Las grandes distancias han mantenido al Pantanal y sus habitantes en un aislamiento solitario y en perfecta comunión con la tierra. Hoy, el continente del agua se ha convertido en un espectacular santuario ecológico para anacondas, iguanas, jaguares, cocodrilos y exóticas aves.
Pantanal de Mato Grosso, al igual que ciertas regiones del Africa, es reconocida como una de las reservas naturales más diversificada del planeta y ha sido integrada por la Unesco al patrimonio de la humanidad. Cruzada por los ríos San Lorenzo, el Cuiabá, el Miranda, el Taquarí, Coxima, Aquidanara, el Apa y el Negro, su área es tan extensa que podría abarcar los cuatro países europeos de Bélgica, Holanda, Austria y Portugal.
Del Pantanal se dice que fue un inmenso océano: el Xaraes. Esta leyenda es alimentada año a año en la época de lluvias, de noviembre a marzo, cuando los ríos, bahías y pantanos que lo conforman se interconectan entre sí siguiendo los caprichos de la madre naturaleza.
Enriquecida por el humus resultante del drenaje que sucede a las inundaciones, en la temporada seca entre abril y octubre, la región enriquece su flora, fauna y producción de alimentos. En esta época, el Pantanal se torna aún más exuberante. Sus marismas inmensas y silenciosas, pobladas por infinidad de pájaros, mamíferos, peces y reptiles, alimentados por gramíneas que se mantienen impertéritas en la estación en la que las aguas bajan.
Algunas zonas llevan nombres musicales: chaquenhas, chaoos, cerrados y salinas y denotan los orígenes de sus habitantes.
El hombre del Pantanal desciende de los indios Guaraníes, los Paraguas y los Guató, de los cuales ha heredado una agilidad extrema y un profundo respeto por la madre tierra.
El inconquistable Pantanal sucumbió a los primeros bandeirantes que llegaron a la planicie Cuiabana en busca de oro. Luego de la guerra del Paraguay y la decadencia del oro, los ganaderos se instalaron y alteraron las costumbres de los residentes.
A la ciudad de Cuiabá, capital del estado de Matto Grosso, muchos viajeros llegan con la inquieta obsesión de pescar pirañas, peces de maligna reputación debido a su voracidad y la fuerza de sus mandíbulas. Las pirañas prefieren las aguas calmas y se concentran en cantidades impresionantes, siempre listas para el ataque.
Fundada a comienzos del siglo XVIII, como consecuencia del auge de la minería, su ubicación en la convergencia de tres biósferas —La Savannah, el Amazonas y el Pantanal— la convierte en punto de partida de la mayoría de los paseos que ofrece esta zona.
Antes de realizar la excursión de pesca, se impone una visita a la ciudad de la tierra roja, bajo el ardiente sol del Pantanal. A pie se recorren la Casa y el Museo del Artesanato, donde se disfruta un gran despliegue de hamacas, cerámicas y utensilios de cocina, también el Arsenal de Guerra (hoy convertido en Centro Cultural), el Distrito de San González, una comunidad de pescadores que produce magníficas cerámicas, el Museo del Indio y la Iglesia del Rosario.
Desde allí, se pueden contratar guías indígenas que llevan al visitante en sus canoas remontando el Río Cuiabá.
La expedición comienza al amanecer, y la canoa se detiene 10 kms río arriba. La mentada voracidad de las pirañas, que suele conocerse a través de lecturas y películas, asombra al visitante.
El viaje continúa y al atardecer el desembarco se produce en unos primitivos bungalows para pasar la noche. A pesar de la existencia de numerosos hoteles de las más variadas categorías en la zona, esta rústica experiencia contribuye a ambientar el espíritu del Pantanal.
Al día siguiente, el sol se hace sentir desde las tempranas horas de la mañana. De vuelta en la canoa un guía acompaña el viaje de pesca signado por largos silencios en aguas calmas.
De las profundidades de los matorrales surge un extraño ronquido sordo proveniente de los márgenes selváticos del río. La curiosidad puede más y ahora el guía dirige la canoa, apartando los cachalotes con el único remo de la embarcación. La sombra de la selva se convierte en humedad intensa mientras el ronquido se hace cada vez más fuerte y cercano. Media hora más tarde se llega a una de las reservas más maravillosas de la tierra donde, entre las ramas de cientos de árboles con lianas entrecruzadas, miles y miles de pájaros de colores inauditos procrean lanzando gritos, cantos y chillidos que parecen sacados de una película de Hitchkok.
Una vez más, el Pantanal confirma su extraordinaria síntesis de paisaje y aventura.