La aventura loca de Sergio Pimienta, el secuestrador

| La historia del delincuente opacó a su víctima. El status del personaje y las fantasías sociales hicieron el resto

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ANTONIO ALVAREZ

En los primeros días de marzo de 2003, el doctor Juan Carlos Marizcurrena decidió cambiar su vida para siempre. Esa mañana salió del garage, estacionó su camioneta Chevrolet C 10 a cinco cuadras de su casa y allí trasbordó hacia una Fiat Fiorino.

En vez de enfilar hacia su oficina en la Ciudad Vieja, marchó hacia Carrasco. Se sintió raro al volante. Tenía un secreto que no compartía con nadie, ni siquiera con su inseparable esposa y sus hijos.

Hombre profundamente católico, estructurado, obsesivo en los detalles, aquel viaje no le debe haber resultado cómodo. Se estacionó en Yamandú Rodríguez, una calle muy tranquila de Carrasco y se quedó esperando que sucediera algo que había comenzado a imaginar unos días antes.

Eran las 7.45 de la mañana. De la casa que vigilaba salió una muchacha que a él le pareció de 19 o 20 años. En realidad tenía 15, pero le pareció muy alta, como de un 1.70 metros.

Era Valentina Simón de Ferrari. Esa mañana no pudo verle bien la cara, pero sabía que era ella. La siguió a prudente distancia en el recorrido hacia la Scuola Italiana.

Un tiempo antes había recurrido a la guía telefónica. Buscó "De Ferrari". Como buen escribano memorizó la dirección, el teléfono y la página de la guía en la que que estaba: la 326.

El rito del espionaje a Valentina se repitió cuatro o cinco veces más en las semanas siguientes.

Por esa época fue decidiendo una serie de compras estratégicas: fue a una feria y compró un chaleco antibalas por si era sorprendido por la Policía. También fue a una tienda de seguridad situada al lado de Jefatura y compró una picana eléctrica.

El celular lo compró en una tienda en un shopping de Pocitos. Dijo que se llamaba Jorge López y dio datos falsos. Con este aparato hizo la mayoría de los llamados.

Hacía tiempo que no iba a estacionarse en la cuadra, cuando en el mes de julio volvió a merodear a Valentina.

A las 7.45, Valentina salió en el scooter y Marizcurrena volvió a seguirla en el camino. Pero al llegar a la esquina, ella dobló para el otro lado. Le asombró el cambio de camino pero al final del trayecto supo que su presa había cambiado de liceo.

La familia Simon había decidido volver a enviar a sus hijos al Uruguayan American School, el liceo más caro y más exclusivo de Montevideo. Está situado detrás del Latu, cerca de avenida Italia y Bolivia.

Mucho tiempo después, en pleno cautiverio de Valentina, ella y su secuestrador coincidirían que aquella fecha coincidía con su primer día de retorno a clases en dicho instituto.

El seguimiento fue esporádico pero duró unos meses más. Invariablemente, ella salía 7.45 de la mañana en el scooter. Cada vez que lo hacía medía sus tiempos. Cuánto de recorrido, cuánto de bajarse y subirse a la camioneta, cuánto de interceptar la moto, cuánto de salir disparado de Carrasco sin ser visto.

En la mañana del 18 de diciembre, Marizcurrena pensó que había llegado el momento de llevar a la realidad aquella fantasía. Se puso un pantalón azul, una camisa blanca, un jogging verde como buzo y lentes oscuros grandes que simularan su rostro lo más posible.

Esperó desde media hora antes. La noche anterior había ultimado los detalles de un operativo que había comenzado a tramar en febrero y que entre agosto y setiembre había terminado de redondear armando una improvisada cárcel que construyó en el subsuelo de una casa de su propiedad.

Era una casa que había adquirido en 110 mil dólares cinco años atrás y nunca había podido reciclar por falta de dinero. Había colocado tres perros rottweiler para asegurarse que nadie de su familia pisara allí.

Esa cárcel era el monumento a su estado financiero y anímico No había podido arreglar ni siquiera una pared. Y para peor la casa estaba hipotecada por una serie de créditos conseguidos con prestamistas.

Por eso y por su familia estaba ahí. También por falta de plata y tiempo de sobra, especialmente desde que había dejado su cargo en un importante bufete jurídico donde se manejaban los intereses del Grupo Peirano.

Desde entonces se ganaba la vida como abogado y escribano particular. hace poco tiempo se había instalado en moderno edificio frente a Plaza Independencia. Se endeudó en 140 mil dólares por esa oficina y se asoció con un contador para que pagara los gastos. Cada tanto recibía algún dinero por el arriendo de campos de su familia. También ejercía como escribano para el shopping Tres Cruces

Esa mañana, como las últimas de su vida, no había escrituras esperándolo. A su frustración profesional, le sumaba un presupuesto mensual familiar de 3 mil dólares, pese a que vivía con su mujer y cuatro hijos en la casa de sus padres.

