EL PAÍS DE MADRID
Guantánamo es una fábrica de musulmanes y una trituradora de derechos humanos. Ahí pasó tres años Ruhal Ahmed. Hoy, tras inspirar una película sobre esa prisión, recorre el mundo contando su experiencia.
En el campo de detención construido en Cuba hace ya seis años al margen de la ley por Estados Unidos, el británico Ruhal Ahmed aprendió un par de idiomas (árabe y pashtún) y a confiar ciegamente en Alá. Antes de su presidio disfrutaba de ritos "occidentales" como ir a bailar o beber alcohol y había tenido algún encontronazo, menor, con la justicia.
Ahora, con 26 años, luce barba islámica, reza lo debido, come carne halal (sacrificada según establece su religión) y se casó con una fiel que oculta el cabello bajo un velo. Creyó que nunca recuperaría la libertad.
- ¿Odia a los estadounidenses?
- No, sólo a uno, pero creo que el mundo entero odia a George W. Bush, no sólo yo.
Es casi su última palabra en un restaurante japonés. En Guantánamo pensaba en comida todo el rato. En los platos caseros que cocinaba en Tipton su madre, una bangladesí emigrada a Inglaterra que tuvo siete hijos y no rindió demasiada pleitesía religiosa. Ahmed es uno de "Los Tres de Tipton". Uno de los protagonistas de la película "Camino a Guantánamo" (Michael Winterbottom, 2006). Uno de los 800 presos en las celdas de Guantánamo. Desde noviembre de 2001: un posible terrorista. En marzo de 2004: un inocente liberado sin juicio ni explicación.
También es el firmante de una denuncia contra el ex secretario de Defensa de Estados Unidos, Donald Rumsfeld, y 10 militares por detención ilegal, tortura y violación de derechos.
Ahmed era un joven orgulloso de ser británico que ya no lo está, aunque su nacionalidad ha sido el salvoconducto hacia la libertad. "Seguiría allí si no fuera británico, no es discriminación, es racismo". Partió en 2001 de Tipton con tres amigos para asistir a una boda en Kandahar (Pakistán) y acabó detenido en Afganistán, donde Estados Unidos, herido tras el "11-S", había lanzado una ofensiva contra el gobierno talibán por su apoyo a Al Qaeda.
Tras ser capturado por la Alianza del Norte, Ahmed fue uno de los 15 presos entregados a los estadounidenses.
Voló hacia el Caribe encadenado y embutido en un mono naranja que olía a orina, la suya. En el campo estadounidense vivió en una jaula de la que nada salía y casi todo entraba: lluvia, ratas, escorpiones, miradas. Intimidad, ninguna. Le interrogaron, le aislaron, le vejaron. Un día mejoró su situación. Le cambiaron a un campo más flexible donde le daban Coca-Cola y hamburguesas, veía películas de James Bond y leía a Harry Potter. Otro día le metieron en un avión, le llevaron a una comisaría de Londres y le comunicaron que quedaba en libertad, sin cargos.
No sabe por qué pasó por eso. Pero ha elegido vivir riendo, bienhumorado: "He estado en Guantánamo, lo acepto, no cuestiono por qué me ocurrió, te ayuda a pasarlo". Lo otro que ayuda son las conferencias que da de la mano de Amnistía Internacional. El testimonio que brinda acongoja a los oyentes, pero a él le sirve de terapia. "Antes tenía pesadillas, pero la audiencia me sirve de psicólogo".
"Nadie es demasiado joven"
Omar Kadhr es, a sus 21 años, el detenido más joven preso en Guantánamo (su historia fue publicada en el suplemento Que Pasa de este diario el pasado sábado). Es acusado de asesinar a un militar en Afganistán, en 2002, cuando solo tenía 15 años. El proceso al que está siendo sometido lo convertiría en la primera persona juzgada por terrorismo por actos cometidos siendo menor de edad. Sus abogados apelan a ese argumento para anular el proceso en su contra. Asesores letrados de la Presidencia de EE.UU. contestaron: "Nadie es demasiado joven para los procesos de Guantánamo". (ANSA)