Antonio Mercader
La República Democrática Alemana, la supuesta perla de la corona soviética, la -en teoría- más exitosa de las naciones del área comunista, la tan elogiada en su tiempo por ciertos uruguayos y uruguayas de nota, era una monumental mentira. Gris, pobre, mediocre y asfixiada por una red de fisgones y soplones, así era la sociedad emergente en el Este tras la caída del muro de Berlín en 1989. Así la desnuda "La vida de los otros", el vibrante film alemán que se exhibe en estos días y que nos devuelve a la época en que el buen cine europeo estaba a nuestro alcance.
La película cuenta la desilusión de un agente de la Stasi, la policía secreta, a quien le ordenan espiar a un escritor. En su viaje a la intimidad de otro, el espía descubre el mundo del arte y del amor, lo que trastoca su fe en el régimen al punto de convertirlo en aliado de su víctima. La relación del espiado y su novia, una actriz, así como un suicidio, unas notas musicales, el diálogo con un niño preguntón y un texto de Brecht, sacuden al agente y le hacen ver que los presuntos enemigos del sistema son mejor gente que sus jefes, cínicos miembros de la "nomenklatura".
Ni complejo, ni intelectual, ni muy politizado, este thriller cumple con la principal regla del cine, o sea entretener.
Pero al mismo tiempo pinta un cuadro revelador del drama de los intelectuales bajo un Estado policial, en donde la brutalidad del Gulag alternaba con sutiles mecanismos para travestir a posibles disidentes en dóciles colaboradores. Unos, como el escritor acosado, son idealistas aferrados a la utopía; otros, desengañados, bajan o les bajan el telón; y una tercera categoría cede, manipulada por los perversos. La cuestión de fondo es nada menos que la libertad del creador y sus problemas de conciencia.
En un país en donde una de cada cincuenta personas era confidente policial, el robot de la Stasi que todo lo ve, lo graba y lo registra, descubre que hay buenos entre los malos y malos entre los buenos. Es un peón más de la Alemania de Erich Honnecker, aquel líder que se besaba con los jefazos del Kremlin, un dirigente que en vez de darle "un rostro humano al comunismo" tal como prometió, sumió a su pueblo en la inopia de un sistema en donde el Estado lo era todo.
Otro gran film germano, "Good Bye, Lenin", había plasmado ese desengaño aunque en veta cómica, confirmando una vez más al cine como instrumento capaz de descorrer vendas y mostrar las verdades que duelen.
Y ahora ¿cuánto tardaremos en ver este tipo de películas sobre la Cuba real de nuestros días?