Toda esa situación lo había llevado hasta esa esquina de Carrasco de vuelta. Valentina ya era para entonces más familiar. A las 7.45, la estudiante marchaba a rendir un examen, cuando la interceptó tal como lo había practicado. Espero de frente su venida y una maniobra brusca la tiró al suelo.

Marizcurrena se bajó de la Fiat a cara descubierta. Tomó a Valentina y la amenazó con una picana eléctrica. "Está bien. No me lastimes", le dijo ella.

"¿Que es esto?", le preguntó Valentina. El secuestrador no le contesto nada.

La empujó o la ayudó. Había sacado el pestillo del lado de adentro a la caja y en por fuerza quedó encerrado con ella.

Por la ventana veía venir a un hombre de unos 80 años.

"Quedate tranquila, que te suelto más adelante", le dijo Marizcurrena.

El testigo presiona la puerta y el pestillo de afuera se rompe. La puerta queda abierta y la camioneta arranca, alejándose del testigo.

"Tuvimos un accidente y la estoy llevando al hospital", se disculpó el secuestrador.

Valentina no atinó a salir. Quedó sentada cabizbaja en el fondo. El hombre parecía no creer en la historia, pero vio que nadie gritaba.

Tal vez porque minutos antes Marizcurrena le mostró una jeringa y la amenazó con aplicársela si hacía algo.

La jeringa tenía agua pero el recurso funcionó.

"¿Cómo te llamas?", preguntó el secuestrador. "Valeria González", respondió la rehén haciendo gala de astucia.

En Malvín, Marizcurrena se bajó y le puso cinta plástica en los ojos. "No me mires", le decía por el camino.

"¿Estás bien. No te pasó nada?", le preguntó. Valentina dijo que estaba bien.

El viaje hasta Punta Carretas fue rápido. Una vez allí fingió ante la joven que él era solo un eslabón de una gran organización de delincuentes. "Sí, soy un ladrón", le confió, a manera de advertencia.

Marizcurrena sospechaba que ella había tratado de hacer algún llamado desde su celular, pero no estaba seguro si tenía uno. Valentina no le mintió. Le dijo que había intentado hacer alguna llamada.

"Estás en penitencia", le dijo, amenazante y la amarró con todas las cadenas que tenía a una plancha de hierro construida por él unos meses antes.

Después de dos días de negarse a comer, Valentina consiguió que el secuestrador la consintiera en todo: los diarios cada tres días, chocolates, bebida cola light, milanesas, alfajores y nada de jamón. También toallas adherentes y ropa interior, cuyos talles se lo brindaba la propia Valentina.

A su pedido, Marizcurrena le compró un jogging, un videogame, una televisión y dos libros de García Márquez. Menos la tele por obvios motivos, inclusive la ropa sucia, Valentina la cargó consigo el día de la liberación.

Los primeros días, el secuestrador se quedaba media hora. Después fue espaciando las idas, a medida que la Policía cerraba el cerco. Por el contrario Valentina, agobiada por el encierrro le daba charlas. "Quédese un poquito". A veces, Marizcurrena se quedaba. Así se enteró de las intimidades de la ruptura con su novio, de que fumaba a espaldas de sus padres.

"Cuando iba a hacer las necesidades yo me iba. Nunca la toqué", dijo después Marizcurrena. Durante sus tres declaraciones, mencionó el hecho al menos diez veces.

ALIAS. "Atentamente, Sergio Pimienta". Cordial y orgulloso, así se firmaba el secuestrador de Valentina, el abogado Juan Carlos Marizcurrena. Vaya uno a saber cuándo decidió que ese alias lo acompañaría en la vertiginosa peripecia, una "obra maestra" que emprendió 20 meses atrás, cuando comenzó a soñar que la fortuna del empresario Sergio De Ferrari podría ser la solución a todos sus problemas.

No había tenido trato con él. Más bien había sufrido un destrato totalmente circunstancial por parte del abuelo de Valentina. El era un casi invisible escribano de la parte compradora de unas obligaciones negociables que De Ferrari ponía a nombre de sus hijos.

Marizcurrena era asesor del shopping que fue escenario de la operación y también era escribano del estudio jurídico donde el empresario vendió OCA, la compañía de crédito que creó y llevó al liderazgo en plaza.

