Golpean e insultan a la hermana de Kirchner

2007-05-13 00:00:00 700x388
La Nación / GDA

RIO GALLEGOS.– Las dos cuadras y media que caminó fueron un infierno. Un manotazo la alcanzó desde atrás y la golpeó en la espalda. Otro arrastró consigo un manojo de cabellos rubios. Eran de Alicia Kirchner, la ministra de Desarrollo Social y hermana del Presidente, que ayer fue agredida por un grupo de 300 manifestantes que la hostigaron mientras almorzaba en un restaurante del centro de esta ciudad.

La cara de la mujer que el gobierno nacional quiere como candidata a gobernadora de Santa Cruz se cubrió totalmente de harina. Volaban huevos sobre ella. Caminó y caminó, sin resguardo alguno, acompañada por sus dos hijas, Natalia y Romina Mercado, y por el sacerdote Juan Carlos Molina. Dos minutos antes, en el interior del local, había dicho: "Yo puedo caminar mi ciudad con todos mis vecinos".

Sonaban alaridos en el mediodía en que esta capital volvió a perder la paz. "Provocadora, chorra, traidora. Esta provincia ya no te pertenece. ¡Fuera!" Todo eso escuchó la hermana del Presidente. Se tomaba del cuello de una persona que la rodeaba procurando no caerse en el amontonamiento de gente, al tiempo que oía más insultos. Pudo quitarse los anteojos. Parecía que no podía respirar.

Todo comenzó a las 14, mientras comía en una clásica parrilla local, Roco, sobre la avenida Presidente Roca. Una maestra que almorzaba allí la vio y abrió el camino al escrache. Un llamado a un colega docente alcanzó para que, en diez minutos, la cuadra se colmara. Primero fueron unas 30 personas. Pero el número crecía casi tan rápido como la bronca. El restaurante, totalmente vidriado, fue testigo inesperado de la furia. Las radios locales dieron aviso enseguida de la presencia de la ministra. Los mensajes de texto de los teléfonos celulares completaron la cadena que se armó en minutos.

Como podían, los manifestantes se hacían espacio para pegar sus narices frías contra el vidrio. Querían verla. Alicia Kirchner estaba en una mesa alejada, ubicada casi en el fondo de un salón que no tenía más de 80 metros cuadrados. Los autos que pasaban tocaban bocina y paraban, en doble fila.

Ella, adentro, no se imaginaba que terminaría todo tan mal.

En un diálogo con LA NACION en el interior del restaurante, antes del episodio de violencia, dijo: "Me da mucha pena. Yo busco el amor. A esta gente la están manejando". Su sonrisa habitual estaba hasta ese momento intacta.

De jeans, polera rosa y botas, la hermana del Presidente repetía que podía caminar sin problemas "entre su pueblo".

Una maestra primero, el abogado Dino Saffroni después, el empleado municipal Juan Carlos Ibáñez -que mostraba las heridas suturadas en la cara producto de la represión anterior- se fueron acercando a ella para expresarle sus reclamos. De a poco. Algunos con diálogo cordial, otros con un elevado tono de voz para un sábado en familia. Así estaba la ministra: la acompañaba un grupo de diez mujeres, entre ellas sus hijas y su mano derecha en la cartera social, Inés Páez de Bianchi. También estaba su yerno y el padre Molina, sin sotana.

El País Digital y La Nación

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