Un millón de personas marchó por calles de Roma, otro millón por Barcelona y otro millón por Madrid, mientras medio millón de individuos lo hacía en espacios abiertos de Londres y Berlín, sin olvidar manifestaciones masivas —aunque menores que esas— en el centro de Nueva York, San Francisco, París, Milán, Valencia, Melbourne, San Pablo y Buenos Aires, entre otras 600 ciudades igualmente movilizadas. Todo ello ocurrió el sábado 15, aunque Montevideo se había adelantado al fenómeno el viernes 14 con una notable presencia popular en la marcha (70.000 personas, según se dijo) por la avenida 18 de Julio. Esa ebullición mundial se produjo para pedir por la paz en Irak y expresarse contra la guerra que se anuncia en ese país del Medio Oriente. Pocas veces la experiencia humana en torno a un hecho político, ha conocido una respuesta tan voluminosa, tan ferviente y espontánea a escala internacional.
El hecho deja establecidas un par de cosas que convendrá tomar en cuenta para el futuro inmediato. Por un lado, demuestra el volumen de una discrepancia popular en países como España, Italia e Inglaterra, cuyos gobiernos han expuesto su claro apoyo a la actitud belicista de Estados Unidos en Irak y saben ahora que la mayor parte del pueblo no está con ellos. Por otro lado, revela el vigor y la expansión de una posición pacifista ante la amenaza de una guerra para la cual no hay excusa razonable, según sectores cada día más vastos de la población mundial. Esa mayoría que se opone al conflicto es del 87 por ciento en Francia, 89 por ciento en Argentina, 79 por ciento en Uruguay y 74 por ciento en España, sin ir más lejos. Pocas veces el cuestionamiento a una agresión militar ha sido tan generalizado, tan manifiesto y tan frontalmente expresado como en este caso.
Por otro lado, finalmente, el oleaje popular salió a la calle en las mayores capitales del planeta porque se enfrentaba a un momento decisivo: desestimadas las gestiones diplomáticas y estancados los debates de Naciones Unidas en torno a Irak, las autoridades norteamericanas consideraban inminente y hasta impostergable la fecha del ataque. Pero el sábado 15, aquellas inmensas manifestaciones por la paz se alzaron contra la eventualidad de esa agresión, levantando una barrera simbólica contra el operativo anglosajón. De hecho, funcionaron como una inesperada expresión de democracia directa, herramienta a la que suele recurrirse cuando los organismos representativos del sentimiento general demuestran su inoperancia o su incapacidad. En el caso de Irak, ese organismo había sido el de Naciones Unidas, cuyos engranajes se atascaron ante el rechazo que Francia, Alemania, Rusia y China (entre otros) han mostrado hacia esta aventura bélica.
Pero Naciones Unidas no sólo fracasó ahora por el brío de ese frente opositor, sino por los pésimos antecedentes de la institución en otras crisis de parecida entidad. El foro mundial ha sido históricamente retraído, ineficiente, tardío y hasta prescindente cuando se produjeron desastres regionales, desde Vietnam, Biafra o Cambodia hasta Yugoslavia o Ruanda, sin olvidar Afganistán (ayer y hoy), Israel-Palestina (ayer y hoy), Somalía (ayer y hoy) o Colombia (ayer y hoy). Las omisiones, demoras y torpezas operativas de Naciones Unidas, rasgos que han generado una imagen de indecisión y escasa credibilidad, fueron permitiendo que las potencias se las arreglaran solas frente a cada episodio, haciendo lo que querían (o podían), y desarrollando en sus centros de poder la sensación de que la salida de las crisis dependía de su fuerza unilateral y no de la destreza negociadora de un organismo internacional.
Y así Naciones Unidas fue desacreditándose a medida que perdía presencia, perdía autoridad y perdía eficacia para arbitrar en problemas que reclamaban su actuación. Ahora se ha convertido en una asamblea aquejada por la vacilación y la debilidad, donde ciertas demostraciones de prepotencia de un país hegemónico apenas pueden frenarse con votaciones cuyo precario valor se desploma el día en que ese país poderoso resuelve actuar por cuenta propia, ya sea en Irak como en Granada o en Panamá. Por más representatividad global que invoque, el paquidermo burocrático ya no puede hacer nada para modificar la realidad, guiarla ni rescatarla. Sus engranajes se han oxidado, sus decisiones no conmueven a nadie, la aristocrática integración de su Consejo de Seguridad es la mesa del casino en torno a la cual se sientan cinco jugadores permanentes y otros diez rotativos. Ya no es aconsejable esperar nada de ese fósil anclado en Nueva York y por ello han salido a marchar en las calles tantos millones de personas que —como decían los latinos— son la voz de Dios.