El polvorín afgano del presidente Obama

JORGE ABBONDANZA

Barack Obama sigue apostando a la aventura militar en Afganistán, sin tomar en cuenta que las ocupaciones de potencias extranjeras no sofocan sino que sirven de levadura a los movimientos radicales, como lo demostró en los años 70 el vietcong en Vietnam y lo confirman Irak y Afganistán. Desde hace 8 años, el conflicto afgano ha sido una guerra de desgaste donde las tropas occidentales han llevado la peor parte, la secta talibán ha resurgido y domina provincias enteras del país, las ciudades están devastadas y uno de cada cuatro soldados deserta del ejército afgano, panorama que según los analistas puede llevar a la desintegración de esa fuerza. Emprendida en 2001 por el gobierno de Bush, esa invasión estaba destinada a aplastar al movimiento talibán y atrapar a Osama bin Laden, dos cometidos que no pudieron lograrse. Si conocieran la historia regional, los dirigentes norteamericanos sabrían que Afganistán ha sido eternamente inconquistable, como lo demuestran las incursiones fracasadas de Alejandro Magno, los Grandes Mogoles de India, el Imperio Británico, Rusia zarista y la Unión Soviética entre 1979 y 1989.

Allí por el momento juegan con fuego, no sólo por el desbarajuste afgano sino por la inestabilidad del vecino Pakistán. Ese otro país musulmán es un gigante que se tambalea, pero es además una potencia nuclear que revela cada día más factores de descalabro. El demográfico es el más grave, porque la población ha crecido un 50% en los últimos veinte años y la enorme desocupación que afecta a la juventud la empuja hacia grupos extremistas y explica que el 70% de esos jóvenes declare encontrarse en situación económica mucho peor que el año pasado. Los estudiosos dicen que Pakistán debería poder crear 36.000.000 de puestos de trabajo en los próximos 10 años, pero eso cuadruplica la capacidad de la economía paquistaní para generar empleos, lo cual explica por qué Pakistán es otra bomba de tiempo en el polvorín regional.

Al margen de todo ello, Obama acaba de recibir el Nobel de la Paz, lo cual demuestra cómo a veces esa distinción no responde al idealismo ni a una finalidad humanitaria, sino a una estrategia política en la que los escandinavos mueven sus fichas sobre el tablero internacional.

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