo de sufrir los efectos de las inundaciones de los deltas a 8.700.000 personas más para 2050.

Los ciclones tropicales, que representan gran parte del daño que el mar causa a la tierra, pueden ser menos frecuentes en el futuro. Pero la participación de los más destructores -los huracanes de categorías cuatro y cinco- tiene probabilidades de incrementarse. Y las tormentas mayores hacen, de manera desproporcionada, más daño.

En los océanos con más temperatura, la decoloración de los corales será más común en el futuro que ahora. Eso es malo para la pesca y el turismo, pero no necesariamente mortal para los arrecifes, debido a que los que quedan decolorados pueden ser colonizados por nuevos corales. Los arrecifes y otros ecosistemas también pueden enfrentar el daño de tener mayor ácido en los océanos, que es provocado más por niveles superiores de monóxido de carbono que por el calentamiento. En todo caso, la magnitud del impacto es incierta. En los océanos más cálidos, los nutrientes de aguas profundas no podrán reciclarse con facilidad hacia la superficie, lo que se traduciría en una menor productividad biológica en general.

En los lugares húmedos de la tierra, como por ejemplo gran parte del Sudeste de Asia, la humedad será aún mayor. En tanto los lugares secos, como son gran parte del Sur de África y el suroeste de Estados Unidos, serán más secos. En el Norte, parte de las tierras serán más apropiadas para la agricultura porque la primavera llegará temprano, mientras que en los trópicos y subtrópicos parte de las tierras marginales se convertirán casi en inhabitables.

INCERTIDUMBRE. La gente también deberá enfrentar giros imprevisibles de los esquemas del tiempo. Muchos modelos dicen que los factores que suscitan los monzones indios probablemente se debiliten. Pero la intensidad de las lluvias crecerá debido a que el aire será más cálido y podrá contener más agua. Nadie puede decir cómo se desarrollarán las dos tendencias.

Similar incertidumbre acechan los pronósticos sobre el fenómeno de El Niño y otras oscilaciones climáticas en el océano Pacífico. En general, cuanto más se busca hacer declaraciones firmes sobre lo que probablemente ocurra, menos apropiada se revela la ciencia climática.

Resulta tentador imaginar que las decisiones para adaptarse a estos cambios pueden esperar a tener modelos que den mayor certeza sobre lo que va a ocurrir y dónde. Pero esta es una esperanza en vano: las computadoras más rápidas y las nuevas técnicas para hacer modelos pueden proveer más detalles y distinciones finas pero no necesariamente serán más precisas o capaces de demostrarlo. Además, si los diferentes modelos se hacen más precisos y como resultado de sus discrepancias crecen en lugar de achicarse, ¿en qué puede confiar la gente? Las decisiones respecto de cómo adaptarse se tomarán en condiciones de incertidumbre. Por lo tanto, el truco será encontrar las vías de adaptarse a posibles climas venideros, y no diseñar las expectativas en función de un sólo futuro.

Aún así, la adaptación puede ayudar hasta un punto. Una revisión de 2009 del costo del calentamiento para la economía global sugiere que dos tercios del total no pueden ser neutralizados mediante la inversión y la adaptación, y que se sentirá a través de precios más altos, un menor crecimiento y más miseria. De todas maneras, la adaptación igual puede conseguir mucho.

Los desastres naturales causaron la muerte de 500.000 personas en 2010

Terremotos, olas de calor, inundaciones, volcanes, heladas y sequías mataron a un cuarto de millón de personas en todo el mundo en 2010, el año más mortífero en más de una generación. Murieron más personas por desastres naturales que las que fallecieron en ataques terroristas en los últimos 40 años.

Las malas construcciones contribuyeron a que el terremoto de Haití fuera más fatal de lo que debió haber sido, matando a unas 260.000 personas.

En el verano boreal hubo una intensa ola de calor en Rusia, mientras que en Pakistán sufrieron inundaciones que anegaron 160.500 km2. Ese sistema de calor y tormentas mató casi a 17.000 personas.

Este año fue uno de los más activos geológicamente en décadas: hasta septiembre hubo 20 terremotos de magnitud 7 o más, comparado con los 16 usuales. Las inundaciones mataron a más de 6.300 personas en 59 países, según la OMS.

En mayo, en Pakistán hubo 53,9° Celsius, lo que puede haber sido la mayor temperatura jamas registrada en un área habitada.

En tanto, parte de la cuenca del río Amazonas sufrió una sequía que redujo sus aguas al nivel más bajo de la historia.

Los desastres generaron pérdidas por 222.000 millones de dólares este año, una cifra mayor que la economía de Hong Kong, de acuerdo con la aseguradora Swiss Re. AP

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