HUGO ALCONADA MON*
Lejos de Washington, en la nueva cocina del poder llamada Chicago, el equipo de Barack Obama busca tranquilizar a los millones que optaron por el candidato demócrata para renovar la política norteamericana y ahora ven que el "novato" se rodea de veteranos "clintonitas" para ocupar los principales espacios del poder.
Su círculo más cercano explica que la premisa con la que opera es combinar renovación y pragmatismo, con funcionarios competentes y preparados. En rigor, ¿le queda otra opción?
Con ocho años en el poder, todo experto cercano al ideario demócrata pasó de algún modo por las filas de la administración Clinton. O, dicho de otro modo: ¿cuántos futuros funcionarios que tienen hoy entre 40 y 60 años pudieron o desearon "esquivar" la experiencia política que dominó los 90? Son los menos, de seguro.
Para empezar, el otro antecedente demócrata posible queda ya demasiado atrás en el tiempo. Quienes tenían 30 años entre enero de 1977 y enero de 1981, cuando Jimmy Carter ocupó el Salón Oval, merodean hoy los 60 años. Y, para el caso, ¿cuántos pudieron ocupar cargos ejecutivos de relevancia con sólo 30 años? Más aún, ¿cuántos de quienes tienen hoy más de 65 años y un pasado "carteriano" desean volver al desgaste de la función pública en vez de apuntarle a un retiro sosegado?
En cualquier caso, sus primeras designaciones muestran que Obama busca compensar su inexperiencia ejecutiva con la experiencia de quienes lo rodearán. Con ese objetivo en mente -como también los votos de muchos indecisos- es que antes eligió al senador de más tres décadas Joe Biden como su compañero de fórmula.
Obama se ve a sí mismo como el futuro capitán que asumirá el timón de un barco por primera vez. Sabe que debe apoyarse en sus oficiales más veteranos para evitar errores, pero sabe también que puede imprimirle a la travesía sus propias ideas, cambiar algunas rutinas y quizás hasta modificar los puertos en los que recalarán.
(*) LA NACIÓN/GDA