DEBORAH FRIEDMANN
Por debajo del puente de Bulevar Artigas y Sarmien- to pasan por minuto 30 vehículos y un par de transeúntes. Ya desde lejos se ven colchones, un par de carros, ropa colgada y varios perros. Algunos observan con curiosidad a una decena de personas que hicieron de ese lugar su casa. Otros ni miran y unos pocos se detienen.
Al acercarse, Irineu Melo es quien toma la palabra. Es una cuestión de antigüedad. Hace 15 años que vive bajo el puente y tiene mucho para contar.
Los tres lustros que lleva allí no le hicieron perder su apariencia de hombre de campo. Nació en Artigas hace 68 años y trabajó buena parte de su vida en estancias y tambos. Sus días de labor se terminaron con un árbol que le cayó encima en Rocha y lo dejó casi sin poder caminar. Luego tuvo que enfrentar una tuberculosis y dice que ya no consiguió trabajo.
La calle se convirtió en su casa y, dentro de las posibilidades de vivir a la intemperie, el puente de Sarmiento le permitió lograr algo de resguardo. Allí tiene su colchón, su cama que hace pocos días le regaló un vecino, ollas, un par de carros con ropas y cajones para cobi- jar durante la noche a sus tres perros.
En la calle conoció también a su mujer, Nibia. Ella no quiere hablar. Irineu dice que es un poco tímida pero que es una excelente compañera. "Dos tirados, que se dan la mano, hacen los días un poco más fáciles", dice.
Para Irineu los días son simplemente tiempo que pasa, pero no "es vida".
"Yo lucho para subsistir. No tengo un lugar donde bañarme, lavarme los dientes o cambiarme tranquilo", afirma. Muestra que la ropa que lleva puesta está sucia y dice que en cuanto pueda buscará algún lugar donde ducharse.
La principal preocupación de Irineu es la comida. Cobra $ 900 de una pensión y cuando el dinero se le acaba no le queda más remedio que salir a requechear en tachos de basura.
De vez en cuando, algún vecino se acerca con algo de comida. Esos son los días buenos. Los más comunes son entre volquetas y en comercios y ferias donde pide algo de comida que sobre.
Para él comer de la basura ya es costumbre. "Lo que me da vergüenza es darle a una mujer comida de la calle", cuenta. Además de conseguir alimentos para él y Nibia, Irineu se las ingenia para que sus tres perros tengan lo que comer. El plato de comida que tiene, lo comparte con ellos. Son sus compañeros más fieles.
El invierno es una época especialmente cruda para vivir bajo el puente. "Ya pasé muchos en la calle y creo que también pasaré éste", dice.
De todos modos, teme que como otras veces las autoridades municipales lo saquen de allí, pero también sabe que regresará. Una o dos semanas en un parque hasta que "la cosa se calme", y de vuelta a Bulevar y Sarmiento.
Irineu no tiene muchas esperanzas de que su situación mejore. Dice que hace un año que se anotó en el Plan de Emergencia y que nunca fue visitado. En setiembre llegaron trabajadores sociales y le ofrecieron ir a un refugio. No aceptó porque le dijeron que sus perros no lo podían acompañar.
"Desde que vivo aquí pasaron los gobiernos de Lacalle, Sanguinetti, Batlle y ahora Váz-quez. Nada cambió. En todo este tiempo no llegó ayuda del Estado y ya no creo que llegue", afirma. "Hay como 4.000 casas cerradas en Montevideo. Podrían aprovechar y abrir sus puertas para gente como nosotros. O darnos un terrenito para hacernos una casa con algunas chapas", añade.
En ese lado del puente -la acera derecha yendo por Bulevar Artigas hacia la rambla- vive, además de Irineu y Nibia, un joven que había salido a buscar comida. Desde la vereda de enfrente, un hombre dice que está dispuesto a contar su historia.
Una soga que cuelga del techo está atada a su cuello, simulando que se va a ahorcar.
Es Carmelo González, de 42 años, y esa es su forma de protestar por estar en la calle y sentir que el Estado no lo asiste.
"Dijeron que nos iban a ayudar. ¿Por qué no abren las casas tapiadas en la Aduana? Algo nosotros podríamos pagar", señala.
Carmelo vive debajo del puente desde hace tres o cuatro años. Trabajó hasta que una rotura de ligamentos en sus piernas se lo impidió.
