Es una historia de pasión. De pasión por el descubrimiento de las raíces que marcaron la caligrafía estética del Uruguay, que conoció vaivenes, idas y venidas de lenguajes y modalidades que terminaron siendo identificatorios de la cara más visible del país, esencialmente de Montevideo.
En 1992, el arquitecto César Loustau lanzó su influencia de Italia en la arquitectura uruguaya; años más tarde, propuso la influencia de Francia en la arquitectura del Uruguay, y ahora, hoy, da a luz Uruguay: la herencia ibérica en la arquitectura y urbanismo, quizá la más difícil y laboriosa de sus investigaciones histórico-arquitectónicas por los obstáculos que supone meterse en un mundo en el que pesan razones antropológicas, históricas y además sentimentales. Con la serenidad que lo distingue, y con pareja precisión, Loustau adelanta:
—Este libro se abre con una ubicación epocal, después un bosquejo de España entre los siglos diecisiete y principios del diecinueve, lo que fueron las Leyes de Indias, y recién después empieza la descripción de algunos puntos de este país. Así lo pensamos con mi colaborador Fernando Chebataroff.
—¿Cuál fue el criterio para la investigación?
—Seguimos un criterio geográfico y no cronológico. Atenernos a un criterio cronológico hubiera significado un caos: hubiera aparecido algo en Villa Soriano, después en Rocha, después en Maldonado, y eso hubiera confundido a la gente. Por eso el libro arranca en la desembocadura del Río Negro en el Río Uruguay, Villa Soriano, y después se siguió todo el litoral oeste, Nueva Palmira, la Capilla Narbona, en Carmelo la antigua estancia del Río de las Vacas, como se llamó Carmelo, y después a Colonia, donde hay mucho para divertirse.
Y de ahí pasamos a Montevideo, después a Maldonado, después a Rocha, más tarde la Posta del Chuy en Melo, la Azotea del Pay Alonso, después bajamos hasta Durazno y la estancia de Farruco, después en Florida la estancia de los Desamparados, donde según Carlos Maggi en su trabajo sobre el Caciquillo, fue donde Artigas hurtó, charrúas mediante, toda la caballada a Sarratea, el intrigante Sarratea.
LA YAPA. ¿Ese es todo el plan del libro?
—En un principio, el libro terminaba ahí. Pero en una conversación con el embajador de España, Arizteguy y Petit, me dijo: "¿Es que después de mil ochocientos treinta España no tuvo más influencia aquí?" Yo le dije que sí, sobre todo en relación al Modernismo Catalán, y así me instó a que ampliara el trabajo. Le agradezco enormemente que me haya instado a seguirlo, porque continué investigando y me interné en un mundo que estaba bastane virgen: el del Modernismo Catalán. Y así también llegué a los modernos como Antonio Bonet, alumno directo de Le Corbusier, autor de la urbanización de Punta Ballena y la Solana en Maldonado, que participó en la Carta de Atenas, nada menos.
—¿Y Montevideo?
—El libro se cierra con algunos arquitectos, uruguayos y extranjeros, que construyeron acá con influencia hispánica. Por ejemplo: Veltroni, italiano, es el autor del Ministerio de Salud Pública en Dieciocho y Juan Antonio Rodríguez, y el mismo Vilamajó, cuando vuelve de Europa, hace obras con clarísima definición hispánica porque había quedado fascinado con La Alhambra y otras cosas.
—Así como antes usted escribió sobre las influencias italianas y francesas en la arquitectura uruguaya, ¿qué fue lo que lo llevó a investigar en las raíces ibéricas?
—Hace trece años me contrataron de la Comisión del Puente Buenos Aires-Colonia para que hiciera un informe del patrimonio cultural comprendido en lo que llaman la Medialuna Oeste, que es todo el litoral, desde la desembocadura del Río Negro hasta la desmbocadura del Santa Lucía en el Río de la Plata. Me recorrí todo eso en varios años palmo a palmo, y ahí vi que esa medialuna atesora todo el patrimonio español y portugués posible. ¿Por qué no seguirla? pensó. Y lo seguí. Un día me encuentro con Fernando Chebataroff, me dijo que él tenía escritas algunas cosas sobre el tema que en una de ésas podrían servirme, y así fue que nació este libro. Como siempre en mis libros, las fotos están tomadas por mí, salvo dos que son del maestro Alfredo Testoni, todo un honor.