La gran pregunta que hacemos es: ¿Qué le va a pasar a esta nación si tiene otra frustración de carácter político? ¿Cuántos de los que están acá podrán soportar un triunfo de Lacalle o Sanguinetti?".
Así de preguntón estuvo José Mujica el sábado pasado, en Pando, al recordar el fallido copamiento de esa ciudad por los tupamaros. ¡Doblemente simbólicos la ocasión y el contenido de las preguntas del senador! La ocasión: evocar octubre de 1969, cuando el grupito de iluminados integrado por Mujica eligió Pando como campo de experimento guerrillero, con el triste botín de cuatro muertos, tres tupamaros y un civil inocente que esperaba el autobús para ir a su trabajo. El contenido: preguntarse si es soportable la democracia cuando se pierden las elecciones, lo que es una forma equívoca de echar dudas sobre la voluntad popular expresada en las urnas.
Recordemos: fue precisamente un desengaño en las urnas, el sufrido por la izquierdista Unión Popular, el que dio génesis a los tupamaros a comienzos de los años sesenta. El razonamiento de entonces fue éste: como la gente no nos quiso votar como gobernantes, vamos a tomar el gobierno por la fuerza y a imponer nuestras ideas, les guste o no a los uruguayos. Y así, en julio de 1963 se levantaron en armas, pero no contra una dictadura cruel sino contra una democracia inerme, apenas sostenida por el Consejo Nacional de Gobierno, el senadito a la suiza que conducía el país. Diez años de robos, secuestros, bombas y asesinatos empedraron el camino al golpe de 1973. El grupito que incluía al senador Mujica pudo darse por satisfecho: cuanto peor, mejor, habían dicho. Y no cabe duda, todos estuvimos peor.
Décadas después, cuando creíamos que la lección estaba aprendida, con los tupamaros reconvertidos en grupo político con representación parlamentaria, Mujica se interrogó. ¿Qué haremos si el año próximo la izquierda vuelve a perder las elecciones? ¿Cómo soportar a Lacalle o Sanguinetti de presidentes otra vez? Y aunque no respondió, sus preguntas fueron demasiado ambiguas si se aprecia la oportunidad en que las hizo, nada menos que al conmemorar un hecho de armas, entre nubes de incienso al Che Guevara en el aniversario de su muerte. En otro escenario esas preguntas de Mujica pudieron pasar inadvertidas, pero en un acto de ese jaez, en un ambiente de glorificación de la violencia guerrillera, debió despejar equívocos ante su público, especialmente ante los jóvenes, lo que no hizo.
A la hora de hacer preguntas uno podría plantearse otras, por ejemplo: ¿Quién soportaría el hipotético triunfo de Mujica y los suyos? ¿Quién soportaría verlo, acaso de Ministro de Estado en un gobierno frenteamplista, explicando con su labia picarona que no puede cumplir sus promesas y que —¡ay!, comprenda usted— la tarea era más difícil de lo que parecía? ¿Quién lo soportaría? Le contesto: lo soportaríamos los que creemos en las urnas, no en las armas. Sería bueno que el senador ratificara que cree en lo mismo.