EL CAIRO | THE NEW YORK TIMES Y AP
A diferencia de lo que sucede en otros países árabes que son escenario de protestas populares, en Egipto las mujeres participaron activamente en las marchas y llegaron a ser un cuarto del total de los manifestantes. Ellas están entusiasmadas con sus logros pero al mismo tiempo reconocen que aún hay mucho por hacer para erradicar del país el acoso sexual y la violencia de género por parte de los hombres.
Cuando el primer ministro de Egipto dimitió el jueves 3 de marzo, Shereen Diaa, de 32 años, cocinaba la comida para sus dos hijos pequeños en un suburbio en las afueras de El Cairo. Una mujer que usa velo y diseña su vida en torno a sus hijos, Diaa se había prometido dejar de asistir a las protestas políticas y centrarse en sus niños de seis y ocho años. Sin embargo, no pudo resistirse cuando vio en Facebook que el nuevo primer ministro se dirigiría a los manifestantes al día siguiente, en un acto sin precedentes. "Los dejaré solo dos horas", contó que le dijo a sus niños cuando los llevó a la casa de su madre para dirigirse después al centro de la ciudad, a la plaza Tahrir.
En la ruidosa multitud, se paró sobre un garrafón de agua para tener un vistazo del primer ministro Esam Sharaf, que estuvo con los manifestantes antes de la destitución de Hosni Mubarak como presidente. "¡Lo veo! Estoy realmente contenta!", exclamó, radiante, una entre miles de voces. "¡Levantemos la cabeza, somos egipcios!", gritaban.
La revolución popular de Egipto fue obra de hombres y mujeres, reunió a amas de casa, vendedoras, empresarias y estudiantes. En su punto más álgido, cerca de un cuarto del millón de manifestantes que llegaban a la plaza todos los días eran mujeres. Con velo o sin él, gritaban, peleaban y dormían en las calles junto a los hombres, cambiando por completo las expectativas tradicionales sobre su conducta. El reto ahora, dicen las activistas de El Cairo, es asegurarse de que las mujeres mantengan su participación a medida que el país avanza dando tumbos, para que no se olvide su contribución a la revolución.
LA OTRA BATALLA. "Las cosas no han cambiado, están cambiando", señaló Mozn Hasan, de 32 años, la directora ejecutiva de la organización Nazra para Estudios Feministas. Apenas iba a su casa en los 18 días que llevó derrocar a Mubarak, pero eso no es suficiente, dijo. "La revolución no se trata de 18 días en la plaza Tahrir y después convertirla en un carnaval y amar al ejército", señaló. "Simplemente, ganamos la primera fase".
El hecho de que Hasan se refiriera a la necesidad de ganancias políticas y de verdadera igualdad, en lugar de a ciertos derechos básicos más -negados a las mujeres en algunas partes del mundo árabe- es un indicio del lugar que ocupan las mujeres en Egipto. A medida que el país se ha vuelto más ferviente, los expertos dicen que cerca del 25% de las mujeres trabajan fuera del hogar. Y se les permite mezclarse más libremente en público con hombres que en algunos otros países árabes.
Sin embargo, un reciente informe del Foro Económico Mundial clasificó a Egipto en el lugar 125 de 134 países al tratarse de la igualdad entre hombres y mujeres, en gran parte porque son muchas las mujeres que no trabajan. Además, 42% no sabe leer ni escribir y casi ninguna es líder política. En 2010, las mujeres ocuparon sólo ocho de los 454 escaños del Parlamento.
Por otra parte, en el país aún se practica ampliamente la mutilación genital de mujeres, sobre todo en las zonas rurales. Asimismo, las féminas padecen cierto nivel de acoso sexual que no se toleraría en gran cantidad de países: a menudo se abusa de ellas verbalmente en las calles de El Cairo y en ocasiones se las manosea en los espacios abarrotados, usen o no velo, lo que provoca que muchas damas acaudaladas simplemente no caminen por el centro de la ciudad.
Egipto va un paso adelante respecto de otros levantamientos populares en la región, que han tenido estallidos similares de participación femenina, acompañada de un reconocimiento de los hombres de que su apoyo es vital. En Bahréin cientos de mujeres envueltas en la tradicional túnica negra se alzaron contra las autoridades en manifestaciones contra el gobierno, pero en un gesto hacia su cultura conservadora dormían y rezaban afuera durante las protestas en una sección especial acordonada. En Yemen solo en los últimos días cantidades significativas de mujeres han empezado a protestar en Saná, la capital, pero, claro, son menos que los hombres.
