LA ENTREVISTA DEL DOMINGO

"La ETA admira mucho a la izquierda uruguaya"

Alberto Spektorowski, el uruguayo detrás de la disolución de la ETA.

Alberto Spektorowski:
Foto: Gentileza Alberto Spektorowski

Mucho antes de ser uno de los hombres detrás de la disolución del grupo terrorista ETA, Alberto Spektorowski era una joven promesa del fútbol uruguayo. Una vez, cuando era adolescente, el Pepe Schiaffino lo felicitó tras una práctica en la 5ª de Nacional y le dijo: "Pibe, vos vas a llegar lejos". Y no estuvo tan errado. Solo que en vez del fútbol, Spektorowski se destacó en una cancha muy distante al 11 contra 11: la negociación por la paz.

"El charrúa", como le dicen en su círculo íntimo, trasladó su apodo del barrio Reducto y su calidad de mediocampista central a las aguas del diálogo en conflictos armados, y como si distribuyera el juego en la mitad de la cancha, se dedica a mediar entre las distintas partes para evitar la guerra y encontrarle solución a problemas severos en diferentes países. Así lo hizo en los acuerdos de Camp David —entre palestinos e israelíes— y así también actuó en el final del grupo nacionalista vasco que tiene un prontuario de 829 personas asesinadas.

Cuando el próximo 4 de mayo la ETA ponga punto final a 60 años de lucha, el uruguayo Spektorowski (66) estará allí, en primera fila. Luego, como los futbolistas tras una hazañosa victoria, volverá a lo de siempre: en su caso dar clases de Ciencias Políticas.

—¿Cómo llega este uruguayo a trabajar en el proceso de desarme y luego disolución de la ETA?

—El abogado sudafricano Brian Currin, quien había trabajado como reconciliador en Sudáfrica tras el apartheid y en la paz en Irlanda, fue quien creó la comisión que facilitó el cese del fuego de la ETA y las negociaciones con el gobierno español. Cuando este abogado comenzó a armar el grupo de trabajo, inició una ronda de consultas sobre posibles asesores. Yo ya era un poco conocido en el País Vasco porque había trabajado en una de las universidades públicas y tenía contacto con profesores del lugar. Además, yo ya había asesorado a Shlomo Ben Ami (excanciller israelí que había participado de la Cumbre de Camp David entre israelíes y palestinos), por lo que tenía algo de conocimientos de procesos de paz. Y, sobre todo, tenía conocimientos sobre la política vasca. Fue así que fui citado a integrar la Comisión Internacional de Contacto.

—¿Cuándo llegó esa llamada?

—Unos meses antes de octubre de 2011, que fue cuando la ETA anuncia públicamente su desarme (en la famosa conferencia del Palacio de Ayete).

—¿Cuántas personalidades integran la comisión?

—Empezamos siendo seis. Entre los más destacados estaba Raymond Kendall, el antiguo jefe de la Interpol. Pero terminamos trabajando solo tres: Currin, Kendall y yo.

—¿Qué implicaba su tarea?

—Al principio se trataba de negociaciones con el Partido Socialista español (PSOE). Por entonces, el presidente de España era José Luis Rodríguez Zapatero. El gobierno no estaba muy afín a hacer demasiado, pero no impidió que pudiéramos trabajar. Entonces organizamos la conferencia de Ayete, que era una especie de petición de figuras internacionales para poner punto final a la violencia y que ETA iba a responder afirmativamente porque ya nos lo había dicho.

—¿Quedaron satisfechos con ese primer anuncio de desarme en 2011?

—Nosotros queríamos que los gobiernos de Francia y España se involucraran, y eso no sucedió. El mensaje de Rodríguez Zapatero fue algo así: "Está todo bien, dejaron el fuego, pero no por esto nos vamos a poner a hablar otra vez". Con el único que el PSOE aceptó hablar fue conmigo, porque al resto los notaba como intromisión en los asuntos internos de España.

