Islam radical desafía tradiciones de tolerancia

Amsterdam es la capital internacional de la tolerancia. Marihuana, prostitución, matrimonio entre homosexuales, aborto, eutanasia: se puede tener todo. Esa misma actitud de tolerancia ha guiado por varios decenios la flexible política de Holanda hacia la inmigración.

Al igual que sus vecinos europeos, Holanda ha permitido que grandes números de extranjeros se establezcan dentro de sus fronteras. Casi la mitad de la población de Rotterdam, el puerto más grande del mundo, nació en el extranjero. Inmigrantes musulmanes, principalmente de Marruecos y Turquía, conforman un millón de la población de Holanda, de 16 millones.

Nada de lo cual ha agobiado mucho a esta nación liberal. Es cierto que el concejo del Ayuntamiento de Rotterdam ha buscado negarles viviendas públicas a inmigrantes de bajos ingresos, para así crear lo que denomina un mejor "balance" en su población. Pero, en general, los holandeses se han aferrado a la convicción de que sin importar de dónde vinieron, los inmigrantes adoptarían con el tiempo la misma perspectiva liberal, creencias tolerantes y libertad de conciencia que ellos mismos.

Hasta la mañana del 2 de noviembre, cuando un inmigrante marroquí mató un cineasta, columnista e iconoclasta, Theo van Gogh afuera de sus oficinas en Amsterdam. El expresivo van Gogh se había ganado en el pasado la enemistad de cristianos y judíos con sus cáusticos comentarios.

Sin embargo, fue un extremista islámico quien le disparó a van Gogh, le cortó la garganta y después se clavó un manifiesto de cinco páginas en el pecho citando el Corán, deplorando a una permisiva sociedad y declarando que Estados Unidos, Europa y Holanda seguramente serían destruidos.

Van Gogh había dirigido en fecha reciente un cortometraje de 10 minutos acerca de la subyugación de las mujeres bajo la ley islámica. El filme se basaba en las escrituras de la parlamentaria holandesa Hirsi Ali, inmigrante de Somalia por vía de Arabia Saudita, Etiopía y Kenia.

Desde la muerte de van Gogh, Holanda ha titubeado en el filo de la anarquía sectaria. Aproximadamente 20 mezquitas y escuelas islámicas han sido objeto de ataques con bombas incendiarias o profanadas con un puñado de ataques en represalia en contra de iglesias. Para restaurar el orden, el ministro de Justicia, Piet Hein Donner, propuso que se hiciera valer una polémica ley de 1932 que prohíbe la "blasfemia despreciativa".

Las encuestas muestran un notable endurecimiento de la opinión pública con respecto a la inmigración en general y la integración de musulmanes en particular, no sólo en Holanda sino a lo largo de Europa. Francia ya había lanzado en setiembre la primera andanada en la guerra secular de Europa en contra de la práctica islámica, con una prohibición sobre los tocados y mascadas en escuelas públicas.

Con todas sus fallas, lo que se percibe como prejuicio y xenofobia, Estados Unidos se exoneró a sí mismo comparativamente bien después del 11 de setiembre del 2001. Sí, se presentaron actos despreciables de violencia y represalias en contra de musulmanes cuando 3.000 vidas fueron borradas aquí, a diferencia de una sola en Holanda. Sin embargo, el impulso abrumador de la mayoría de los estadounidenses era la tolerancia y el diálogo.

Irshad Manji, defensora canadiense de la reforma islámica, capturó las diferentes percepciones y el trato de musulmanes en una opinión personal publicada en el New York Times. "En Europa occidental", escribió, "el punto de entrada para este debate es el hiyab; esto es, el velo que visten muchas mujeres musulmanas como indicación de modestia. Por contraste, el punto de entrada en Estados Unidos es el terrorismo".

¿Por qué el hiyab o el asesinato de van Gogh provocan la reacción europea cuando, por ejemplo, los atentados del 11 de marzo en Madrid no lo hicieron? La diferencia, concluye ella, se debe a que los europeos ven la religión —sea catolicismo, judaísmo o islamismo— como una fuerza irracional. La búsqueda de la libertad religiosa, por otra parte, impulsó a los inmigrantes a establecerse en Norteamérica.

Muchos europeos racionalizaron erróneamente el 11 de setiembre como motivado políticamente y como una justa recompensa por la soberbia estadounidense —y los ataques de Madrid por la lealtad del gobierno de Aznar a esa soberbia— en vez de como la expresión violenta del fanatismo religioso.

Esas cómodas suposiciones, junto a la falta de reciprocidad en la tolerancia, finalmente están siendo cuestionadas.

Los estadounidenses tampoco deberían mostrarse complacientes con respecto a la tolerancia de nuestra propia sociedad, ni hacia aquellos que abusan de nuestra libertad de religión para predicar el odio y la violencia, como tampoco hacia quienes promoverían el prejuicio en contra de personas con diferentes antecedentes y creencias.

Acerca de los directores de una escuela islámica en Seattle que, según documentos de una corte, estaban entrenando a niños en "cómo disparar y combatir a los estadounidenses". Y con respecto al comediante Jackie Mason, quien, como anfitrión invitado en el programa radial de Jim Bohannon, dijo: "Toda la religión musulmana está predicando y enseñando odio, terrorismo y asesinato".

La tolerancia, según están redescubriendo dolorosamente los europeos, es una calle de dos sentidos.

© The New York Times News Service

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar