La renovación colorada sigue pendiente

| Los blancos disponen de una oferta variada en la que Lacalle sigue ocupando un espacio destacado

ALFONSO LESSA | ANALISIS POLITICO

Los tiempos electorales aún están lejos, pero también es cierto que ya hace casi dos años que se produjo el primer triunfo de la izquierda y faltan menos de tres para las próximas internas, por lo que resulta un ejercicio razonable apreciar lo que está pasando en los partidos tradicionales.

El tema se agitó recientemente por dos situaciones: el hecho de que el ex presidente Luis Alberto Lacalle no descartó su comparecencia electoral para el futuro; y el anuncio de Pedro Bordaberry de que deseaba dejar la política.

Estos elementos se agregaron al manejo de un eventual intento de reelección del presidente Vázquez, una idea no descartada por varios actores de primer nivel del oficialismo.

Las elecciones de 2004 fueron históricas a dos puntas: por un lado, significaron el acceso del Frente Amplio al gobierno y por otro mostraron el desplome electoral del Partido Colorado, el que más años gobernó en el país y que, de golpe, quedó alejado de todos los resortes de poder. En el medio, el Partido Nacional obtuvo una buena votación, aunque no le alcanzó para triunfar, en parte, precisamente, por el escaso porcentaje de votos que mostraron los colorados

La estrepitosa caída del Partido Colorado dejó descarnadamente al descubierto la falta de inserción de esa colectividad política entre los jóvenes y replanteó las discusiones en torno a la necesidad de una renovación que ya, a esa altura parecía más que impostergable. Podrá argumentarse que la debacle económica de 2002 con todas sus consecuencias incidió en el resultado, pero no puede ignorarse que fue la culminación de un largo y anunciado proceso.

Todo indicaba entonces que, a partir de allí, se abrían las puertas para un proceso que permitiera a la colectividad de Batlle y Ordóñez encarar el futuro con otras perspectivas. La realidad, sin embargo, es muy diferente y las principales figuras de las últimas tres o cuatro décadas siguen timoneando el barco y no dan señales de querer cambiar el rumbo.

Las elecciones municipales de mayo de 2005 prendieron una luz de esperanza para los colorados, con el surgimiento de Pedro Bordaberry, con un estilo abierto, renovador y alejado de la confrontación, con el que obtuvo un resultado mejor del que había logrado su colectividad en octubre. Pero quedó sin ningún cargo, no tuvo escenario político y su partido no realizó ningún esfuerzo por brindárselo; más bien que a veces pareció preocupado por lo contrario. Lo de Bordaberry no fue una novedad, si se tiene en cuenta lo que había ocurrido poco tiempo antes con Alejandro Atchugarry, probablemente el mayor capital político del que dispuso el Partido Colorado en años, pero que también fue dilapidado.

Los colorados sin embargo están dando señales de un mayor funcionamiento de órganos partidarios y encarando discusiones y actividades académicas como modo de dinamizar a su partido.

Entre los blancos la situación es muy diferente, porque existe una gama mucho más amplia y renovada de dirigentes, junto a otros de mayor experiencia.

El reciente anuncio de Luis Alberto Lacalle de que podría dar lucha política para el futuro dentro de su colectividad, provocó nerviosismo entre dirigentes herreristas, algunos de los cuales aspiran legítimamente a disputarle su espacio. Pero la postura de Lacalle no debería llamar la atención, porque el ex presidente está demostrando por la vía de los hechos su vigencia como figura de primer nivel. Los aspirantes a sucederlo -entre los que puede contarse a Luis Alberto Heber- tienen ante sí un fuerte desafío.

El senador Jorge Larrañaga, por su parte, seguramente aspirará otra vez a la Presidencia, pero es probable que algunos de los dirigentes que lo apoyaron antes, procuren su propia candidatura; por ejemplo, el senador Francisco Gallinal. El buen aprovechamiento de este "menú" mucho más amplio del Partido Nacional está en manos de sus propios dirigentes: puede constituir un elemento muy favorable si es bien explotado o negativo si da lugar a luchas internas mal administradas.

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