El año pasado, las Naciones Unidas pidieron 2.200 millones de dólares para atender a las víctimas de trece crisis humanitarias, pero sólo recibieron la mitad de esa suma. Otros diez millones de damnificados por diversos conflictos —dice el organismo— no reciben ninguna ayuda humanitaria por "obstáculos que algunos países ponen a la labor de la UN, quedando sin comida, agua ni techo". Por ejemplo, Liberia tiene 500.000 damnificados desprovistos de asistencia, la República Centroafricana tiene 2.200.000 necesitados, Costa de Marfil tiene 1.500.000 y en Afganistán hay 1.000.000 de civiles desamparados.
Ese recorte de auxilios ocurre mientras el mundo gasta 879.000 millones de dólares anuales en armamento, un despilfarro que equivale al 2,7 por ciento del PBI mundial y que aumentó un 18 por ciento en los dos últimos años. De ese gasto, un 47 por ciento corresponde a Estados Unidos, cuya inversión en armas supera a la suma de los quince países que le siguen, según dijo en Estocolmo el Instituto Internacional de Investigaciones por la Paz. El estallido de conflictos armados o la sucesión de atentados sangrientos tienen lugar porque este mundo "no ha sabido solucionar tales crisis por medios menos cruentos", culpa en la que tienen su cuota de responsabilidad las Naciones Unidas. El desvalimiento en que se ha dejado a países barridos por el desastre —desde Camboya o Ruanda hasta Colombia— o el olvido internacional en que caen otros países al borde de una calamidad, determina que se recurra al empleo de la fuerza y a la presión de las armas, método que explica aquellas "cifras que acalambran".
Lo que se gasta en armamento constituye para los fabricantes e intermediarios del ramo el mejor negocio internacional que se conoce, por encima del tráfico de drogas, panorama que no otorga dignidad alguna al mundo en que vivimos y permite dudar de la cordura de ese mundo, que reduce a la mitad su ayuda humanitaria pero desembolsa cuatrocientas veces más en bombas, tanques y misiles. Eso sucede mientras a las puertas de la UN golpean otros escándalos: en América Latina, 91 millones de personas han bajado a la categoría de pobres en los últimos veinte años, con lo cual la pobreza en este continente asciende a 226 millones de individuos, la mitad de los cuales integra el renglón de los indigentes, esos que "no tienen ingresos suficientes para consumir un mínimo de proteínas y calorías necesarias para vivir".
Como dijo Enrique Iglesias, presidente del BID, "los nuevos pobres son aquellos grupos que la crisis y las políticas de ajuste desplazaron de su nivel económico y social": 23 millones de latinoamericanos dejaron de ser clase media para pasar a ser pobres que viven con menos de dos dólares por día, con lo cual América Latina es la región "donde existe la peor distribución de la riqueza y la mayor desigualdad en ingresos y en servicios" según agrega David de Ferranti, vicepresidente del Banco Mundial. Unos 190.000 niños latinoamericanos mueren al año por males ligados a la pobreza, 40 millones de esos niños viven o trabajan en la calle y uno de cada tres tiene hambre. Toda esa penuria se solucionaría con más recursos, pero el mundo prefiere gastar 879.000 millones de dólares en armas, acorazándose para enfrentar ataques que no tendrían lugar si las necesidades de la gente fueran atendidas como corresponde.