Nicolás Kasanzew

"Escuchábamos los mensajes ingleses en las radios uruguayas"

Fue el único periodista en cubrir de principio a fin la Guerra de las Malvinas desde las islas. Padeció los horrores de la violencia codo a codo con los soldados en las trincheras y sobrevivió para contarlo.

Nicolás Kasanzew
Nicolás Kasanzew

La dictadura censuró la mayor parte de sus informes televisivos y quedó atado al conflicto para siempre por ser la “cara de Malvinas”. Por eso tuvo que irse de Argentina; no conseguía trabajo. La semana pasada Kasanzew ofreció una conferencia en el marco de un curso para corresponsales en zonas hostiles que se viene desarrollando en el Departamento de Comunicación del Ejército Nacional y la Escuela Nacional de Operaciones de Paz.

—Cuando usted cierra los ojos y piensa en Malvinas, ¿qué es lo primero que recuerda?

—La bandera argentina en el rostro de los soldados, el frío. Es algo que al mismo tiempo es sublime y doloroso.

—¿Por qué fue a Malvinas?

—Cuando uno desea algo intensamente lo consigue. Yo quería cubrir una guerra de alta intensidad, ya había estado en algunas guerras de guerrillas en Centroamérica. Además, desde chico soñaba con que se liberaran las Malvinas del yugo inglés. Quería ser el almirante que reconquistara Malvinas. Por suerte no llegué a almirante, pero estuve allí.

—¿Por qué resolvió quedarse?

—Yo me quedé porque no me lo iba a perder por nada del mundo. Yo tengo conciencia histórica, sabía que iba a haber una guerra, cosa que los generales argentinos no creían.

—Usted estuvo desde el comienzo del conflicto hasta el momento final.

—Yo me fui horas antes de la rendición.

—¿Qué le sorprendió de aquella guerra?

—Vi de todo, lo bueno, lo malo y lo feo. Presencié el heroísmo de muchos combatientes, la cobardía de los generales. La mala organización y desidia de algunos. Y la nobleza y sacrificio de todos. Lo que más me impresionó es la cantidad de actos de amor al prójimo. Es como dice San Juan: no hay mayor amor que el de aquel que da la vida por sus amigos. Eso hicieron los combatientes.

—¿Cómo llegaban sus reportes a Buenos Aires?

—No había satélites, una vez calculamos que para hacer una conexión directa con Buenos Aires había que poner siete barcos en línea recta, cosa imposible. La única manera era volar hasta Comodoro Rivadavia o dar el material a los pilotos que rompían el bloqueo y llegaban al continente.

—¿Qué pasaba con esas cintas cuando llegaban al canal en Buenos Aires?

—Yo sabía que un porcentaje iba a ser censurado. Nunca sospeché que entre el 90% y el 95% iba a ser destruido y jamás difundido. Todo eso lo supe al llegar al continente. Lo que yo filmaba no era funcional a la propaganda.

—¿Se siente un brazo ejecutor de esa propaganda?

—Para nada. Si lo hubiera sido no me habrían censurado el 95% del material. Yo fui un periodista independiente, informé con honestidad y tuve la frustración que no me dejaran contar en ese momento lo que estaba pasando. Cuando volví escribí un libro para contar con letras lo que no pude mostrar en imágenes.

—En el continente se decía que Argentina venía ganando la guerra hasta la rendición.

—En realidad nadie puede decir que se gana o se pierde una guerra hasta el último tiro. No se puede predecir el resultado. Yo jamás hice un vaticinio, no es mi profesión, no soy propagandista, soy periodista. Después de la guerra, el jefe de la flota inglesa y los jefes terrestres dijeron que estuvieron a un punto de retirarse. Enumeraron la enorme cantidad de bajas que la aviación argentina le provocó a la flota y en sus memorias el almirante escribió: "Si los argentinos pudieran soplarnos nos caemos". Esa frase quedó estampada en su diario personal de guerra el 13 de junio, el día en que Menéndez se rinde prematuramente sin haber da-do nunca una orden de ataque ni de contraataque.

—¿La Guerra de Malvinas es una historia de traiciones?

—Es una historia de traiciones y heroísmo, pero sobre todo es una provocación. Si no se entiende que la Junta Militar cayó en una trampa tendida por Inglaterra a través del Pentágono con el famoso guiño de que se podía retomar las Malvinas con un "toco y me voy", sin lastimar a nadie, y después negociar el petróleo, no se puede entender la Guerra de la Malvinas. Cayeron en esa trampa porque jamás, ni en sus peores pesadillas, los generales habrían ido a una guerra contra Inglaterra. Después no pudieron dar marcha atrás. El pueblo argentino invadió las plazas y plebiscitó la recuperación. Era la gran causa argentina. Una fuente del Ministerio de Defensa me dijo que cuando (Leopoldo Fortunato) Galtieri se dio cuenta que cayó en la trampa y que los ingleses venían por todo, le dice al ministro de Defensa que saque las tropas de las islas y este le responde que no se puede: "Si lo hacemos, la gente nos cuelga en la Plaza de Mayo".

