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17 años después

Cómo llegó la historia de Alejandro Ferreira a El País

El relato de Caterina Notargiovanni.

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Ciudades, antigua sección de El País en la que fue retratado el niño Alejandro Ferreira
Ciudades, antigua sección de El País en la que fue retratado el niño Alejandro Ferreira.
Foto: Archivo El País

Por Caterina Notargiovanni
*
Trato de recordar. Pasaron 17 años. ¿Te acordás cómo llegaste a la historia?, me preguntan. Poco. Creo que era una de esas notas rutinarias. La organización Un techo hacía una jornada de construcción que había que cubrir. Por entonces lo que hacían era novedoso. Casas de madera hechas con materiales que llegaban al mínimo de la decencia. O tal vez menos. Pero era algo. Era nota. Y esas casas se las levantaba cada familia con la ayuda técnica y los brazos del batallón de voluntarios de Un techo.

No sé si fuimos de mañana o de tarde. Creo que había llovido. Creo que caminábamos sobre un terreno húmedo, creo que nos embarramos un poco (la tercera del plural somos Darwin Borrelli, de los mejores compañeros fotógrafos que tuve, y yo). Había grupos de personas por aquí y por allá, materiales que pasaban de mano en mano. Era un día de trabajo duro pero se sentía la alegría.

Hablé con la encargada de comunicación. Me dio los datos elementales y todo iba camino a terminar siendo una crónica de rutina. Se hizo esto, con tal cosa, en este tiempo, con determinado fin.

Fin.

Alejandro Ferreira durante la construcción de su vivienda, retratado por El País
Alejandro Ferreira durante la construcción de su vivienda, retratado por El País.
Foto: Archivo El País/Darwin Borrelli

Pero luego agregó algo como: “Tenés que conocer a Alejandro, no sabés lo que es este niño”. Un niño, ¿qué niño?, había tantos en la vuelta. Confieso que podría haberme negado, podría haberme ido con lo que ya tenía (en este trabajo uno sabe si “tiene” lo que necesita para contar una historia). Pero ella lo dijo en un modo que… no me fui.

Me llevó a la casa de Alejandro. Entramos. Creo recordar que la casa estaba recién terminada. Todo se sentía fresco y muy húmedo. No era la casa de los sueños de nadie. Pero esa familia estaba radiante. Todo lo que empezaba ese día sería mejor. Ellos lo sabían. Yo no.

Hablé con la mamá de Alejandro, era una mujer de hierro, se veía. Me mostró la casa nueva y me autorizó a hablar con su hijo.

Y entonces él se convirtió en toda la nota. Era demasiado elocuente, usaba palabras complejas, sabía lo que quería: beca, estudiar, oportunidad, biología, italiano o portugués. Fue tan contundente que terminé centrando la nota en cuáles eran las oportunidades de becas para un niño como él en el Uruguay de entonces.

Después de que su historia conmocionara a los lectores, el niño logró una beca educativa
Después de que su historia conmocionara a los lectores, el niño logró una beca educativa.
Foto: Archivo El País/Darwin Borrelli

Y al día siguiente alguien llamó al diario. Quería ayudar. Quería becarlo. Contacté a la madre y le pasé el teléfono. Y fin. No volví a pensar en Alejandro ni en su familia. En este oficio uno entra y sale de las vidas de las personas sin reparar en lo que queda. Al día siguiente ya había otras urgencias de las cuales ocuparse. Mal yo.

El año pasado me crucé con Alejandro de nuevo en Twitter. Me lo contó todo con la misma elocuencia, la misma selección de palabras exactas, orgulloso de sí mismo pero sin arrogancia. Tenía la nota enmarcada, me dijo, para no olvidarse, para recordarse cada día de dónde había partido. Lo había logrado.

Hoy es noticia un tuit suyo y yo no tengo ya nada más que contar. Solo que me alegra saber que Alejandro, contra todo pronóstico en el tiempo y el lugar donde lo conocí, lo sigue logrando.

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