Antonio Mercader
Como en la fábula del pastor y las ovejas, tanto se dio la voz de alarma sobre el temporal de Santa Rosa que, cuando vino de veras, nos tomó de sorpresa. Llegó el 23 de agosto de 2005, mató a diez personas, taló miles de árboles, causó daños catastróficos y minó la confianza nacional en los pronósticos del tiempo. Todos nuestros meteorólogos fallaron aquella noche pese a los avisos circulantes en la región y al barrunto popular sobre los peligros acechantes en vísperas del aniversario de Santa Rosa de Lima (30 de agosto).
Venga viento o lluvia fuerte, si es agosto y cerca de esa fecha, más vale abrir el paraguas.
Ese dato reimprimió fuerte en la memoria colectiva hace un año con el ciclón del que aún quedan trazas como los troncos de eucaliptus caídos en parques y plazas como la 12 de Octubre, en Villa Colón. Allí los vecinos piden recuperar el área sin hallar eco en los servicios comunales, lo que se repite en otros barrios. La lentitud de las tareas de limpieza, tema menor dentro del desastre, confirma la falta de reflejos en situaciones de crisis.
De responsabilidades ni hablar. El primer informe oficial ¡absolviendo a la Dirección de Meteorología y alabando a sus técnicos! hizo poco por restaurar la fe y sigue bajo sospecha. Créase o no, el ministerio de Defensa dobló la página destacando el "profesionalismo" y la "capacidad" de sus meteorólogos, esos mismos que ignoraron las advertencias y terminaron cruzándose reproches. Desde entonces, ellos y los predictores privados pretenden curarse en salud exagerando hasta el absurdo los avisos de riesgo.
No extraña pues que hasta hoy persistan dudas sobre la aptitud del país para afrontar contingencias adversas. Poco se sabe del Sistema Nacional de Emergencias (SNE) creado en Presidencia de la República en 1995 para atender urgencias tales "como tormentas que provoquen daños masivos". El año pasado brilló por su ausencia. En las diez horas que duró el temporal ninguno de sus responsables alertó sobre lo que pasaba. Una respuesta rápida y coordinada del SNE hubiera mitigado pérdidas y, quizás, salvado vidas.
En ciertos sitios, en especial en el Interior, hubo mejores reacciones. Resaltó la cooperación del Ejército con policías, bomberos y civiles, una de los pocas facetas rescatables entre el alud de desaciertos. Pero en general ganó la imprevisión. El año transcurrido no cambió las cosas por lo que se deduce que seguimos a merced de lo que disponga la madre naturaleza, se llame o no Santa Rosa.