MARIANA RETHEN
Polleras, minifaldas, pantalones deportivos, vaqueros, camisetas de equipos de fútbol, de grupos de música, remeras escotadas, camisas, todo vale como indumentaria para ir al liceo. La mayoría de los estudiantes de los centros públicos va a clase sin guardar ninguna línea de vestimenta, pese a que existe una normativa vigente en Secundaria, que establece claramente cuáles son la prendas permitidas dentro de los institutos.
La norma se cumplió a rajatabla durante la dictadura, junto con el control de que el cabello de los varones estuviera corto a la altura de la nuca, y el de las chicas, que estuviera siempre atado, recordó el titular del Consejo de Educación Secundaria, Jorge Carbonell.
Esos controles exhaustivos, que se daban entonces, y que según Carbonell se emplearon durante la dictadura "como un caballito de batalla", han generado cierta aversión contra el uso de los uniformes, que con el correr de los años desencadenó que quedaran en el olvido.
El jerarca reconoció que hoy en día son muy pocos los liceos donde los estudiantes mantienen aunque sea alguna de las prendas que antes eran obligatorias, y que sería beneficioso que se recuperara el hábito de acudir de uniforme, "aunque más no sea con la camisa, la corbata y un buzo".
La decisión de dejar o no entrar a los estudiantes que no llevan un uniforme recae sobre la dirección de cada centro y las normas propias que allí se aplican, señaló.
CASO OMISO. La resolución que debería aplicarse actualmente data de 1993 y establece que "la vestimenta institucional adecuada para el uso de jóvenes liceales en el ámbito de los liceos" debe ser: "camisa blanca o de color liso, corbata, pollera o pantalón de paño o vaquero, zapatos o championes". El texto señala además que "las prendas deberán ser discretas, lucir prolijas y presentar un adecuado estado de conservación e higiene". Algo muy alejado de la realidad estudiantil, en muchos casos, reconoció el propio Carbonell.
Esta resolución que data del 5 de marzo de 1993, dejó de lado una reglamentación anterior de 1976 que era sumamente rígida respecto a la vestimenta liceal. El nuevo texto buscaba flexibilizar las posibilidades de la indumentaria, manteniendo una línea similar, pero que se adaptara a las necesidades de los estudiantes y a las posibilidades económicas también, explicó a El País el actual integrante del Consejo Directivo Central (Codicen), Daniel Corbo, quien en ese entonces presidía el Consejo de Educación Secundaria.
Debido a que ya en ese entonces los estudiantes se habían apartado de la norma, se buscó generar una nueva más flexible. El jerarca aseguró que el objetivo de esa reglamentación era "garantizar con la presencia de los alumnos un sentido de pertenencia a la institución, de modo que la sola imagen permitiera identificarlos con el centro. Ese elemento además actúa en resguardo o protección del estudiante, ya que en caso de que le ocurra algo en la calle la gente sabe que ese joven pertenece a un instituto y puede acudir allí".
Otro de los objetivos del uniforme es "no marcar excesivamente las diferencias", apuntó Corbo, "porque establece un criterio de equiparación, donde no se marquen diferencias socioeconómicas, sin llegar a una homogeneización".
Corbo reconoció sin embargo que actualmente esa reglamentación no se está cumpliendo, pese a su flexibilidad, y que es necesario que las direcciones de los centros de enseñanza se pongan de acuerdo con los docentes y los estudiantes en un mínimo de coordinación de la vestimenta.
Carbonell coincidió con estas apreciasiones, y aseguró que sería además muy útil para poder identificar a los estudiantes dentro y fuera de los liceos. "Si los estudiantes salen del liceo la única forma de identificarlos afuera es si llevan un uniforme, del mismo modo para controlar la puerta de acceso, se hace mucho más fácil reconocer a los muchachos si tienen un uniforme e identificar si ingresa algún extraño", destacó.
ESTRICTO. La reglamentación anterior establecía de manera estricta cada una de las prendas que los liceales debían vestir para poder ingresar al liceo.
"Pollera jumper azul marino, blusa blanca de manga larga, medias blancas, zapatos negros, corbata roja y saco azul marino", para las "niñas" de 1� a 3� de liceo. "Saco o campera azul marino, pantalón gris, camisa celeste lisa (manga corta o larga), corbata roja, zapatos negros, buzo o chaleco azul", para los varones de los mismos grados.
Para los estudiantes de bachillerato el uniforme era otro: "pollera gris, camisa blanca de manga larga, corbata bordeaux, saco o saquito abotonado azul marino, medias grises, zapatos negros sin plataforma", para las "señoritas", y para los "jóvenes" "saco o campera azul marino, pantalón gris, camisa celeste lisa, corbata bordeaux, zapatos negros, buzo o chaleco azul para usar debajo del saco".
Se exigía además que los estudiantes llevaran la "insignia o escarapela que representa a su instituto o liceo". Esta resolución establecía una prohibición explícita del uso de vaqueros.
Jóvenes dicen que se sentirían disfrazados
n Dependiendo de la ubicación del liceo, las prendas que llevan los alumnos presentan características bien distintas. Pero la heterogeneidad prima sobre todo. Se pueden distinguir grupos que prefieren la indumentaria deportiva, otros suelen ir con camisetas que lucen imágenes de grupos musicales y pantalones rotosos, y otros prefieren un perfil más de "moda".
Otro aspecto singular de la indumentaria son los contrastes que muestra. El "Che" y las "Bandana" conviven en los salones de los liceos, estampados en los buzos de los estudiantes, y salvo excepciones, nadie recuerda siquiera como era el uniforme original.
Pese a las diferentes opciones la mayoría de los estudiantes coincide en que ir con uniforme al liceo sería "una transa".
A juicio de los jóvenes, si se aplicara estrictamente la reglamentación de los centros que los obliga a llevar determinadas prendas se sentirían muy incómodos.
"Cuando empecé el liceo tenía mi pollerita y mi camisa, y hasta la corbata, pero con el tiempo empecé a venir así nomás, porque veía que todos venían de jean y yo parecía una tarada", comentó Silvana, una estudiante del liceo Zorrilla de 15 años, que vestía unos vaqueros tiro bajo y un rompevientos rosado.
Martín, de 14 años del liceo Nº 26, aseguró que él nunca se puso uniforme para ir al liceo y que tampoco nunca se lo pidieron. "Es más cómodo venir como uno es, y no tener que andar disfrazándose", afirmó. Una remera del grupo Metálica, se dejaba entrever debajo de su campera de jean.
Equipo deportivo, walkman y pelo paradito debido a la aplicación de gel, lucía por su lado Gerardo, de 16 años del liceo Nº 53. El estudiante asegura que no hay nada más cómodo que ir sport al liceo.
"Después cuando salgo puedo ir a practicar fútbol tranquilo", apuntó.