"La Iglesia no debe tapar sus problemas y situaciones"

LA NACION | GDA

El uruguayo Guzmán Carriquiry es —después del vocero del Papa— el hombre que, sin ser sacerdote, ocupa en el Vaticano el cargo de mayor jerarquía. Es subsecretario del Consejo Pontificio de Laicos de la Santa Sede y conferencista habitual en las asambleas de obispos latinoamericanos. En diálogo con La Nación, Carriquiry admitió la existencia de una "subcultura gay" en los seminarios estadounidenses y dijo que "tapar este tipo de situaciones" es un error de las autoridades de la Iglesia y no una estrategia. Afirmó, además, que en América Latina está en juego el destino de toda la catolicidad. Visitó el país para participar de la Semana de Pastoral Social, en La Plata, y presentar junto al ministro Roberto Lavagna y al arzobispo de Buenos Aires, Jorge Bergoglio, su último libro, "Una apuesta por América Latina". La presente es una parte de la entrevista.

—En su libro, admite que en los seminarios de Estados Unidos anidó una subcultura gay. ¿Qué consecuencias tiene esto?

—Trato el tema de los Estados Unidos porque se transformó en una situación dramática, de imprevisibles consecuencias, que explotó en los años 90, cuando el catolicismo norteamericano daba muchas muestras de gran vitalidad. Más allá de los graves errores de gestión eclesiástica en estos temas.

—¿Qué tipo de errores?

—Haber tratado de tapar estas situaciones en forma muy pragmática y muy indebida. Esto se vive en los Estados Unidos como resaca de los años 70. En esa época, la Iglesia era llamada a nacionalizarse —una iglesia que durante mucho tiempo fue considerada ajena a la tradición nacional estadounidense— cuando estallaban la cultura hippie, la liberación sexual y los movimientos feministas radicales. La Iglesia quedó conmovida por ese impacto impresionante y muchos sectores eclesiásticos se dejaron asimilar por él. En medio de la confusión de esa cultura neoburguesa, libertina, una subcultura gay anidó en los seminarios, con los resultados que después hemos visto en la evolución del catolicismo en los Estados Unidos. Sobre esto no faltan los fariseos que se rasgan las vestiduras. Muchas veces se trata de propugnadores de la cultura pansexualista ultraliberal, pero se rasgan las vestiduras sin considerar que en la Iglesia llevamos el más precioso tesoro en vasijas de barro, que lo ensucian. Somos todos pobres pecadores reconciliados por la gracia de Dios. Pero hay quienes se aprovechan de situaciones para manifestar el odio contra la Iglesia. En los Estados Unidos, las consecuencias fueron sumamente serias y graves: quiebras de diócesis enteras y también una exigente purificación en el seno de la iglesia.

—¿Por qué se refiere sólo a EE.UU.? ¿No hay casos similares en América Latina?

—¡Pero si vamos a hacer una búsqueda ansiosa de nuestros pecados, podríamos hacer elencos muy grandes! Estos problemas se plantean en forma mucho más minoritaria y marginal dentro de la Iglesia Católica de lo que se dan en otros ámbitos de la convivencia social. De todas maneras, en la Iglesia hemos aprendido a sufrir el mal, a sufrir por nuestros pecados y miserias. Pero no nos escandalizamos: eso sí sería farisaico. Estamos siempre necesitados de conversión y por eso en toda celebración eucarística empezamos por el "yo pecador" y pidiendo piedad al Señor.

—¿Por qué considera crucial el momento actual de América Latina?

—La situación de América Latina es crucial, porque tiene que redefinir sus paradigmas de desarrollo. Modelos y estrategias seguidos demostraron sus límites y fracasos. Se agotaron los modelos estatistas y se resquebrajaron las alternativas neoliberales a ultranza. Junto con ello, se plantea lo que Perón llamaba la continentalización o regionalización y Henry Kissinger llama la configuración de los Estados continentales. Se plantea, como exigencia ineludible, la integración regional a través de la reconstitución del Mercosur y la necesaria configuración de la Unión Sudamericana. Esto exige que América latina enfrente los dinamismos actuales de mundialización y globalización para renegociar su lugar con los grandes megamercados y poderes de este mundo, como los Estados Unidos y la Unión Europea. Se deben intensificar, además, los vínculos Sur-Sur y las negociaciones multilaterales en el seno de la Organización Mundial del Comercio.

—¿Vislumbra riesgos de volver a la violencia en los países latinoamericanos?

—O América Latina sigue nuevos paradigmas de desarrollo o corremos el riesgo de vivir sólo de modernizaciones reflejas, periódicamente sobresaltadas por ciclos de depresión y de violencia. Los nuevos paradigmas de desarrollo deben asegurar un crecimiento autosostenido de más del cinco por ciento anual. Hay que incorporar a la educación y a la vida pública de las naciones a vastos sectores marginales y combatir la pobreza, el desempleo y la desigualdad social. Tenemos en este continente el triste récord de registrar las mayores desigualdades sociales del mundo. Esta es la alternativa crucial que se plantea para América Latina. Puede darse un camino virtuoso o un despeñadero hacia el abismo. Puede crecer e insertarse en el mundo que emerge a inicios de siglo o puede quedar cada vez más marginal y enredada en sus círculos viciosos... Nada está totalmente adquirido en este continente. Está todo en juego.

—¿Estamos más cerca de una opción o de otra?

—Los latinoamericanos muchas veces nos presentamos con un gran elenco de denuncias y de lamentos, pero sobre eso no se construye, sino que se suscitan sólo desahogos miserables.

—En el libro usted dice: ni denuncias ni utopías.

—Efectivamente. Tampoco utopías, porque desembocan en infiernos reales o en charlatanerías.

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