JULIA RODRÍGUEZ LARRETA
Eligió Punta del Este, como muchos, para pasar las vacaciones y parte del año, pero no se trata de un simple veraneante sino de alguien con mucho de genio.
Julio Palmaz, argentino de 66 años y radicado en California hace más de 30, ha logrado salvarle la vida a millones de personas a partir de su gran invento: el stent coronario, considerada como una de las diez patentes "que cambiaron el mundo" en el último siglo.
Aunque ese no es, ni será, su único aporte a la medicina moderna, ya que si bien hoy se ha retirado de la práctica médica, en el mismo hospital donde siempre ha trabajado en la Universidad de San Antonio, Texas, dirige ahora un laboratorio de investigación físico-química que trabaja en la ciencia de los materiales.
Experimentan en técnicas de alto vacío, fabrican stents con nanotecnología (el último lleva microsurcos en la parte en contacto con la sangre), circuitos de semiconductores, etc. Ya tienen unas 200 patentes registradas en un área a la cual antes no se prestaba atención, orientada a métodos para la creación de materiales con estructura ordenada en contraposición a su naturaleza variable con respuestas celulares al azar, para poder fabricarlos de una forma altamente predecible.
Palmaz se recibió en la Universidad de la Plata (1971) y se especializó en cirugía vascular, pero al poco tiempo partió hacia Estados Unidos.
Algo le decía que su destino estaba allí, ya que desde siempre le interesó la investigación y en el país del norte veía muchas más posibilidades que en su país, donde "hay buena medicina y buenos médicos, pero muy poco espacio y apoyo para la investigación".
Como siempre en la vida, la suerte juega su papel, junto a la inteligencia, el esfuerzo y la tenacidad -virtudes que no le faltan-, y no más llegar asistió a una clase dictada por el Ing. Andreas Gruentzig, quien acababa de inventar el balón para la angioplastia coronaria.
Hasta entonces, la obstrucción coronaria se trataba por medio de la aplicación de un by-pass (invención de otro argentino, el Dr. René Favaloro). Se salteaba el segmento obstruido, se hacía el puente y se colocaba. "Pero era una operación muy importante, se abría el tórax, había que conectar al paciente a una bomba cardio - pulmonar y el post operatorio era bastante largo".
"La innovación de Gruentzig revolucionó el tratamiento, pues todo pasó a hacerse a través de un catéter y una aguja. Era una promesa enorme. Además, otro inconveniente del by-pass era lo caro que resultaba, así que había una buena motivación para avanzar más en esa dirección".
Palmaz registró las bondades pero también las limitaciones de la angioplastia, porque si bien con el balón se inflaba y se des-obstruía la arteria, existía el peligro, y a veces ocurría, de que al quitar el balón, la arteria se volviera a cerrar y terminara bloqueada. Tanto así, que las intervenciones se realizaban con un equipo de cirujanos por si ocurría un problema y al fin no había más remedio que practicar un by-pass, en circunstancias más riesgosas.
"Me puse a pensar en la posibilidad de colocar una malla metálica en el interior de la arteria para impedir ese inconveniente, y ahí nació la idea".
Fue un proyecto que tomó años en llegar a hacerse realidad. Desde sus comienzos en 1977, hasta su concreción a mediados de los noventa.
Al principio trabajaba en los ratos libres en el garaje, al mejor estilo de Steve Jobs. En 1980 escribió una monografía y el grado de dedicación empezó a aumentar.
"Daba vueltas por los laboratorios hasta que en 1983, después de tres años de peregrinar sin éxito, me mudé y fui a trabajar al hospital de San Antonio, en Texas, donde confiaron en mí. Me prestaban el laboratorio, me daban dinero y tiempo libre para poder experimentar. Ya tenía el desarrollo del stent en lo físico y mecánico. Había ido lo más lejos posible en lo teórico y con pruebas en animales. Entonces se usaban perros, ahora se experimenta con cerdos porque son biológicamente más parecidos a los seres humanos, y conejos. Los canes, por ejemplo, no desarrollan arterioesclerosis y en cambio sí los cerdos".
La Universidad le permitía investigar y solo hacía guardias, a pesar de que tenía la responsabilidad de ser Jefe de Sección.
