Viajar con la muerte al acecho

En la Argentina, viajar en tren es una aventura de final incierto. Lo sabe cada usuario que a diario o con habitualidad utiliza este medio de transporte para ir al trabajo, a la casa, a la escuela. Es una sensación impermeable a cualquier explicación de los funcionarios del área acerca de la forma en que el Estado controla y garantiza la prestación del servicio.

Ciertamente, tragedias de la magnitud de la del miércoles son absolutamente excepcionales. Pero las "situaciones" se viven a diario, y la línea que separa la anécdota del drama es cada vez más delgada. El miércoles, sin ir más lejos, y cuando los peritos todavía trabajaban en Once para establecer las causas del tremendo accidente, otra formación de la misma línea sufrió un principio de incendio entre Ramos Mejía y Ciudadela.

Mientras se discuten las tarifas y se especula con el alcance de los aumentos que sufrirán los millones de usuarios del transporte público en todas sus variantes, en el corto y, seguramente, mediano plazo, los pasajeros seguirán condenados a viajar tan mal como hoy: apiñados en formaciones cerradas y sofocantes, colgados de los estribos e incluso sobre los techos, cual equilibristas, sin horario cierto de partida o de llegada.

Más allá del hecho fortuito y de la imprudencia de no pocos usuarios -fruto tanto de una cultura que desdeña los riesgos como de la crónica deficiencia en los controles- el estado general de la infraestructura del transporte de pasajeros revela que están creadas las condiciones para que hechos de esta naturaleza ocurran.

Casi ocho años atrás, tras los incendios de las formaciones en la estación Haedo, del Sarmiento, el entonces ombudsman de la Nación, Eduardo Mondino, hizo una presentación ante la Justicia en la que sostenía que se violaban los derechos humanos de los pasajeros al hacerlos viajar como ganado en formaciones de un sistema que no da garantías de seguridad. En todo este tiempo, y salvo cuestiones menores -esta línea, por ejemplo, sumó vagones de dos pisos, aunque no corren en los horarios críticos-, las deficiencias no desaparecieron y algunas quizá se profundizaron.

En los trenes, el servicio se presta "como está". Y los avisos no bastan para prevenir. El miércoles, no pocos sobrevivientes aseguraron que los problemas de frenado de la formación se advertían desde varias estaciones antes. Y a la tarde, en el convoy que casi se incendió, un primer síntoma fue sofocado con un matafuegos, y eso alcanzó para darle vía libre, aunque a poco de andar el fuego volvió.

Hoy, mañana, pasado, millones de personas se subirán a los vagones con el fantasma de los 50 muertos y el más de medio millar de heridos, en trenes en idéntico estado que el del viaje trágico.

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