—¿Cómo se vivía en las islas todo esto?

—En las islas se vivía con dificultades, la guerra es sinónimo de hambre. Pero, también se vivía con fervor. Era increíble recibir las noticias de que los pilotos argentinos estaban diezmando la flota inglesa, en ese momento el mundo se cuajó de admiración ante nuestros pilotos. No se podía creer lo que estaba pasando. Fue la gran sorpresa de la guerra. Lo del 2 de abril no fue una sorpresa para Inglaterra porque precisaba un casus bellis para instalar allí la fortaleza Falkland para poder controlar a futuro el cruce interoceánico, el petróleo cercano y la proyección a la Antártida. La gran sorpresa fue la aviación argentina que en muchos casos con aviones modelo 1950 destruyó fragatas 1980.

—¿Cómo era la vida de ustedes como periodistas?

—Lo primero que había que hacer era gambetear la censura; la del Ejército impedía llegar a distintos lugares. Una solución para mí fue ir al aeropuerto, que dependía de la Fuerza Aérea, que era mucho más flexible pero era bombardeado tres o cuatro veces por día. Ahí yo tenía las imágenes de acción y las historias que buscaba. Además, al poco tiempo una de mis funciones fue la de aliviar la situación de los soldados porque los generales les habían prohibido abastecerse en las tiendas de los kelpers o carnear sus ovejas. Los civiles sí podíamos entrar a las tiendas. Por eso dediqué bastante tiempo a comprarles cosas como galochas, comida, cigarrillos o alguna botella para festejar un cumpleaños. Son dilemas del periodista en situaciones extremas, hacer la nota o ayudar al necesitado. La tienda estaba abierta dos horas por día. En Malvinas no se escuchaban radios argentinas, sintonizábamos a las uruguayas. Los ingleses no podían tirar panfletos sobre las tropas porque la artillería antiaérea derribaba los aviones. No obstante, le hacían llegar información falsa a las radios. El locutor decía: hoy los ingleses arrojaron panfletos sobre Puerto Argentino. Falso. Leían el panfleto y nos hacían llegar el mensaje que no llegaba de otra manera.

—¿Cuándo se entera que había que volver al continente?

—El 13 de junio, penúltimo día de la guerra, me entero por la gente de la inteligencia de la Fuerza Aérea de que Menéndez había decidido rendirse. Nosotros no queríamos caer prisioneros ni perder el material y los equipos. Entonces, le pedí a Menéndez que me dejara subir al buque hospital y no me lo permitió. Ya me había resignado a quedar prisionero cuando a último momento llega un avión Hércules trayendo un cañón de refuerzo y nos subimos a ese avión que el piloto no se iba a entregar. Salimos bajo fuego inglés con las bengalas inglesas iluminando el cielo en un vuelo que por milagro no fue derribado.

—Usted incluye en su currículum vitae el hecho de haber disparado un cañón en Malvinas. ¿Cómo es eso?

—Cuando llegamos con el camarógrafo nos sentimos primero argentinos y después periodistas, pedimos armas románticamente para participar en la defensa. Se mataron de la risa. El penúltimo día de la guerra estábamos cubriendo un combate de artillería y un jefe de batería me dio el honor de tirar un cañonazo. Eso no me convierte en soldado, pero creo que simbólicamente ese cañonazo representó a los 200.000 civiles que se anotaron como voluntarios para ir a pelear a Malvinas y no los dejaron. Creo que también representó a los uruguayos, peruanos, bolivianos y españoles que también se anotaron.

—Dicen que después de la guerra el soldado es olvidado. Usted como periodista no la pasó bien al volver.

—Hubo dos ocultamientos. Los militares ocultaron la miseria de la guerra y después los gobiernos civiles ocultaron la grandeza de los combatientes. Los soldados volvieron a sus casas entre gallos y medias noches. No les dieron contención psicológica o trabajo. Lo mío fue un coletazo de todo eso. Dijeron que yo había sido la cara de Malvinas y me proscribieron. Después caí en la lista negra de Alfonsín. Aguanté hasta 1990 en Argentina y me fui a trabajar a la televisión hispanoparlante de Estados Unidos, estuve en CNN, NBC y Telemundo. Estuve en otros conflictos en Nicaragua, Guatemala, Líbano, Irak. En una guerra se caen todas las caretas. Nadie puede simular lo que no es. Hasta que uno está bajo las balas no se sabe si se puede cubrir una guerra.

—Habrá visto los horrores de la violencia extrema.

—Sí, en Nicaragua los de Somoza tiraban desde los helicópteros a los prisioneros. Los sandinistas llenaban la panza de sus enemigos con combustible y le tiraban fósforos. No hay guerras más crueles que las fratricidas.

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