EL SECRETO DEL ÉXITO

Por qué Uruguay es uno de los países del mundo que vence al virus

Las hipótesis para el éxito temporal van desde la baja densidad poblacional hasta el acatamiento inmediato a las medidas.

Desinfección en Montevideo por pandemia de coronavirus. Foto: Fernando Ponzzetto.
Los primeros casos se confirmaron el viernes 13 de marzo pasado y cada vez hay menos casos activos de la enfermedad y más pacientes recuperados. Foto: Fernando Ponzzetto.

El mundo mira ahora con preocupación a América del Sur. La Organización Mundial de la Salud (OMS) confirmó esta semana que el continente se ha convertido en un nuevo epicentro mundial del coronavirus y en particular la situación de Brasil se torna crítica. En ese contexto, el caso uruguayo es una rara excepción. Es uno de los 46 países del mundo y uno de los dos de Sudamérica, junto a Paraguay, que le “está ganando” al COVID-19, según la página endcoronavirus.org, del Instituto de Sistemas Complejos de Nueva Inglaterra en Estados Unidos. La tasa de reproducción del virus es la más baja del continente, las personas que cursan la enfermedad son cada vez menos (ver aparte) y la circulación del virus hoy es muy limitada. Todo eso sin decretar la cuarentena obligatoria.

Varios artículos de la prensa internacional hicieron foco en el aparente éxito uruguayo. “Uruguay, el oasis de la pandemia en América del Sur”, tituló el jueves la periodista Sandra Cohen en el portal de Globo. Dos días antes, el editor del diario argentino Clarín Ricardo Roa escribió una columna en la que elogia la estrategia del presidente Luis Lacalle Pou y le envía un mensaje al presidente de su país: “Alberto, ¿y si miramos a Uruguay?”. Un artículo en el portal de Deutsche Welle dice que Paraguay, Uruguay y Costa Rica están “a la vanguardia de la lucha contra COVID-19”, y un cable de la agencia AFP replicado por muchos medios explica por qué Uruguay es “un caso de éxito”.

A pesar de las cifras, el gobierno y los expertos prefieren la cautela. Preocupa que el panorama alentador haga bajar la guardia a mucha gente. Rafael Radi, el bioquímico que integra el Grupo Asesor Científico Honorario, usó una metáfora futbolera cuando habló del relativo control de la enfermedad en la conferencia que dio el jueves en la Torre Ejecutiva. “Esto es como estar jugando un partido en La Paz a 4.000 metros de altura y estamos aguantando el 0 a 0. Estamos bastante contentos pero nos pueden golear en tres minutos”, afirmó, y remató: “Esa es la mentalidad que tenemos que tener, no aflojar en las medidas”.

Un indicador relevante se llama número básico de reproducción o tasa de reproducción (RO) y ayuda a conocer la intensidad de la enfermedad. Mide cuántas personas en promedio contagia cada nuevo infectado. El viernes el RO estaba en 0,85 y se estima que la enfermedad está bajo control cuando esa tasa es menor a 1. En Uruguay eso sucede desde hace unos diez días. ¿Cómo se calcula? Es la cantidad de casos nuevos que aparecen en la última semana, dividido la cantidad de casos que se esperaría tener si cada uno contagiara a uno más.

Pasajero en el Aeropuerto de Carrasco. Foto: archivo El País.
Se discute la apertura de las fronteras. Foto: archivo El País.

“Hay que mirar la evolución en el tiempo y cómo cambia respecto a las medidas que se van tomando”, dice el ingeniero Andrés Ferragut, quien integra el grupo que trabaja con el matemático e ingeniero Fernando Paganini en la elaboración de indicadores y modelos para el comité que asesora al gobierno. El RO de Uruguay es el más bajo de Sudamérica con Paraguay (que está también en torno a 0,8). Argentina está en 1,4 y Brasil 1,3.

Otro indicador es la tasa de letalidad, aunque la comparación es algo engañosa porque depende de cuántos tests se hagan en cada país. Hoy está en 2,6% y también es una de las más bajas de América, aunque por arriba de Chile, Venezuela y Paraguay.

¿Cuál es la clave, entonces, del aparente éxito uruguayo? ¿Hay un modelo a seguir? El tema hace semanas es motivo de conversación entre los especialistas y hay muchas hipótesis, pero pocas certezas. “No sabemos la respuesta, si es suerte o qué”, responde con sinceridad la infectóloga Victoria Frantchez, profesora adjunta de la Cátedra de Enfermedades Infecciosas. “Estábamos esperando una avalancha que no llegó”, dice. Pero después cuenta que una de las hipótesis es la aplicación de medidas precoces a partir del viernes 13 de marzo y en los días posteriores, cuando se conocieron los primeros casos, lo que “contribuyó a apagar los tres focos iniciales más importantes”. Ahora solo quedan muy pequeños focos, que también se “van apagando” y la circulación comunitaria es baja, afirma Frantchez.