—¿La ETA qué pedía?

—Básicamente que acercaran al País Vasco a los prisioneros. Como la ETA era catalogada de organización terrorista, los presos que pertenecían a la organización eran señalados con una numeración especial e iban a cárceles de alta seguridad lejos del País Vasco. Los integrantes actuales de ETA piden que los presos estén más cerca de sus familias, para que los puedan visitar. No se trata de liberarlos, sino de cumplir con el derecho a visita. Ese reclamo y las negociaciones en sí vimos que iban a ser completamente nulas cuando el Partido Popular (PP) ganó las elecciones.

—Una parte del País Vasco queda en lo que hoy es Francia. ¿Cómo fueron las negociaciones con los franceses?

—Por aquel entonces, con Francia iba todo bien. Francia no tenía mucho que ver con el asunto. Los franceses aceptaban que si se terminaba la violencia, y se entregaban las armas, estaban las condiciones para colaborar en todo lo que respecta a derechos humanos. Además los franceses tenían clarísimo que a ellos no les iban a quitar ese pedazo de territorio. El discurso de los franceses era: "Cuestiones de autodeterminación y política háblenlo con España, a nosotros no nos metan en ese baile".

—¿Finalmente lograron persuadir al PP español para que se sentara a negociar?

—No, nunca. La salida fue una idea mía en un bar de Bayona, una ciudad del País Vasco francés. Les expliqué que España no estaba interesada y no iba a hacer nada. Entonces, ¿por qué no reinventar la negociación a la interna del País Vasco, entre la ETA y el gobierno vasco? De esa forma le adjudicamos el protagonismo a la sociedad, casi que una soberanía simbólica. Esa "vía vasca" tenía para la ETA la contra que no podía exigirle nada a España, sino que quedaba todo reducido a la reconciliación interna y a los reclamos que se hicieran en organismos internacionales. Con algunas idas y vueltas, en eso fue lo que se avanzó.

—¿Cómo toma el tema la sociedad vasca?

—Con mucho dolor. Hubo muchas víctimas. Hay víctimas que no quieren perdonar o quieren determinado tipo de perdón. El Partido Nacionalista Vasco exige cosas que la ETA no puede concederle. Y todo es declarativo: ¿cómo se va a recordar este párrafo de la historia? Estamos en el plano simbólico. ETA ya no existe, los que escriben los panfletos son dos o tres personas.

—¿Cabe la posibilidad de que España ceda con los presos tras la disolución del próximo 4 de mayo?

—España dice que hará cumplir la ley. El tema es que cumplir la ley, si ETA ya no existe y no hay organización terrorista, es que a los presos se los trate como reclusos comunes y se los pueda trasladar de cárcel (a una en el País Vasco).

—¿Mariano Rajoy los ha recibido?

—No, no quiere ni vernos. El proceso de paz, realmente, es entre la propia sociedad vasca. Igual el tema es de relevancia para España. España lleva el caso ETA en las venas. El tema es que la estrategia de negociación del gobierno español es no negociando, como hizo con Cataluña.

—¿El 4 de mayo termina su trabajo?

—Básicamente sí. Se anunció el fin de la violencia, la entrega de armas y finalmente la disolución. Es claro que nos quieren usar para hacer lobby por la cuestión de los presos. Pero ya es secundario. ETA ya se termina y esto pasará a la historia como el último grupo "guerrillero" de los 60, con una connotación nacionalista.

—¿Recibieron un sueldo por su trabajo?

—No, solo unos viáticos altos y más nada. Viajábamos hacia el País Vasco unas tres veces al año; en mi caso desde Israel. El próximo 3 de mayo ya viajo desde Tel Aviv a Bayona para estar presente en la "ceremonia" de disolución de ETA.

—¿Qué párrafo ocupa este trabajo en la historia de Alberto Spektorowski?

