ANIVERSARIO DE SU PRIMER LIBRO

Juana, mujer antes que mito

En 2019 se cumplen cien años de la publicación de Las Lenguas de Diamante, noventa de su proclamación como Juana de América y cuarenta de su muerte. Con el centenario de Las lenguas de diamante, celebramos el primer siglo de la consagración de Juana de Ibarbourou como poeta.

Juana de Ibarbourou. Foto: Archivo
Juana de Ibarbourou. Foto: Archivo

Se cumple hoy un nuevo aniversario del nacimiento de Juana (1892-1979). Solamente Juana, no es necesario agregar para los uruguayos su apellido. Porque cuando un artista ha calado hondo en la gente solo alcanza con pronunciar su nombre de pila y todos reconocen de quien hablamos. Hoy 8 de marzo es también el Día Internacional de la Mujer, que la ONU institucionalizó como tal en 1975, pese a que desde 1910 ya se celebraba en algunos países de Europa. La coincidencia de la fecha es en sí mismo un homenaje para la poeta que con sus versos transgredió las normas de su tiempo, cautivó a los escritores del mundo de habla hispana y alcanzó niveles de popularidad solo comparables con los de los cantantes de tango de su tiempo. Sus libros se vendían en Uruguay tanto o más que los discos de Carlos Gardel. Y siendo aún joven se transformó en un mito y en una leyenda.

Aniversarios redondos

En este 2019 se cumplen cien años de la publicación de Las Lenguas de Diamante, noventa de su proclamación como Juana de América y cuarenta de su muerte.

Con el centenario de Las lenguas de diamante, celebramos el primer siglo de la consagración de Juana de Ibarbourou como poeta, como una gran poeta. Fue su primer libro, se editó en Buenos Aires y contó con prólogo del escritor argentino Manuel Gálvez.

Hasta aquí Juana tenía razones suficientes para sentirse orgullosa y feliz. Pero ella redobló su apuesta y buscó la aprobación y el respaldo de quien entonces era la figura más respetada y admirada de la Literatura hispana y -tal vez- del mundo: Miguel de Unamuno. En una carta fechada en Montevideo el 29 de julio de 1919, Ibarbourou no solo le pedía opinión sobre su primera obra, sino que también le solicitaba al rector de la Universidad de Salamanca que le remitiera ejemplares de su libro que le mandaba a los poetas Antonio y Manuel Machado y a Juan Ramón Jiménez.

La carta fue en sí mismo una audacia y su contenido más. Unamuno quedó deslumbrado con los versos de Juana y así lo expresó: estaba ante una revelación, descubría a una gran escritora.

“He leído, señora mía, primero con desconfianza y luego con grandísimo interés y agrado su libro Lenguas de diamante…” comienza la carta de Unamuno, para más adelante afirmar: “Una mujer, una novia, aquí, no escribiría versos como los de usted aunque se le vinieran a las mientes y si los escribiera no los publicaría y menos después de haberse casado con el que los inspiró”. El filósofo español luego de analizar casi todos los poemas de Las Lenguas de diamante concluía: (…) Me ha sorprendido gratísimamente la castísima desnudez espiritual de las poesías de usted, tan frescas y tan ardorosas a la vez. Y al enviárselas, como me pide, a J. R. Jiménez y a los Machado, se las recomiendo”. Y sentenció más adelante sentenciar: “La nota triste descorazonada y pesimista no le sale a usted bien.

Me parece que se imagina, más que siente el desengaño. Le debe tener a usted muy presa la vida. Y que esto le dure mucho…”.
Esta carta de Unamuno fue un decisivo espaldarazo que Juana recibió. Un siglo más tarde, podemos afirmar que Unamuno resultó ser también un profeta: “Debe usted dejar las tristezas hasta que ellas vengan que, desgraciadamente, teniendo como usted tiene un alma sensible y hasta ardiente, le vendrán”, aconsejó

Vigencia

Conocer la atribulada vida de Juana, en la que no estuvieron ausentes la violencia de género, los amores prohibidos y la adicción a las drogas, habla de cuán vigentes y válidas son las reivindicaciones por las que las mujeres hoy siguen clamando. También analizar cómo Juana se levantaba y se erguía de las durísimas pruebas a las que la sometió la vida, es un tema a tener muy en cuenta. A partir de Perdida (1950), sus versos se vuelven autobiográficos y todo lo que vive y ha sufrido se traduce en poemas memorables.

Juana ambicionaba la gloria -así llamaba ella a la fama-, pero nunca había soñado con llegar tan lejos. Tampoco imaginaba el precio que pagaría por tanta popularidad. Hoy sabemos que la nombradía y el reconocimiento internacional no solo le trajeron el afecto de sus compatriotas y la admiración de figuras como Federico García Lorca y Juan Ramón Jiménez, que la visitaron en su casa en Montevideo, sino también dolor e incomprensión.

El padecimiento y la humillación de la violencia de género, ejercida por su marido primero y por su único hijo después, fueron una de las contracaras de su talento y su belleza. El éxito descomunal de sus primeros libros, renovado con la publicación de Chico Carlo (1942), pagó como precio el flagelo de la adicción a la morfina, las penurias económicas y la soledad. “Sin teléfono, sola, tan lejos, lejos de todo, he necesitado escribirte”, le decía Juana a Dora Isella Russell en una carta fechada en octubre de 1952. Russell, periodista, comenzó siendo su secretaria, pero se fue transformando en la persona que abusó y dispuso a su antojo y beneficio personal de contratos con editoriales internacionales y de las correspondientes regalías.

No saber quién se le acercaba por interés y quién con sincero deseo de amistad fue para Juana uno de los desvelos en el otoño de su vida. Cuando Juana escribió esa carta tenía 60 años y no había perdido su coquetería, aunque sí la belleza física que la había distinguido.

El mundo desde una ventana

En 1962, y ante la llegada simultánea de cinco invitaciones para dictar conferencias en Madrid, Galicia, Israel y Colombia, le escribió al periodista Hugo Petraglia Aguirre: “Tú sabés que hasta la esquina de mi casa resulta lejana e inaccesible para mí. Ya sabes mi lucha y la atención tensa y constante por mi casa. He vivido siempre dulcemente prisionera de ella y con un continuo ofrecimiento de alas para levantar vuelo inútilmente (…) Mi destino será el mundo a través de los vidrios de mi ventana”.

Desde hace unos años, conocemos la verdadera vida de Juana. Descubrimos que muy lejos estuvo de ser la mujer feliz, de vida de cuento de hadas que nos enseñaron en la escuela. Que su poesía fue mucho más trascendente que La Higuera y que su obra se siguió estudiando en las universidades más importantes del mundo, cuando aquí en el Uruguay la llamada Generación del 45 renegaba de ella y la ignoraba.

Hoy Juana, ha sido descubierta por las nuevas generaciones; ha vuelto a ser estudiada en Secundaria y en los centros de formación docente. Ahora conocemos a la verdadera Juana, no solamente a la que en un tiempo la tuvo presa la vida. Le hemos concedido el derecho de haber sido mujer y no solamente un mito. Tal vez porque se cumplió con el deseo que Juana manifestó en la carta mencionada anteriormente. “Di algún día a la gente, que así era Juana y así creó leyendas, dulces, malas o tontas, como una mujer irreal, puesto que la pequeña verdad pueril muy pocos la han sabido”.

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