La infectóloga Susana Cabrera, profesora agregada de la Cátedra de Enfermedades Infecciosas, dice que la primera explicación es la baja densidad de población uruguaya, al menos en comparación a países con transmisión mayor del virus. “Son todos lugares muy densamente poblados”, dice y menciona Buenos Aires, Santiago, San Pablo y Río.

Ferragut coincide que el “no hacinamiento” ayuda al país. “Que no sean las calles de Nueva York, que sean las de Montevideo”, dice. Y Cabrera aporta otra reflexión: el comportamiento que tuvieron los uruguayos en cuanto al distanciamiento físico, quizás “inducidos por el miedo de las noticias dramáticas que llegaban de afuera”, fue muy similar al de una cuarentena obligatoria.

Para Radi, el panorama es simple: “Los países exitosos demuestran que la estrategia es detección de focos, aislamiento del caso, control de los contactos. A eso le sumamos muchos meses de buen clima y un comportamiento global correcto de la población”.

¿Y por qué Argentina ha tenido resultados más negativos que los de Uruguay con una medida más radical como la cuarentena obligatoria? Para el infectólogo Eduardo Savio, en el vecino país se empezó a disparar la transmisión al haber “medidas de difícil fiscalización y probablemente al no contar con convicción sobre el distanciamiento físico”.

Para el ministro Daniel Salinas parte del éxito pasa por condiciones preexistentes. En entrevista con El País, mencionó entre otros factores el Sistema Nacional Integrado de Salud, los servicios de médicos a domicilio, la red de agua potable y de saneamiento.

Otro elemento que ayudó es la capacidad de testeo local. Los doctores en ciencias biológicas Gonzalo Moratorio y Pilar Moreno, ambos de la Facultad de Ciencias y del Instituto Pasteur, recuerdan que al principio de este proceso la disponibilidad de tests en el país era muy baja. “Tuvimos la suerte de ser de los últimos países en que llegó la pandemia y eso nos dio la posibilidad de prepararnos bien”, dice Moratorio, y menciona los kits diagnósticos que crearon con la empresa ATGen, que contribuyeron a llegar a los 1.000 tests diarios.

“Si no sabemos dónde están los focos, no los podemos apagar. Por eso el testeo es superimportante”, dice Moreno y también habla de la transferencia tecnológica a laboratorios públicos.

La teoría más alocada, quizás, la puso sobre la mesa una periodista de Caras y Caretas en la conferencia del jueves: ¿el consumo de mate ayudó a crear una inmunidad? Radi le respondió que no hay ninguna investigación en curso sobre el mate. “Pero es una hipótesis muy alejada que no puedo descartar”, admitió con una leve sonrisa.

El debate por la apertura de fronteras

El presidente Luis Lacalle Pou dijo el jueves que aún no hay una fecha establecida para abrir las fronteras del país. Para los expertos ese es uno de los grandes temas de debate: ¿es viable a corto plazo volver a conectarse con el mundo?

El infectólogo Eduardo Savio lo tiene claro: las fronteras no deberían abrirse hasta que la situación esté “bien controlada, cosa para lo que falta mucho tiempo”. Pero su colega Victoria Frantchez advierte que pensar en “aguantar con la frontera bloqueada hasta que haya una vacuna es medio utópico”. Y, cuando eso suceda, “la lógica diría que nuevamente tendríamos focos y habrá que ver cómo los controlamos”.

 “Hay riesgo hasta que no haya una vacuna”, dice la infectóloga Susana Cabrera, y explica que lo que se precisa es tener inmunidad por lo menos en el 60 por ciento de la población y para eso deben pasar unos 10 años.

A Rafael Radi, del Grupo Asesor Científico Honorario, le preocupa el invierno y la llegada de los fríos. “Si nos preguntan cuál es el mediano plazo, es superar el invierno con la pandemia controlada. El gran esfuerzo es superar mayo, junio y julio y ver cómo estamos en agosto, cuando se empiecen a alargar los días”, afirmó el jueves pasado y pidió “no dar sensación de que nos podemos quedar tranquilos.

Por eso, Frantchez advierte la importancia de la apertura con monitorización. Y es bien gráfica: “A algunos países les ha pasado que de una semana a otra tuvieron 20.000 muertos”.

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