Alemania se reunificó y el muro dejó de existir

Cuando Günter Schabovski, entonces portavoz del Politburó del Partido Socialista Unificado (SED), proclamó la libertad para viajar al otro lado e incluso indicó que la medida entraba en vigor inmediatamente, no sabía lo que estaba diciendo ni pretendía decir lo que dijo. Pero la conclusión que sacaron los periodistas presentes en la confusa conferencia de prensa fue que el muro, al menos virtualmente, dejaba de existir.

El eco fue inmediato y se propagó a gran velocidad. Las radios y televisores lo repetían, y los berlineses de un lado y otro empezaron a dirigirse hacia el muro. Los guardias fronterizos llamaban a sus superiores, oficiales de grado intermedio, que les transmitían su desesperación ante el silencio de la cúpula del Estado. Cuando ya eran miles los que esperaban a uno y otro lado y la situación empezaba a ser peligrosa, el oficial del paso fronterizo de la Bornholmerstrasse abrió las puertas.

Recordar aquella noche es la memoria de la euforia, del éxtasis, de los ojos iluminados, de los gestos exaltados, los brazos golpeando el aire y el cielo, las lágrimas y las risas. Esa imagen, de la medianoche, de cientos de personas de uno y otro lado bailando encima de la gruesa muralla de la Puerta de Brandeburgo quedará como la del instante en que se alcanzó el éxtasis.

Nada de aquello estaba previsto. Al poder le cogió con el paso cambiado. El canciller Helmut Kohl estaba de visita oficial en Varsovia y se negó a cambiar su programa. Cuando llegó a Berlín 24 horas más tarde, le abuchearon. En París y Londres se impuso un cierto desasosiego. Sólo en Washington parecían tener alguna idea de lo que pasaba -Walters estaba ansioso por llegar a Berlín rompiendo el protocolo-, y probablemente también en Moscú.

Pero tras unos primeros días de descontrol las cartas quedaron sobre la mesa y a disposición de quien quisiera utilizarlas. En diciembre, Kohl llegaba a Dresde para entrevistarse con el enésimo líder de repuesto de la RDA, el reformista Hans Modrow, que había sustituido a Krenz, y se sorprendía ante las ovaciones de los ciudadanos que ya no coreaban "somos el pueblo", sino "somos un pueblo". La unificación estaba allí, al alcance de la mano. Unas semanas más tarde volaba a Yalta junto a su mano derecha Horst Teltschick y pactaba la retirada de las tropas soviéticas con Mijail Gorbachov.

El proceso tomó una velocidad inaudita, como sólo se adquiere cuando la historia se acelera y un mundo muere y otro nace. En marzo de 1990 se celebraron las primeras elecciones democráticas de la RDA, ganadas por la CDU gracias al reclamo del canciller y su cuerno de la abundancia. En julio, Bonn pagó la unificación cambiando un robusto marco federal por cada uno de los depauperados marcos orientales que los ciudadanos de la RDA guardaban en el banco, diez veces lo que se pagaba en el mercado negro. En octubre, Alemania se reunificaba. EL PAÍS DE MADRID

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