Fortunas que van y vienen

Jorge Abbondanza

Un millón de dólares para Jessica Lynch. Se los pagó el sello editorial Alfred A. Knopf a cambio del uso de su nombre en el libro autobiográfico También soy un soldado: la historia de Jessica Lynch. Ese texto será escrito por el periodista Rick Bragg, una notabilidad cuyo nombre quedó manchado hace cuatro meses cuando debió renunciar al diario The New York Times luego de ser suspendido bajo acusación de "firmar notas cuyas investigaciones eran realizadas por otros". El escándalo Bragg, empero, no fue el único que ahora acompaña a la flamante aventura editorial: la propia Lynch protagonizó sin quererlo la mentira de un episodio bélico adulterado por el Pentágono, cuando cayó prisionera de los iraquíes el 23 de marzo.

En ese momento, la versión oficial dijo que Lynch había sido baleada por el enemigo mientras se defendía a tiros y que posteriormente fue rescatada por un destacamento norteamericano que debió abrirse paso ferozmente en el hospital de campaña donde la mantenían prisionera. Pero luego la BBC de Londres contó la verdad y el Pentágono debió reconocer el fraude en un embarazoso informe: Lynch se había herido cuando el camión donde viajaba volcó en medio de una emboscada y durante su permanencia en aquel hospital recibió transfusiones con sangre donada por los propios médicos iraquíes. Cuando sus compañeros de armas llegaron a liberarla el 1º de abril, no hubo oposición alguna pero esos soldados simularon igualmente el fragor de una lucha, pegando gritos y disparando sus armas al aire ante una cámara que los filmaba. Atónitos, los médicos iraquíes que presenciaban la escena y no entendían lo que pasaba, confesaron después que el operativo "parecía una película de Hollywood".

A pesar de todo, Lynch tuvo el recibimiento de una heroína cuando regresó a su ciudad natal (Palestine, en West Virginia) lo cual demuestra los extremos de desinformación de cierta opinión pública o confirma un hecho casi mágico: la gente cree simplemente en lo que quiere creer, sobre todo cuando sus emociones necesitan una figura heroica, esa categoría que escasea en las guerras de hoy. De manera que la combatiente cuya historia era falsa y el periodista cuyas notas eran falsas, confluyen ahora en una transacción literaria que coloca en sus manos aquel millón de dólares, cifra en todo caso más modesta que los cinco millones adelantados a la senadora Hillary Clinton a cambio de sus confesiones (políticas y conyugales) en Living History, ese best-seller que ilumina los rincones de la Casa Blanca. En noviembre, la primera edición de También soy un soldado tirará 500.000 ejemplares y permitirá que la ficción suplante líricamente a la verdad.

Pero las cantidades que se barajan en el mundo editorial son modestas si se comparan con las sumas que circulan en otros campos. Los actores de cine Cameron Díaz y Adam Sandler ingresaron al Libro Guinness de los Récords por haber recibido los mayores ingresos anuales de su gremio: ella con 40 millones durante el año 2001 y él con 47 millones en el mismo ejercicio, ocupando así los lugares que anteriormente pertenecían a Julia Roberts y Bruce Willis. Y aún tales utilidades parecen chicas cuando se las confronta con los 80 millones que una famosa bebida refrescante pagó al cantante Enrique Iglesias (hijo de Julio) a cambio de convertirlo en imagen de su producto durante la gira mundial que hará ese español con su melódico repertorio.

Sin embargo, ni siquiera esas pilas de dinero pueden impresionar cuando se sabe que el presidente Bush pidió al Congreso otros 87.000 millones de dólares para hacer frente a una ocupación militar de Irak que por el momento cuesta 4.000 millones mensuales y que en el futuro será todavía más cara, ya que según la Oficina Presupuestaria del Congreso "el aparato militar que se mantiene en la zona no bastará para controlar la situación más allá del próximo mes de marzo". Pero tampoco esos inmensos recursos conmueven a nadie cuando se recuerdan cifras mayores: el déficit del presupuesto norteamericano llegará a 400.000 millones de dólares en 2004, aunque el gasto militar crece a mayor velocidad y supera largamente esa suma.

Si alguien cree que así se llega al tope en materia de desembolsos e inversión, se equivoca. Después del apagón gigante del mes de agosto en la costa oriental de Estados Unidos, la Sociedad Americana de Ingenieros Civiles ha denunciado que "la infraestructura de ese país sufre un grave desmejoramiento" y que remediar el deterioro en materia de puentes, tendidos eléctricos, rutas, redes de agua, cloacas y embalses, exigirá invertir un billón y medio de dólares, cantidad que se escribe con once ceros después del uno y el cinco. Sólo el cambio de generadores en el vetusto sistema eléctrico obligará a los contribuyentes norteamericanos a pagar 50.000 millones de dólares en aumentos de tarifas para financiar esa mejora. Ni Jessica Lynch se salvará del gravamen.

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