Gigante contemporáneo

Como integrante de la Iglesia Católica debo de analizar la figura del Papa Juan Pablo II en un doble plano, el religioso y el político. Nuestro catecismo nos enseñó que el Papa es "el Obispo de Roma, el sucesor de San Pedro y el Vicario de Cristo en la tierra, a quien todos estamos obligados a obedecer". En ese sentido este Santo Padre ha sido un conductor estricto del catolicismo, reafirmando, en tiempos de materialismo, comodidad y consumismo, una visión ortodoxa de la fe cristiana. Se destacan sus firmes posiciones sobre el aborto y la eutanasia como defensor del valor superior de la vida, don de Dios. En materia de dogma, creemos los católicos que su magisterio es infalible. En otros aspectos religiosos controvertibles, su conducción fue polémica. Por ejemplo, no se comprende su oposición al sacerdocio femenino que carece de base teológica. En cambio fue razonable su posición en favor del celibato como entrega magnífica al servicio único de la religión.

En el plano político, los pontífices romanos, desde tiempos de Constantino hasta el Tratado de Letrán (1924) gozaron de tremendo poder temporal y material. En tiempos modernos el Papa, cualquiera que ocupe el trono de San Pedro, tiene una enorme influencia moral e intelectual, acrecentada por los medios de comunicación actuales. Es en este escenario donde el pontificado de Juan Pablo II dejará un legado inigualable. Su lucha por la Polonia natal desencadenó la fuerza que derribó al imperio comunista que por casi cincuenta años esclavizó media Europa. En esta tarea fue incansable, valiente e intransigente... y venció.

Sin compromisos con nadie, fue tremendo en su franqueza, en condenar a quien fuera sin miramientos, libre como nadie en el escenario internacional.

Tuvo especial cariño por los jóvenes, que le respondieron en todo el mundo diciendo —a gritos o con pancartas— "Totus tuus" (todos tuyos). Los alentó a una vida de servicio en medio del mundo cómodo de hoy, a practicar el dominio del espíritu sobre la materia y a ser testimonio vivo de que se puede ser joven de otra manera.

Un hombre excepcional.

Finalmente, en lo personal, un recuerdo: el de su mirada penetrante que veía muy al fondo de las personas. En una audiencia en el Vaticano, mano a mano, conversamos de muchos temas, pero lo que queda más fijo en la memoria es ese mirar azul, sin parpadeos de un hombre que, ya débil físicamente, era de hierro por dentro. Hierro dulce, pero hierro.

Junto con Teresa de Calcuta forman un dúo que reconcilia a la humanidad con sí misma y eleva el nivel de espiritualidad del género humano.

Lo veremos en los altares...

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