El internacionalismo democrático iberoamericano

Una provincia iraquí está bajo el control militar de tropas iberoamericanas. La "Brigada Plus Ultra", que es como se llama la fuerza expedicionaria, por ahora incluye 1.200 soldados españoles, 350 dominicanos, 370 salvadoreños, 360 hondureños y 115 nicaragüenses. La manda el español Alfredo Cardona, un general con fama de militar competente, y cada destacamento nacional tiene al frente a un coronel de su mismo origen. Lo probable es que a corto o medio plazo tengan que enfrentarse a situaciones violentas y sufran bajas.

Será un gran sacrificio, pero valdrá la pena. En el mundo real es imposible renunciar al uso de la fuerza. Lo ideal es que las personas y los países sean pacíficos, desarmados y amorosos, pero eso sólo sucede en el Vaticano. Es verdad que para un hondureño o un dominicano la guerra de Irak parece ser un pleito remoto y ajeno, mas esa es una manera poco seria de desentenderse de los problemas que afectan a la especie humana. América Latina, con sus 400 millones de habitantes, constituye el seis por ciento del censo planetario y, sin dejar de ser pobre y desorganizada, es un segmento geográficamente muy importante de Occidente. Si no participamos en los grandes acontecimientos, aunque sea desde una modesta esquina y a remolque de Estados Unidos o de la mano de las democracias europeas, no podremos influir en ellos.

No es la primera vez que los latinoamericanos actúan en operaciones militares de cierta envergadura. Brasil mandó una división completa a pelear en Europa durante la Segunda Guerra. Y fue una ayuda efectiva: la decisiva batalla de Monte Castello, en Italia, la ganaron los brasileños. En Corea fueron los puertorriqueños y los colombianos los que más se destacaron. El 65 Regimiento de Infantería, formado por boricuas, en tres días de intensos combates le arrebató a los chinos a punta de bayoneta dos colinas clave situadas al sur de Seúl que las otras tropas bajo la bandera de la ONU no habían conseguido conquistar. Fue una lucha horrenda que dejó como saldo cientos de cadáveres y una asombrosa muestra de valentía por parte de los soldados puertorriqueños.

A partir de esta reciente experiencia iraquí las naciones democráticas iberoamericanas deberían crear una fuerza común permanente, aunque sea pequeña. Eso sería mucho más económico que organizar y desmantelar ejércitos cada cierto tiempo. Una institución militar de ese tipo podría actuar dentro o fuera de América Latina, independientemente o concertada con otros bloques de naciones afines, renunciando a esa disparatada "Doctrina de no-intervención" acuñada por México en los años veinte del pasado siglo, que sólo ha servido para estimular la insolidaridad, la indiferencia y la irresponsabilidad de nuestros gobiernos y sociedades.

España podría aportar el liderazgo técnico y económico para un empeño de esa naturaleza. Aunque Madrid posee un ejército reducido e invierte una parte muy pequeña de su PBI en asuntos militares, hoy día cuenta con unas fuerzas armadas bien equipadas, curtidas en la colaboración con la OTAN y en la participación en conflictos como el yugoslavo. La clave radica en que esas tropas multinacionales estén formadas por soldados voluntarios, verdaderos profesionales de la milicia, para evitar protestas demagógicas, y en que se les asigne un presupuesto razonable y los beneficios propios de cualquier ejército moderno: jubilación decente, atención médica y ayudas familiares. Si queremos tener ejércitos competentes y fiables, el primer requisito es tratar a sus miembros honorablemente.

En 1947, como consecuencia de la Guerra Fría, los países latinoamericanos, convocados por Estados Unidos, firmaron el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca y se comprometieron a defenderse colectivamente ante una agresión extracontinental: ¿sería útil ese instrumento para estos fines? Seguramente no. El TIAR es letra muerta. Era un mecanismo de resistencia frente a la URSS, pero ni siquiera pudo ser utilizado cuando Cuba se convirtió en un satélite de Moscú. Los argentinos lo invocaron en 1982 durante la Guerra de las Malvinas y de nada les sirvió contar con el apoyo de 17 naciones. Estados Unidos se colocó abiertamente junto a Inglaterra. Chile y Colombia se declararon neutrales, que era una manera elegante de respaldar a Londres.

Las naciones que integren esa hipotética fuerza militar tienen que suscribir una creencia fundamental: que la democracia y las libertades pueden y deben ser defendidas dentro y fuera de las fronteras nacionales con las armas si es necesario. ¿Cómo se llamaría esa "doctrina"? El mejor nombre sería "el internacionalismo democrático". ¿Por qué? Porque durante la segunda mitad del siglo XX, y aún hasta nuestros días, los enemigos de la libertad han proclamado su "derecho" a ejercer el "internacionalismo revolucionario", lo que explica las redes terroristas internacionales de ayuda mutua en que se daban (y dan) cita los terroristas vascos, los palestinos, los irlandeses, las narcoguerrillas comunistas colombianas o cubanas. Cualquier simpatizante del guevarismo —un argentino que murió en Bolivia intentando repetir la experiencia totalitaria cubana—, con cierta coherencia lógica tendrá que aceptar que si ellos proclaman el derecho al internacionalismo revolucionario, sus enemigos pueden responder con el derecho al internacionalismo democrático. "Donde las dan —dice el refrán—, las toman".

© Firmas Press

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