THE NEW YORK TIMES | NUNCIDO
Subiendo y bajando por los ríos del occidente colombiano, una nueva especie de ejército criminal avanza más allá de esta profunda selva. Lucha contra guerrilleros por el control del tráfico de cocaína y obliga a huir a miles de indígenas. A medida que se intensifica la guerra en Colombia por el control del narcotráfico en las fronteras, con nuevos combatientes que buscan rutas para el contrabando y áreas para el cultivo de coca, los grupos indígenas cada vez pagan costos más altos. Al menos 27 de éstos enfrentan el riesgo de ser eliminados.
Los pistoleros llegaron cuando Jhonny Caisamo estaba cosechando plátanos en la selva de la región del Chocó. Con más de 100 efectivos, los hombres lo golpearon y después lo amenazaron con ahogarlo en el Río Cedro. "Ellos querían saber dónde estaban los guerrilleros", dijo Caisamo, de 18 años, uno de los muchos indios emberás que relatan golpizas, así como violaciones y amenazas. Colombia tiene unos tres millones de refugiados internos -en el ranking mundial de ONU se coloca en segundo lugar sólo después de Sudán- y sus indígenas conllevan una desproporcionada parte del sufrimiento.
El desplazamiento más reciente de los emberás fue colectivo, luego que los Rastrojos, ejército criminal, violara a dos jóvenes emberás y matara a un hombre antes de quemar su cuerpo frente a su familia. Los emberás que huyeron durante los primeros tres meses de este año casi totalizaron los 2.400 desplazados. Sus comunidades yacen en áreas que están en la mira de ejércitos criminales.