Por sus contactos laborales, sabía que De Ferrari estaba cobrando en partes gran cifra en dólares por la venta de sus acciones al Banco de Boston. Marizcurrena estimaba esa bolsa en 60 millones de dólares

Esa leve antipatía hacia el empresario y sus deudas personales estimadas en casi 200 mil dólares, producto de acuerdos con prestamistas, hicieron que en febrero de 2003 Marizcurrena pasara de la fantasía a la realidad. El primer paso fue comprar una camioneta Fiat Fiorino, una utilitaria por la que pagó 3.700 dólares.

Sin que nadie supiera nada, comenzó a tejer la historia, mientras miraba por tevé lo que pasaba en Argentina con la ola de secuestros. Y casi inmediatamente recordó a De Ferrari y a su dinero.

En el interrogatorio policial, Marizcurrena dijo que De Ferrari fue siempre su principal candidato, aunque en el juzgado sostuvo que podría haber sido él o cualquiera. "Pensé en un secuestro. Quiero dejar expresamente constancia que nunca pensé en asaltar un Banco o algo similar", dijo el abogado en su confesión buscando tal vez algún tipo de atenuante.

Pero lo más impactante del caso tal vez sea el juego que propuso el victimario. Por más que en el camino cometió muchos errores, durante unos días al menos tuvo a mal traer a toda la Policía en ambas orillas del Plata.

El estilo del secuestro y el silencio de radio durante varios días hicieron pensar a los investigadores que estaban frente a una organización hecha y derecha de delincuentes.

Esa misma hipótesis, deslizada en los diarios, después fue un boomerang para el propio secuestrador que llegó a la conclusión de que la Policía había mordido su anzuelo.

El primer gran error de Marizcurrena ocurrió al octavo día del secuestro, Dejó la camioneta de tarde en la esquina de Charrúa y Pablo de María. Luego se fue caminando. Aun hoy el secuestrador no recuerda hacia dónde.

Manejó de guantes como lo hizo todo el tiempo. No dejó huellas digitales, pero tirado debajo de la alfombra dejó sin querer -o tal vez no- el pedazo de una boleta. De toda la superficie estaba allí justamente la que refería al comprador. Estaba rota y se leía "currena", el final del apellido.

No hay muchos apellidos así. La Policía llegó rápidamente a la conclusión que el hombre se llamaba Marizcurrena. Comenzó a llamar a todos los que figuraban en guía. Hicieron una primera selección de veinticinco personas. Entre ellas figuraban algunos parientes de Juan Carlos.

A propósito de ello, un hermano lo llamó para comentárselo y pedirle asesoramiento. Había sido citado a Jefatura. El le dijo que no era nada importante, al menos hasta que lo citaron a él y se vio cercadp.

En esos días había intentado hacer una vida normal, mientras visitaba al principio dos veces al día a su rehén y luego cada día y medio.

Con sus cuatro hijos fue visto en la iglesia de Punta Carretas en misa de gallo el día 24. Una horas antes le había llevado víveres y ropa a Valentina. Pasó la Nochebuena en una residencia de la calle Cooper. En un descuido salió hacia su camioneta y pasó por celular la primera grabación de Valentina escrita por él. Fue a la casa de Matías, un amigo de ella.

La segunda llamada ocurre el día 27 al celular del padre de Valentina. Se fue a Florida con su esposa, hijos, padres y suegros, donde la familia Marizcurrena Echeverría tiene una estancia (ver recuadro).

Desde ahí viajaba periódicamente para ver a la joven. En la tardecita del 29, Marizcurrena llevó una carta de Valentina para una amiga. La dejó pegada en un tacho de basura de la calle 26 de marzo y lejos de ahí llamó al teléfono que ella le había dado. Discó y prendió el grabador. La voz de Valentina dándole instrucciones precisas de cómo encontrar la carta.

El 30 de diciembre fue el jornada clave de la caída del secuestrador. Ese día la Policía irrumpe por primera vez en su escritorio en busca de otro Marizcurrena más.

Salió ileso del interrogatorio, pero la Policía ya estaba sobre él. En la tarde, después de actuar como escribano en un sorteo del shopping Tres Cruces hace una llamada de tarjeta desde un teléfono público. Utiliza para ello una que empleaba para distraer a la Policía desde hacía varios días.

Llamaba desde Melilla a cualquier teléfono en Buenos Aires para alentar la idea de que no estaba solo en el hecho.

Esa tarde comerió el error de llamar a su madre desde Tres Cruces con la tarjeta, al olvidarse del celular en la camioneta.

Gracias al rastreo satelital, rápidamente la Policía supo que era él, pero no lo capturó. Las negociaciones con la familia Simon siguieron su curso.

El día 5 de enero, después de la última prueba de vida, los investigadores decidieron golpearlo duro. Primero lo llamó un oficial para invitarlo a ir a la Jefatura al otro día. Al mismo tiempo allanaron la casa de sus padres.

