Pablo Sirvén
"Los dueños y directores de programación de los canales de televisión de Argentina, carecen de responsabilidad social y cultural" y actúan impunemente. Así lo manifestó a El País el periodista y escritor argentino Pablo Sirvén, supervisor y columnista de la sección de espectáculos del diario La Nación de Buenos Aires, de la que fue su jefe hasta hace un año, cargo que dejó para asumir como secretario de redacción del periódico argentino. Lamentó que los uruguayos, a los que calificó de educados y sobrios, acepten mansamente la invasión de chabacanería que proviene de la televisión porteña, aunque reconoce el carisma y el gran olfato de Marcelo Tinelli.
PUNTA DEL ESTE | DIEGO FISCHER
-La televisión basura se instaló hace unos años en el mundo y, obviamente, en Argentina con características peculiares. Los programas que se producen y consumen en su país son los mismos que se ven y tienen alto rating en Uruguay. ¿Es un fenómeno imparable?
-En cierta manera, sí. O, por lo menos, se quedará entre nosotros un buen rato. La razón fundamental es industrial. La TV abierta viene perdiendo protagonismo y penetración desde hace varios años por culpa del cable donde se refugian las series, películas y documentales más prestigiosos que atrapan a la elite de la audiencia. Pero eso no es todo: Internet seduce a los más jóvenes con su ritmo más acelerado y un menú fragmentado y liviano, mucho más atractivo y ligero que el de la TV. Se ha roto la dependencia esclavizante del horario que nos imponían las televisoras. Ahora podemos ver en YouTube y en otros sitios lo que nos perdimos cuando queremos. Frente a esta pérdida de audiencias, la TV por aire contesta de la peor manera con tal de recuperar como sea espectadores, ya que si no lo hace, no le cierran los números del negocio: inventa formatos escandalosos y de alto impacto como los talk y los reality shows, hace avanzar los peores programas chimenteros con invasión de la intimidad y, principalmente, da rienda suelta a su obsesiva tendencia, a toda hora, por cubrir cualquier cosa de sexismo barato y doble sentido procaz. Es muy lamentable que el pueblo uruguayo, mucho más sobrio, sereno y educado que el argentino, acepte mansamente esta invasión de chabacanería que tendrá, tarde o temprano, consecuencias nefastas sobre el estilo de vida local, resintiendo los valores que ustedes han sabido defender tan bien durante tanto tiempo.
-¿Cómo se entiende que programas como el de Marcelo Tinelli generen otros programas en canales de la competencia, cuya materia prima y razón de existir es lo que sucede en Bailando por un sueño?
-Bueno, otra vez el tema de los costos repercute de la peor manera en los contenidos. Sobran canales de TV abierta en Buenos Aires, que no se sabe cómo todavía siguen funcionando, en situaciones por demás irregulares (cambios de socios, ventas encubiertas, convocatoria de acreedores, etc.). Una manera de bajar costos es llenar la programación de ciclos inexistentes pero más que económicos donde un presentador y unos pocos panelistas no muy iluminados parlotean y comentan groseramente sobre lo que hace o deja de hacer este programa que se agiganta y se vuelve más hegemónico por esta inesperada y persistente caja de resonancia diaria que consigue.
-¿Cuáles son las claves para comprender el fenómeno Tinelli y sus 20 años en pantalla?
-Hay que reconocerle a Tinelli su innegable carisma, una gran simpatía como conductor que conecta muy fluidamente con las apetencias básicas de entretenimiento por parte de las audiencias más populares. Cuenta con una afiatada producción que le permite presentar muy atractivos y atrevidos shows, donde tanto en el jurado como en los participantes hay presencias muy fuertes y convocantes, ya sea por trayectoria, polémica, belleza o todo al mismo tiempo. Tinelli ingresa ahora a su temporada Nº 20 habiendo demostrado que pudo superar dos cambios cruciales de canal y varias transformaciones de formato sin perder el favor del público. Tiene un olfato privilegiado para ofrecer a su amplia audiencia aquellas propuestas que más lo atraigan en cada momento, siendo sus fuertes las parodias, el humor sexista y machista, una pizca futbolera y el show lúdico con sucesivas eliminaciones y vueltas de tuerca que realimenta el interés de los televidentes. Es una pena que por uno o dos puntos más de rating muy seguido descienda tan bajo.
-¿Cómo nacen programas como Intrusos?
-Los programas de espectáculos en la Argentina siempre tuvieron espacios asegurados en los horarios de la siesta. Tradicionalmente, durante muchos años, giraron alrededor de estrenos de programas, películas u obras de teatro, con entrevistas a sus protagonistas. Incluían un nivel ligero de chimenterío sobre aspectos de su vida privada. A partir de los años 90, el factor espectáculos en sí mismo pasa a un segundo plano o desaparece directamente, para concentrarse en escándalos reales, inflados o inventados de vedettes y de personajes menores, ya que las figuras de prestigio pocas veces se prestan a sus arbitrarias y no pocas veces mafiosas manipulaciones.
-El tan criticado, en sus comienzos, programa de Susana Giménez, se convirtió en un producto de consumo familiar y ha pasado a ser un clásico de la pantalla argentina y uruguaya. ¿Es Susana Giménez lo mejor que la televisión abierta, en su formato, puede aportar?
