José Tomás
Es un popular torero español nacido en Galapagar (Madrid) el 20 de agosto de 1975. Su llegada a las grandes ferias a mediados de los años 1990 revolucionó el mundo de los toros. Sus actuaciones en Madrid, donde se proclamó triunfador de la Feria de San Isidro tres años consecutivos (1997, 1998 y 1999), marcaron un antes y un después en la historia del toreo. Se retiró en 2002, y regresó en 2007 despertando gran expectativa. El cirujano jefe de Las Ventas asegura que "Tomás demuestra una gran frialdad; parece como si considerara normal las heridas y se comporta con una sorprendente estoicidad. Llegó a la camilla con 70 pulsaciones, como si tal cosa, y aseguró que no le dolía nada. ¿Miedo? No lo sé, pero no lo manifiesta. Está deseando volver al toro". La gente se pregunta si está loco y sus seguidores responden que Tomás es un torero que convulsionó el mundo de los toros y consiguió interesar a todos, a aficionados y detractores. Sin duda, provoca controversia en la misma medida que su figura desprende una personalidad tan intensa que no deja indiferente a nadie. Según expertos y aficionados Tomás recuperó la esencia de la tauromaquia. Sólo es un torero. Ni más ni menos.
ANTONIO LORCA | EL PAIS MADRID
El paso de José Tomás por la plaza de Las Ventas ha provocado un auténtico revuelo nacional y ha encendido un debate caliente entre quienes hablan de morbo -el público que quiere sangre, el torero que exhibe el desprecio a la vida- y quienes hablan de arte, del hombre que está reescribiendo las normas.
Y no es el debate entre antitaurinos y pro. Esta vez desborda el marco habitual y es entre aficionados y los demás. Entre todos. "La culpa la tiene el público, que le incita a jugarse la vida de forma extrema", cree Ramón Valencia, empresario taurino. "Me defraudó porque un torero no puede dejarse morir de manera irracional", dice el presidente de la Unión de Abonados. Un filósofo les contradice: "Logró ser visto como promesa de libertad".
Siete orejas, tres volteretas y tres cornadas en dos corridas es un balance que conmociona. El torero -el genio, artista y sublime del primer día, que elevó el toreo a las más altas cumbres de la belleza- dio paso al hombre valiente -el héroe, temerario, quizá, que pisó terrenos imposibles, llevó la angustia a los tendidos y acabó victorioso, aunque también herido, ensangrentado-.
Mientras el torero cruzaba la plaza con las dos orejas de su último toro, camino de la enfermería, Juan, un veterano aficionado, emocionado hasta la médula, de pie, con las manos unidas como en una suerte de éxtasis religioso, musitaba: "Esta es la verdad; esta es la verdad". A su lado, con el ceño fruncido, Eduardo, que apretaba los dientes en la fila 8 del tendido 10, movía la cabeza en señal de clara desaprobación, y sólo acertaba a decir: "No".
LOCO O GLADIADOR. Pero la inmensa mayoría de los más de 24.000 espectadores que abarrotaban Las Ventas ese domingo, parecía tener el convencimiento de que acababa de ser testigo de una gesta histórica. Si el 5 de junio el torero subió a los cielos y se convirtió en leyenda por la profundidad de su tauromaquia, 10 días más tarde consiguió acongojar y encoger los corazones por su aparente desprecio a la vida y su extraño compromiso con el triunfo. ¿Es José Tomás un artista en plenitud o un visionario, un loco, un gladiador? La polémica ha saltado a la opinión pública, y el torero se ha convertido en un permanente objeto de deseo, acrecentado por la burbuja misteriosa que rodea a toda su vida. No habla, no se le ve ni se le oye. Se sabe que vive en Estepona, pero se oculta de todo y de todos.
Mientras él guarda silencio y se recupera de las heridas, la controversia crece. Pero, aunque lo parezca, esta historia no es nueva. La tauromaquia es una película de aspirantes a héroes en la que sólo los más valientes han gozado de la gloria. La lucha a muerte entre un animal salvaje, retador y poderoso, frente a un ser humano indefenso y oculto tras el débil escudo protector de un paño está en el origen mismo de esta fiesta violenta que ha derivado en arte. Porque el sentimiento artista sólo surge cuando se modifica el comportamiento del toro y el público se humaniza. Hoy, afortunadamente, sería impensable asistir a las diarias carnicerías de los caballos de picar, habituales hasta principios del siglo XX. Pero no se puede ocultar que el morbo de la sangre ha sido un ingrediente fundamental de la fiesta. Y han sido muchos los toreros que han dejado la vida en las astas de toros fieros ante un público enfervorizado.
TODOS HABLAN DE ÉL. José Tomás es un gran torero; discutido por su genialidad, y porque ha recuperado la esencia de la fiesta. Un torero antiguo, heroico, que atropella, a veces, la razón en función del triunfo. Pero le ha devuelto la vida a los toros. Por eso, todos hablan de él; todos quieren verlo en la plaza y las opiniones se dividen, aunque todos reconocen su valor y su calidad como torero, pero...
"A mí lo que me extraña es que se elogie a un torero porque lo coja el toro, cuando creo que la gracia consiste en lo contrario; es verdad que dicen que José Tomás se coloca en un sitio imposible, y hay que reconocer que su reaparición ha tenido un efecto revitalizador para la fiesta, pero a mí me gustaban Antonio Ordóñez y Curro Romero, y no los legionarios". Así de contundente se expresa el filósofo Fernando Savater, que, a pesar de ser aficionado, hace 10 años que no acude a una plaza.
Con 2 orejas en la mano
En la corrida del 15 de junio, José Tomás cortó tres orejas luego de dos faenas agobiantes y recibió cuatro volteretas, sufriendo una cornada en la pierna derecha en mitad de la faena del cuarto toro. Al finalizar, la plaza explotó en un grito unánime de `¡torero, torero!` y consiguieron que el presidente le diera dos orejas, tres en total. Siete en dos tardes, porque 10 días antes había conseguido cuatro, también en Las Ventas, y la sensación de que nadie ve el límite. Con el cuerpo roto, Tomás agarró las dos orejas, se las mostró al público y con paso lento se dirigió hacia la enfermería. La gesta ya estaba cumplida, pero ya no pudo seguir caminando hacia el lugar donde lo atenderían.