Diaa, cuyo esposo trabaja en una corporación multinacional, señaló que el papel de las amas de casa en la revolución de Egipto ha sido crítico porque a menudo tienen más tiempo para protestar que sus maridos. A la Hermandad Musulmana le ha quedado clara la importancia de las esposas desde hace mucho tiempo; las mujeres están activas en los organismos de beneficencia que son su columna vertebral. "Sentimos que ahora este es nuestro país", señaló Abrar Mousad, de 15 años, una seguidora de la Hermandad que estuvo en la plaza junto con su madre, tía y prima. Llegaron de la ciudad norteña de Tanta para participar de las marchas. "Todo ha cambiado. Puedo decir lo que pienso y lo que necesito sin temor a nadie", siguió. Esa valoración puede ser excesivamente optimista.
ACOSO SEXUAL. Las feministas reconocen que la batalla por la igualdad no será fácil. No obstante, las mujeres de El Cairo están entusiasmadas y dicen que quizá el mayor cambio registrado hasta ahora sea interno. Llegaron a convencerse de que las calles ahogadas por el tránsito en el centro de la ciudad, un espacio dominado por los varones desde hace mucho tiempo, podría igualmente ser suyo a pesar de los años de acoso sexual que han padecido.
Un estudio de 2008 del Centro Egipcio para los Derechos de las Mujeres asegura que gran mayoría de las encuestadas sufrió acoso sexual. Y casi nunca se castiga a los acosadores, a menudo integrantes de las fuerzas de seguridad estatales, expresó Nehad Abu el Komsan, la directora de la organización.
Komsan responsabilizó por el problema a la falta de leyes que protejan a las mujeres contra la violencia sexual, al temor de las damas para reportar los problemas y a una poderosa contracorriente de opresión y frustración en la sociedad egip cia, particularmente entre los varones jóvenes pobres, sin instrucción y desempleados. Sin embargo, durante la revolución las mujeres enfrentaron a los francotiradores y al gas lacrimógeno en esas mismas calles e interactuaron con hombres a los que se les había dicho que evitaran. "Los mismos hombres con los que temían hablar en las calles decían: `¡Bravo, la revolución de las chicas!`", explicó Hasan.
Pero no hubo muchos días de protestas antes de que se interrumpiera el sentido de unidad que había surgido en la plaza Tahrir: el 11 de febrero, justo cuando caía Mubarak, la multitud creció empujando a las personas unas contra otras. Poco después atacaron sexualmente a Lara Logan, una reportera de CBS News; los detalles siguen sin estar claros. Varias egipcias informaron que también las manosearon y acosaron sexualmente.
Komsan y otras mujeres creen que la violencia, ausente durante la revolución en sí misma, es obra de extraños o jóvenes que se comportaron esa noche como si se hubieran ganado un partido de fútbol, celebraciones que son notorias por el acoso.
Pero más allá de la excusa, los hechos siguen siendo un recordatorio del largo recorrido que le falta a Egipto para resolver sus problemas sociales más alarmantes.
"Estaba tan decepcionada", dijo Yasmeen Mekawy, de 25 años, una egipcia-estadounidense a quien la sorprendió no haber padecido ningún acoso durante la revolución, pero a la que agarraron por atrás el viernes posterior a la salida de Mubarak.
También este martes hubo decepción, cuando en el Día Internacional de la Mujer cientos de egipcias se manifestaron en demanda de la igualdad de derechos y el fin del acoso sexual. La movilización se tornó violenta cuando numerosos hombres las insultaron y les dieron empellones. Ellas fueron superadas en número por hombres que les increpaban que se fueran a sus casas donde, según ellos, debían estar.
También hubo decepción en el ámbito político. El comité de ocho expertos jurídicos designado por las autoridades militares para revisar la Constitución no incluye a ninguna mujer ni, según Amal abd al Hadi, una histórica feminista de El Cairo, a nadie con una perspectiva sensible de género. Como resultado, en una propuesta de reforma se establece que el presidente no podrá estar casado con "una mujer no egipcia", lo que, al parecer, descarta la posibilidad de que exista una presidenta.
Una coalición de 63 organizaciones de mujeres inició una petición para incluir a una abogada en el comité bajo el argumento de que las mujeres "tienen el derecho a participar en la construcción de un nuevo Estado egipcio". Al Hadi notó que en las revoluciones egipcias pasadas, en 1919 y 1952, las contribuciones de las féminas se habían topado con reveses similares. Uno de los peores temores de las damas es que esperan que las reformas en la legislación del país erosionen los derechos que ya tienen, en especial si las fuerzas islámicas conservadoras adquieren un papel más grande en el gobierno.