Esa tardecita se enteró del hecho y decidió, cansado, solo y sin planes, que iba a liberar a Valentina. La última oferta de la familia Simon era de 520 mil dólares, pero él sabía que nunca se iba a hacer del dinero.

En la madrugada del día 6 de enero, a las 6 y 20 de la mañana dejó a Valentina en Coimbra y la rambla, cerca de Plaza Virgilio.

"Si algún día me podés perdonar, perdoname", le dijo.

Después se pegó una ducha y se fue a Jefatura. Cuando llegó la Policía lo estaba esperando. Le tocaron el amor propio cuando le dijeron que había intentado violar a Valentina. Después lloró amargamente y pidió para hablar con su esposa. Ella no tenía ni idea de esta doble vida. Había un abismo entre el espía y hombre de familia solidario que salía al cruce de todos los problemas ajenos.

Mientras los policías lo llevaban esposado. recordó cuando Valentina le preguntó qué hubiera pasado si no se enteraba del cambio de liceo y él no hubiera estado ahí para ver el cambio de ruta. Mirándola a los ojos, ya asustado por la soledad del clandestino, Marizcurrena le contestó: "Nos hubiéramos salvado todos".

Entrega del rescate iba a ser en ruta 1

Si había algo en el plan de Juan Carlos Marizcurrena que no estaba resuelto era lo principal: cómo iba a cobrar el rescate. Pero en su última declaración confesó que su objetivo era hacer el intercambio con la familia Simón utilizando la ruta 1, la carretera a Colonia, como escenario del operativo.

Según su declaración a la Policía, Marizcurrena le iba a pedir a los Simon que, transitando a una determinada velocidad -para marcar los tiempos de ambos- se encontraran en algún punto de la carretera. Valentina sería dejada unos kilómetros después en medio del campo.

"Quería que ellos siguieran a Colonia. Iba a ser en horas de la noche. Era la parte menos estudiada del tema", le dijo al subcomisario Angel Rosas, jefe del Departamento de Delitos Complejos.

La negociación entre "Sergio Pimienta" -el alias de Marizcurrena- y Eric Simon estaba claramente orientado hacia Sergio de Ferrari, el abuelo de Valentina, por más que el padre, Eric Simon, es un alto ejecutivo del Banco Holandés, ABN Amro.

La prueba de vida del 5 de enero, en el mensaje leído por Valentina en un cassette se refería a los supuestos "60 palos verdes", una estimación que el secuestrador hacía del dinero que involucraba la venta de OCA al Bank of Boston.

Marizcurrena pidió al principio 2.3 millones de dólares, pero la familia Simon De Ferrari ofreció 280 mil dólares alegando problemas financieros. Después bajó su botín a 1.4 millones de dólares. La familia De Ferrari ofreció 430 mil vía las oraciones a los santos en las necrológicas del diario El País.(ver página 3). Los padres de Valentina ofrecieron 550 mil dólares, pero según la declaración de Marizcurrena esta cifra tampoco era satisfactoria. "Por eso demoré un poco las cosas", dijo.

Pero la Policía ya estaba detrás de él. Antes de que saliera publicada la última oración, ya había caído en manos de los investigadores.

Apellido de tierra adentro

Juan Carlos Marizcurrena Echeverría proviene de una familia de estancieros radicados hace más de 70 años en la zona de Pintado, a 12 kilómetros de la ruta 5 en Florida. El establecimiento "La Calaguala" es de su familia paterna y tiene 1.500 hectáreas.

En total los Marizcurrena —entre hermanos, tíos, etcétera— tienen en la zona más de 10 mil hectáreas. La gente de la zona llama al conjunto familiar "los vascos".

El abogado y escribano tiene 600 hectáreas propias, pero la mayoría están arrendadas para pagar sus deudas. En su declaración a la Policía, dijo que tenía 200 vacas en su poder.

Por parte de madre, su familia tiene además una estancia en Tacuarembó llamada "La Vanguardia".

Primera visita

"Estamos todos destrozados. Ponete en mi lugar. Tenemos cuatro hijos". La frase de Carolina Nin de Marizcurrena al borde de las lágrimas, deja al descubierto el sentimiento de la familia del secuestrador.

En un Fiat rojo, acompañada por cuatro personas, ingresó a la cárcel de Santiago Vázquez alrededor de las 13.30 horas. Llevaban consigo alimentos y un colchón.

"No quiero fotos, no quiero notas. Entiendo su trabajo, pero no quiero tener que tocar arriba", amenazó uno de los integrantes de la comitiva que no quiso decir su nombre. Apenas se identificó como "un primo" y aludía a ciertos contactos en la dirección del diario El País.

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