—Me siento contento porque un poquito de bien hice. ¿Se pudo haber dado esto sin nuestra intervención? Tal vez que sí, pero seguro es un granito que agrega cuando es por la paz, para el bien común. Antes la sociedad vasca era un infierno. Ahora no.

—¿A raíz de su trabajo en este conflicto le han pedido la intervención en algún otro?

—No. Yo no soy un experto en resolución de conflictos. Actué en dos negociaciones importantes (la de ETA y la de Camp David) pero más con intuición que con teoría. Mi foco académico son los nacionalismos europeos, y desde ese punto de vista me interesa mucho el caso vasco, el catalán, el escocés. A quien sí llamaron para asesorar en la paz de Colombia es al abogado Currin.

—¿Qué pueden aprender los sudamericanos del fin de ETA?

—No mucho. En mi caso me fui de Uruguay cuando empezaba la dictadura. Y no noto similitudes. Está claro que la gente de la ETA admira mucho al Frente Amplio y a la izquierda uruguaya. Tuvieron mucho contacto con Eleuterio Fernández Huidobro y después con Lucía Topolansky, con quien me he encontrado algunas veces en ese intento de alcanzar la paz. Esta gente (los extupamaros) cobijaba en algunas cosas a la ETA pero también le hacían muchas críticas. Los extupamaros entendían que la ETA había abusado del terror, sobre todo en la época democrática. Y otro detalle: los tupamaros tenían en su guerrilla una cuestión más social, la ETA era puramente nacionalista.

—¿Cómo ve a Uruguay desde afuera?

—La política uruguaya la sigo solo de hobby. Visto a la distancia, Uruguay sigue siendo un país muy prolijo, ordenado. Cuando digo esto, algunos amigos y familiares me dicen: "Vos porque no vivís más en el país". Puede ser. Pero visto desde afuera parece un país muy respetable.

"La historia dice que los pacifistas no hacen la paz"
Foto: D. Borrelli

—¿Cuánto importa ser de derecha o izquierda para hacer la paz?

—¿Quién sacó a Francia de Argelia? De Gaulle. ¿Quién sacó a Israel de Gaza? Ariel Sharón, un militar de derecha. La historia muestra que para hacer la paz tenés que hacer concesiones… concesiones muy dolorosas. Si hay alguien que las puede hacer es un caudillo del lado de quienes no quieren la paz. Los activistas para la paz pueden crear un lobby, pero no llegan a hacer la paz efectiva.

—¿Este concepto tiene relación con el llamado "ascenso de los populismos"?

—Hay una izquierda liberal que vive atacando al populismo y lo que logra es el efecto contrario al deseado. Cuanto más hablan, más ayudan al ascenso del populismo. Cada vez que Donald Trump abre el The New York Times y ve como lo insultan, lo único que piensa es: "Gracias por los votos que me están regalando". Con lo otro es lo mismo, los pacifistas no pueden hacer paz.

De militar en el FA al laborismo israelí

Poco antes de irse a vivir a Israel, Alberto Spektorowski militaba en el Frente Amplio. Lo suyo, confiesa, no era un idealismo "exacerbado", sino una mezcla de ideas con ganas de hacer cosas, conocer gente. Pero el interés por aprender y "abrirse al mundo" lo llevaron a Jerusalén con la idea de estudiar abogacía.

Aún no sabe bien por qué, pero se tentó con seguir Ciencias Políticas en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Al tiempo pasó a trabajar en la Universidad de Tel Aviv, donde conoció a Shlomo Ben Ami, quien había sido embajador de Israel en España y lo invitó a dirigir un centro académico. De esa relación surgió su asesoramiento en los acuerdos de Camp David, cuando Ben Ami fue el canciller del gobierno de Ehud Barak (Partido Laborista). "Siempre fui militante de Avodá (el laborismo israelí), pero hasta entonces (la década de los 2000) no había tenido una relación tan cercana a la toma de decisiones".

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