Sin embargo, muchas mujeres también notan progreso. En las marchas muchas de las jóvenes de la plaza Tahrir usaban bandas policiales no oficiales en la cabeza y portaban letreros en los que recordaban a los hombres que respetaran a las mujeres. Afuera de la plaza se tendían puentes respecto de la profunda suspicacia que había separado a las feministas seculares de las islámicas, que creen que su religión debería ser el paradigma de los derechos de las mujeres, según señaló Fatma Eman de 28 años, una feminista islámica. "Después de la revolución, me recibieron en forma muy decente", dijo. "Necesitaban algo para demostrar que somos aliadas".
Diaa dijo que planea quedarse en su casa ahora para darle al primer ministro la oportunidad de trabajar, y ayudar a sus hijos. Sin embargo, comentó que regresaría a las calles si Sharaf no hace cambios democráticos con rapidez. "No veo ninguna diferencia entre hombres y mujeres", señaló, al hablar sobre los muchos días de protestas en las que estuvo. "La única diferencia es que los hombres pueden quitarles las varas a los matones. Pero eso no significa que no tengamos voz. Yo creo que tengo voz, así que no me puedo quedar en mi casa. Tengo una responsabilidad. Puedo ser una de un millón".
Libia: ellas también marchan contra Gadafi
Bengasi | La música sonaba por los altoparlantes del Alto Tribunal de Bengasi y miles de mujeres empezaron a entonar las estrofas que se convirtieron en un símbolo de la revuelta libia: "Nos quedaremos aquí hasta conseguir la libertad, nos quedaremos aquí hasta que el dolor se vaya", cantaban con las manos en alto haciendo la "V" de la victoria.
Mientras las fuerzas pro Gadafi bombardeaban a los rebeldes desde hacía varios días en distintas partes de Libia, en Bengasi, el bastión de la oposición (1.000 km al este de Trípoli), el sol caía y en el aire se agitaban cientos de banderas rojas, negras y verdes.
"Ayer fue el Día Internacional de la Mujer y hoy salimos las mujeres libias a decirle basta a Gadafi, a decirle a Gadafi que se vaya", dijo el miércoles Najwa al Tir, una voluntaria en medio de una emocionante manifestación en el lugar en el que comenzó la revuelta contra el régimen del líder libio hace tres semanas. "Está matando gente en Zauiya, en Ras Lanuf, en Brega. No es justo", agregó la joven que participa en las protestas contra Gadafi casi desde el primer día.
Separadas de los hombres por un cordón humano de un lado y un vallado del otro, estos miles de mujeres, en su gran mayoría con el velo tradicional, gritaban tan fuerte como podían "¡Libia libre, Gadafi fuera!".
Algunas llevaban retratos de sus familiares caídos. Y todas tenían pañuelo o banderas con los nuevos colores del emblema libio, que en realidad son los viejos, los que se usaron desde la independencia del país en 1951 hasta la llegada de Gadafi hace 42 años.
"¡Fuera vampiro! ¡Basta!", decía una pancarta en medio de la multitud. "No podemos someternos. Victoria o muerte", prometía otra. Había muchas niñas y adolescentes, así como madres con niños chicos. "Todas estas mujeres están aquí para decirle a Gadafi que es un asesino, que está matando a gente inocente, a jóvenes, y que se tiene que ir", afirmó Najat, de 32 años, con su hijo Abdul de 2 y medio en brazos. "Dice que Al Qaeda está detrás de esto. ¿Dónde está Al Qaeda? ¿Acá, entre estas mujeres?", preguntó con ironía gritando a la multitud.
Najat afirmó que su marido y su hermano estaban en ese momento en Ras Lanuf, un puerto petrolero 350 km al oeste de Bengasi donde los rebeldes ofrecieron resistencia, pero Gadafi logró una conquista el jueves.
"Si ellos no estuvieran defendiéndonos, él traería a sus mercenarios aquí a Bengasi para matarnos", dijo.
No lejos de ella, Dania, una adolescente de 15 años, se enardecía al hablar de los ataques de las fuerzas pro Gadafi contra la rebelión: "No es humano, no es justo", gritaba. "En Zauiya los niños no tiene para comer. Zauiya parece Gaza", indicaba, al referirse a esa ciudad del oeste, que en ese momento era el enclave rebelde más cercano a Trípoli, pero que también cayó en manos de Gadafi.
Si bien el régimen ha hecho del acceso de la mujer a la educación y el mundo laboral uno de sus caballos de batalla, lo cierto es que la sociedad libia mantiene una fuerte tradición religiosa y cultural que obstaculiza esta aspiración. AFP