Revisa la basura para buscar comida y dice que espera la visita de integrantes del Plan de Emergencia desde setiembre, cuando se anotó. Cuenta que se acercó hasta el Ministerio, pero que le dijeron que "el ingreso ciudadano no le tocaba" si estaba en la calle.
Carecer de un techo hace sentir a Carmelo como "un mediocre. No tengo ni un baño. ¿Cómo voy a estar?", dice.
Aun así se niega a ir a un refugio. Para él son sinónimo de sarna y piojos. "Agarro mi frazada y me acomodo acá. A un lugar de esos no entro", afirma.
Otro tanto hacen los restantes seis hombres que viven de ese lado del puente. El jueves de tarde sólo estaban Carmelo y Juan Carlos Ferreira. Los demás, se las rebuscaban en la calle. Algunos cuidan autos y otros revuelven la basura.
Juan Carlos, de 51 años, llegó desde Salto a Montevideo hace dos meses, con todas las esperanzas de reencontrarse en la capital con su familia. Los encontró, pero tuvieron problemas y decidió irse.
No tenía adónde, así que después de caminar terminó debajo del puente de Sarmiento.
Allí tiene unas pocas cosas: su mate, una caldera, y su ropa lavada y prolijamente colgada en un improvisado tendedero.
Pese a que en Salto tiene su casa y probablemente pueda conseguir algún trabajo en el campo, Juan Carlos prefiere por ahora quedarse en la capital. No quiere alejarse de su hijo y de su nieto, a quienes, ve pese a que ellos no saben que vive en la calle.
Sus compañeros le dijeron que le están buscando alguna cuadra donde pueda cuidar coches y en eso tiene puestas por estas horas sus esperanzas. "Acá el frío está bravo. Si alguien nos puede dar una mano, no estaría nada mal".
Vergüenza
"Lo que me da vergüenza es darle a mi mujer comida de la calle", dice Irineu
Telefonear al Mides
Llamar al Mides puede convertirse en una odisea. Ayer de tarde, dentro del horario de atención del Ministerio, durante varias horas en la central (400 03 02), tras digitar 0 para hablar con la operadora, nadie contestó. Finalmente, la gentileza de una jerarca que por su celular dio un interno, permitió una comunicación. Sin esa opción, hubiera sido imposible.
En refugios hay espacio disponible
En Montevideo el Programa de Atención a los Sin Techo del Ministerio de Desarrollo Social (Mides) dispone de 470 plazas en refugios dirigidos a hombres, mujeres, madres con niños, psiquiátricos, adultos mayores y familias. Además, hay un hogar especial de "baja exigencia", donde personas que viven en la calle pueden ir con sus perros e incluso habiendo consumido algo de alcohol, explicó Leticia Aguilar, integrante del equipo que lleva adelante el programa.
Según Aguilar, en promedio están ocupadas 90% de las camas en los refugios para hombres y 85% de las plazas para mujeres. De ellos, una proporción alta son personas con patologías psiquiátricas, que llegaron a la calle por cuestiones económicas o por abuso de alcohol y drogas.
A quienes allí asisten se les brinda la cena y el desayuno.
Además, dos brigadas recorren todas las noches varios barrios capitalinos para ofrecer lugares en los refugios. A quienes se niegan a ir se les brinda alimentos y frazadas.
Viviendas vacías son 57.000
En Montevideo el 11,5% de las viviendas particulares están vacías, según los datos del censo 2004 realizado por el Instituto Nacional de Estadísticas.
En la capital hay 498.291 viviendas: 440.746 ocupadas y las restantes 57.545 sin habitantes.
La mayoría de las casas y apartamientos vacíos están en el área urbana del departamento (55.709), mientras que en la zona rural son 1.836.
En Montevideo 7.7% de los hogares particulares están en los asentamientos.
Entre los dos censos (1996 y 2004) las viviendas vacías se duplicaron. En 1996 eran 28.374.
En ese período las viviendas particulares en la capital aumentaron 10,1%.
Pasaron de ser 452.280 a ser 498.291.
Ese incremento se produjo en el área urbana como rural, en ésta última con mayor intensidad. Se pasó de 10.592 en 1996 a 15.923 en 2004, lo que implica un aumento del 50%.
En Montevideo hay además 838 hogares colectivos, en los que viven 17.574 personas.