-Frente a los excesos innecesarios en los que suele incurrir Tinelli y los permanentes de los programas chimenteros, el ciclo de Susana Giménez prácticamente es un oasis. A diferencia de otras temporadas en que también, de cuando en cuando, apelaba a atracciones circenses de dudoso gusto (esperpentos como el "hombre rata", la mujer de los pechos más grandes del mundo, el hombre más alto; etc.), en 2008 mantuvo su alto nivel de rating convocando a conocidas figuras y sus familias, un mérito de su productor general, Gustavo Yankelevich, que supo ir contra la corriente de los escándalos de baja estofa que la TV ofrece a toda hora.
-La banalización de todo y el escándalo permanente son hoy el leit motiv de la TV que logra mayor audiencia. Con ese panorama ¿pueden aguardarse cambios a corto plazo?
-Por todo lo dicho anteriormente y porque el debate público, político, social e intelectual ha declinado y viene perdiendo densidad en los últimos años, no parece que la TV tenga pensado cambiar por sí sola en los próximos tiempos ya que, de alguna manera, acompaña ese deterioro como efecto y no como causa, tal vez como su emergente más preclaro por potenciar y caricaturizar todo aquello que se presta para la chacota y el tremendismo. Tampoco hay protestas generalizadas y hay una suerte de aceptación, resignación y acostumbramiento que las cosas son así y seguirán así.
-Los programas periodísticos, o aquellos que apuestan a salirse de la norma en cuanto televisión basura, están condenados a horarios marginales en la transmisión de los canales, al menos en el Río de la Plata. ¿Es este su destino?
-El empobrecimiento en los discursos de las clases dirigentes y la onda expansiva de la frivolidad de la TV no estimula para nada este tipo de programas. Los gobiernos, cada vez más intolerantes con la opinión ajena, tampoco los alientan. La discusión política, al menos en la Argentina, ha perdido sustentabilidad y se ve reducida a meros intercambios de agravios o imputaciones de tipo personal que tampoco fomentan el intercambio civilizado de ideas. El público también se ha desacostumbrado a este ejercicio y prefiere estar al tanto de los pasos de la vedette de turno que formar criterio para votar mejor en las próximas elecciones. Los periodísticos, en vez de política, van por el lado de los informes tremebundos (vida en las cárceles, droga, violencia, perversiones sexuales, etc.).
-¿Qué rescata de la televisión argentina de hoy?
-La TV argentina cuenta con excelentes cuadros artísticos, técnicos, de producción y libretistas. Por eso apena que se malogren insistiendo en hacer lo peor. Lo mejor de la producción actual, a mi juicio, es la tira Los exitosos Pells.
-¿Las autoridades deberían tener alguna injerencia en la programación de los canales de televisión abierta o sería entrar en un debate inútil?
-Deberían, sin duda, intervenir, pero no para censurar ni para reprimir, sino simplemente para hacer cumplir la ley: respeto a rajatabla del horario de protección al menor y regular que la TV por aire recobre diversidad y no quede atrapada en las situaciones que venimos describiendo y que la hacen tan monotemática. Lamentablemente el Comité Federal de Radiodifusión (Comfer) ha sido históricamente y sigue siento totalmente inoperante en la materia. Es una pena también que los anunciantes tampoco reaccionen, retirando sus pautas comerciales de los programas más zafados.
Perfil
Nombre:
Pablo Sirvén Nació:En 1957 en Argentina
Actividad:
Periodista, es secretario de redacción del La Nación desde 2007.
Hacer notar cuando algo vale la pena
"En La Nación, casi en soledad, venimos bregando por llamar la atención sobre el franco deterioro que viene sufriendo el medio audio- visual en la Argentina desde hace años. Hace algún tiempo, como una suerte de antídoto, decidimos crear un logo llamado `TV que vale la pena` para destacar aquellos ciclos de valor que pueden pasar inadvertidos", explica quien es considerado el periodista especializado en televisión, cine y teatro más serio y respetado de la Argentina. Fue galardonado con el premio Konex de Platino al mejor periodista de Espectáculos de la década 1997-2007. Es autor de varios libros, entre ellos: Perón y los medios de comunicación, El rey de la TV y Quién te ha visto y quién TV. Desde hace muchos años veranea en La Barra, con su mujer y sus cuatro hijas.
Teatro de calidad con público de TV rastrera
-Usted sostuvo que el fenómeno de la oferta teatral de muy buena calidad de Buenos Aires es una respuesta a la necesidad de propuestas culturales que la televisión no contempla. Si hay un público ávido de otras cosas, ¿por qué la TV no lo tiene en cuenta?
-El público argentino y particularmente el porteño es muy "teatrero". Buenos Aires cuenta por fin de semana en los circuitos oficial, comercial y off con muchas más propuestas que las que pueda ofrecer, por ejemplo, Nueva York o Berlín. En parte se trata de un público diferente y en parte es el mismo que sin problemas asume esa dualidad de tolerar una TV tan rastrera y, al mismo tiempo, concurrir a ver espectáculos de calidad. La TV, si quisiera, podría potenciar, como lo hacía en otras épocas, este fenómeno. Lamentablemente los dueños de los canales y los directores de programación carecen de responsabilidad social y cultural. Van por el lado más fácil y permiten los mayores desaguisados en sus pantallas sabiendo que no habrá castigos. Hacer TV de calidad cuesta más dinero, exige más trabajo y creatividad, menor rentabilidad y mayores riesgos. No soplan vientos que conduzcan para ese lado, sino más bien todo lo contrario.