Los últimos días de Cano, sumiso y en la austeridad

 20111108 629x600

Alfonso Cano

EX JEFE DE LAS FARC

La carrera hacia la muerte de Guillermo León Sáenz Vargas, alias `Alfonso Cano`, se inició en 1984. Ese año, tomó la decisión de saltar de las filas de los bohemios y agitadores estudiantes de Antropología de la Universidad Nacional a la selva. Para la época, la relación con su padre, Luis Antonio, y sus cinco hermanos estaba resquebrajada. La familia, de clase media, había pasado de tolerar sus encuentros clandestinos con miembros de la izquierda, en bares donde se mezclaban tangos, mujeres y ron, a soportar sus conferencias sobre Marx. Ahora, nadie sabe a dónde irá a parar el cadáver de Cano, de 63 años. Cuatro de sus hermanos optaron por irse de Colombia para alivianar el peso de ser familiares de uno de los líderes de las FARC. Y al quinto, Carlos Roberto, concejal electo de Bogotá, no se lo han entregado.

JINETH BEDOYA | EL TIEMPO/GDA

Algunas bolsas de arroz, un par de sándwiches y postre Royal eran las últimas raciones de alimento que Alfonso Cano, el líder de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), tenía en el rancho donde pasó sus últimas horas. La huida lo llevó a morir en la más absoluta austeridad. Por eso dormía en un cuarto de tablas de madera que 20 días atrás ocupaba una joven campesina.

A ese escape desesperado lo llevaron los mismos hombres que el 2 de julio de 2008 protagonizaron la operación Jaque y el rescate de Ingrid Betancourt, tres norteamericanos y 11 militares. Ese mismo grupo de inteligencia del ejército se aprovechó de los gustos básicos del jefe de las FARC para acorralarlo. Sabían que la angustia y la desesperación ya los tenían dominados a él y a sus diez acompañantes. Para agosto de 2010, Cano ya estaba agobiado con las operaciones militares y se refugió en Marquetalia (Tolima), donde todavía podía moverse sin problema.

Pero llegó una nueva arremetida del ejército y en diciembre decidió quitarse de encima toda la escolta. A los 300 hombres que conformaban sus tres anillos de seguridad los redujo a 25. Su decisión llevó a que sus hombres tuvieran que dejar las pocas comodidades que tenían.

Su pretensión era hacer un semicírculo en la cordillera central y volver al Sur de Tolima. Sin embargo, llegó la persecución de las fuerzas especiales que lo llevaron al Huila, entre enero y mayo de este año. En ese momento, se quedó con los 10 hombres de más confianza, incluida Patricia, su compañera, y sus dos perros.

SIN PROVISIONES NI BOTAS. Ya había tenido que abandonar la mitad de sus pertenencias. Sus libros, la manta térmica y suministros fueron quedando en los campamentos. Sin provisiones y sin botas, Cano y sus hombres tuvieron que hacer una larga caminata por las montañas, entre fines de junio y agosto, hasta llegar a Caldono (Cauca).

Desde allí grabó un mensaje para el Encuentro por la Paz en Barrancabermeja. Su aspecto lo decía todo: un saco negro descolorido y desgastado y la barba sin arreglar. Allí entró en paranoia al pensar que llevaba algún chip en sus objetos o que alguno de sus hombres tenía un rastreador, porque las tropas le cortaban el paso. Y ordenó que todos arrojaran sus botas.

Entonces tomó la decisión desesperada: atravesar la Panamericana para refugiarse en Suárez. "Su nivel de desesperación aumentó y fue cuando lo llevamos a cometer el error. Pasó algo que paradójicamente nos sirvió mucho y es que decidió afeitarse la barba", relató uno de los investigadores. Después de bordear la represa La Salvajina, se sacó la barba, que era su símbolo y que había cuidado por más de 40 años de los 64 que tenía. "La afeitada lo cambió absolutamente y lo desestabilizó, porque su parte emocional se vio afectada y afectó también al grupo. Fue cuando por primera vez sus hombres pensaron en la desmovilización", relató el oficial.

Su vida ya no dependía de él, sino de sus hombres. Caliche, el jefe que asumió su seguridad, le puso un guía, que no lo identificaba como Cano ya que su aspecto había cambiado totalmente. Se volvió sumiso, ya no dirigía la situación. Su espacio se redujo a un cuadrado de tierra, con un rancho de un campesino que expropiaron y una casa cercana.

Y llegó lo que esperaban: Cano pidió que le organizaran mejor el rancho porque se iba a quedar seis meses. Hasta la caleta en la que se ocultó era básica. Sólo una excavación, con camuflaje natural. Los únicos que preservaron los "lujos" fueron los perros Pirulo y Conan, a quienes un guerrillero les limpiaba todas las noches las patas, antes de que se acostaran al lado del amo.

Cano no permitía que les dijeran perros. Era obligación llamarlos por sus nombres. En medio del combate Pirulo huyó y Conan resultó herido. Y Patricia, la mujer que acompañó al líder de las FARC desde que tenía 14 años, siempre se conformó con lo que le dieran, porque su compañero no creía en los lujos. Por eso, los US$ 100.000 que Cano tenía en su cuarto de madera, adornado con afiches quinceañeros, fueron los mismos que cargó desde agosto de 2010, cuando salió de Las Hermosas.

Miedo a represalias

La muerte del jefe de las FARC, `Alfonso Cano`, llenó de júbilo a casi toda Colombia, pero sembró angustia en familiares de los 18 militares y policías que siguen en poder de esa guerrilla. Temen que las FARC puedan tomar represalias contra ellos y hay desconcierto por lo que pueda suceder con su liberación. "Nos preocupa porque no sabemos qué les pueda pasar a ellos (los secuestrados), si los ponen a hacer intensas caminatas o si les quitan la comida", dijo Gloria Marín, esposa del intendente Carlos José Duarte, secuestrado 12 años atrás. Con esto coincidió Oliva Solarte, mamá de Jorge Trujillo, plagiado el 12 de julio de 1999 en la toma de Puerto Rico (Meta). "Es incertidumbre total; no sabemos si los maltratan o los castigan. Eso es terrible. Estoy dopada porque los nervios me tienen al borde de la locura", confesó esta mujer. "Le hago un llamado a la guerrilla, con el corazón destrozado de una madre, para que no tomen represalias, porque ellos no se pueden defender", dijo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar