Ana María Abel
Lic. Ciencias Familiares
Tomo como punto de partida de estas reflexiones, uno de tantos correos electrónicos que me envían, que me ha hecho pensar. En sucesivas diapositivas un joven habla con su padre repitiéndole la frase "¡No te metas en mi vida!". Me pregunto: ¿no habré pronunciado yo de mal modo esas palabras dirigidas a mis padres cuando, por mi bien, interponían sus exigencias a mis caprichos infantiles o mis planes adolescentes?
Sé con certeza que he sido deseada y buscada para recibir el don de la vida a través del amor de mis padres. No menos cierto es que, un buen día llegué a sus vidas, ocupé su tiempo y cercené sus posibilidades de visitar con tanta frecuencia como antes a sus amigos. Mi nacimiento tuvo lugar en el seno de una familia donde ya había otras bocas que alimentar, en una post guerra con escasez de alimentos. Mi padre se levantaba muy temprano. Mamá quedaba sola todo el día con una sopa de ajo como almuerzo. Los niños nos alimentábamos mejor pero la comida fuerte era de noche cuando llegaba papá. Entré en sus vidas y los gastos aumentaron: un buen médico que ayudara a mamá en un embarazo saludable, medicamentos, ropa. No podía darme cuenta entonces que ellos vivían sin concederse un capricho por pequeño que fuera. No existía la televisión, les gustaba el cine y dejaron de ir con frecuencia.
Desde el primer día también me metí en sus noches. Los despertaba para comer cada tres horas, a veces me dolía algo y lloraba sin que ellos pudieran saber qué me pasaba, tuve muchas de las enfermedades infantiles, incluida la difteria. En ocasiones, ya prontos para salir con amigos, lo suspendían y se quedaban en casa porque yo tenía fiebre. Empecé a caminar y hubo otro cambio de ritmo en sus rutinas hogareñas: estaban pendientes de mí dándome ánimo. Papá no podía leer tres líneas del diario seguidas y mamá, desde la cocina, aprontaba la cena siguiéndome con la vista.
El primer día de clase quería que papá entrara conmigo al salón, lloraba y le pedía que no se fuera. Cuando fui tomando confianza, tomé tanta que me olvidaba de despedirme al bajar del auto: corría a encontrarme con mis nuevos amiguitos. A los 13 años quería ir a todas las fiestas de 15. No dejaba que me llevaran hasta la puerta y les pedía que me dejaran una cuadra antes. No podían hacer comentarios sobre mis amigos sin que les retrucara como si a los chicos los conociera de toda la vida y mis padres fueran unos perfectos desconocidos. Me molestaba si me marcaban reglas. Llegué a los 18 años: me creía madura. Quería autonomía: no avisaba dónde iba ni con quién. La vida de mis padres dio un vuelco más: mamá no podía dormirse hasta que no escuchaba mi regreso y tampoco dejaba descansar a papá: "Son las 5 y no ha vuelto ¿le habrá pasado algo?".
Hoy a muchos años de distancia, agradezco que mis padres se hayan metido en mi vida prudente y cariñosamente porque me doy cuenta de que yo me metí en las de ellos. Aunque ya no están, les digo de corazón ¡muchas gracias!, porque me dieron la vida, comida, educación y mucho amor. (flia@iuf.edu.uy)