Muy focalizado ya, trabajando muy duro, llegó un momento en que se quedó sin plata y tuvo que salir a buscar recursos desesperadamente.
Al fin consiguió un inversor, un empresario que creyó en su propuesta, quien acababa de vender su empresa: una cadena de hamburguesas. Con los U$S 250.000 que le entregó, Palmaz pudo sumergirse en lo suyo y adelantar camino rápidamente, multiplicando la información en poco tiempo.
Formaron una compañía junto con otro cardiólogo, Richard Schatz y el capitalista, llamada Expandable Grafts Partnership (EGP). El nombre stent, (dispositivo que se pone como tutor de los tejidos y que aplicaba un odontólogo llamado Charles Stent) surgió casualmente, en una conversación con el editor de una revista. Hoy es el nombre genérico para este adminículo hecho en base a una malla de acero inoxidable. Se sigue utilizando desde hace 25 años, aunque hoy existen otros de diferente material.
Después de 20 proyectos en un año, tener el dinero y haber probado que funcionaba, hubo que empezar a buscar el licenciamiento. Había que encontrar una compañía grande a la cual venderle el invento y la patente. Fue un largo recorrer a partir de 1985, pues había que competir con otras iniciativas que lucían atractivas como el láser, la ateroctomía, que no se sabía cómo responderían pero que no dejaban, en principio, ningún material extraño en el cuerpo.
"Al final del 85, Johnson & Johnson se convirtió en el licenciatario y le pusieron mi nombre. Yo conservaba la patente". (ver nota aparte).
"Comenzamos a operar y durante un año y medio se colocaban los stents periféricos, (en miembros inferiores), hasta que en 1988, la Food and Drug Administration (FDA) aprobó los ensayos y se llevó al quirófano al primer paciente coronario, en San Pablo. A partir de allí comenzó el gran estudio sobre los vasos coronarios".
"Hicimos 440 pacientes en las periféricas, se compilaron los casos, fuimos a la FDA, lo presentamos y finalmente fue autorizado en 1991 y para coronarias en el 94. Nació la cardiología intervencionista. En la actualidad se procesan 2,5 millones de casos por año y el 85% de las aplicaciones se hace en enfermos coronarios, donde es más común la patología".
Luego de estos sucesos llegó la tercera etapa, como él la llama: la de los litigios. Fueron más de 10 años en los que el argentino tuvo que vivir viajando, pero no para las cirugías, sino para presentarse en los estrados judiciales en calidad de testigo principal. Porque así como muchos no le hicieron caso cuando presentó su innovador proyecto, después empezaron a aparecer copias fraudulentas. Infligían la patente, se negaban a pagar los royalties a riesgo de ser enjuiciados. Johnson y Johnson, que tuvo la exclusividad de las ventas por dos años, salió a pelear por lo que era suyo. La pertenencia de las patentes hasta que se hacen de dominio público es de 20 años.
Se preparó una gran ofensiva legal y empezó la gran batalla del stent.
"Para mí fueron 12 juicios; dos en Europa, uno en Canadá y nueve en Estados Unidos. Algo muy disruptivo para mi vida porque me la pasaba en las cortes, y ello me exigía cientos de horas de preparación. Para poder luchar a fondo haciendo frente a los gastos que demandaba, la empresa me compró la patente en el año 2000". A causa de las peleas judiciales la firma sufrió una verdadera debacle en el mercado de acciones, pero al final Johnson y Johnson ganó todos los juicios en Estados Unidos y recuperó una suma de 3.600 millones de dólares. Sin embargo fue muy diferente en Europa, donde no ganó ninguno de los juicios.
Aparte de sus temporadas en nuestro principal balneario, el Dr. Palmaz ya es protagonista no sólo de su cuarta etapa vital, al frente del nuevo laboratorio físico-químico, sino de una quinta. La que lo tiene por bodeguero, en la viñatera región californiana de Napa Valley, donde con su esposa Amalia y uno de sus dos hijos (el varón, Christian) al frente del emprendimiento, producen un vino de primera calidad, tal como se pudo apreciar.
No hay duda de que hay ciertas personas que todo lo hacen bien.