VERANO 2018

El hombre que logró domar el viento

A 90 años de la muerte de Antonio Lussich, el Arboretum sigue floreciendo en la sierra.

Vista de la bahía desde el mirador Aconcagua, en la loma de la sierra de Punta Ballena. Foto: Ricardo Figueredo
Vista desde el mirador Aconcagua. Foto: Ricardo Figueredo

Este 2018 se cumplirán 90 años de la muerte de Antonio Lussich, el hombre que desafió las leyes de la naturaleza y convirtió a la sucesión de sierras de roca y piedra caliza que rodeaban Punta Ballena en un bosque de mil especies, transformando el destino de la costa de Maldonado.

Cuando Lussich emprendió la aventura de forestar las 1.900 hectáreas que había comprado en Maldonado, tenía 50 años, estaba casado con Ángela Portillo, habían nacido sus nueve hijas y era el dueño de la empresa marítima y fluvial más importante de la región y —según el Lloyds de Londres— la segunda compañía de salvatajes más eficiente del mundo. Era un empresario exitoso, poseedor de una importante fortuna que había hecho en buena ley, arrebatándole al cambiante humor del Río de la Plata y del océano Atlántico, náufragos y embarcaciones.

Luksic-Lussich.

Antonio Lussich nació en Montevideo en 1848 y era el hijo mayor del croata Felipe Lussich oriundo de la isla de Brac (Luksic fue originariamente el apellido) y de la italiana Carmen Griffo. Don Felipe, de profesión marino, poseía un barco que hacía el trasbordo de carga y pasajeros en el puerto de Montevideo.

Durante la Guerra Grande (1839-1851), Giussepe Garibaldi que luchaba en el bando de los colorados, le arrebató la embarcación. Esto tuvo dos consecuencias: la adhesión de los Lussich a los blancos y EL redoblar esfuerzos para adquirir otra embarcación y sentar las bases de una empresa que, años más tarde, haría crecer y desarrollar su hijo Antonio.

Pero antes, mucho antes de ser un hombre reconocido y respetado a nivel nacional e internacional, Antonio Lussich fue revolucionario y poeta. A los 22 años, se sumó a la Revolución de las Lanzas peleando en las filas del caudillo blanco Timoteo Aparicio. Participó en la guerra civil más sangrienta que hubo en la historia del Uruguay. Fue una experiencia que lo marcó de por vida y actuó como detonante para que diera rienda suelta a su vocación de poeta.

Al regresar a Montevideo tras dos años en el campo de batalla, escribió Los tres gauchos orientales, obra clave de la literatura gauchesca. Compuesta en verso, es una denuncia sobre las miserables condiciones en las que vivía entonces el hombre de campo. Su libro recibió el reconocimiento del periodista y escritor argentino José Hernández, que en una carta fechada en Buenos Aires, el 20 de junio de 1872, le expresó: "(...) He leído sus versos con vivo interés, veo con satisfacción que su trabajo corresponde a estas esperanzas, y lo felicito con todo ardor y con toda la sinceridad de ánimo". A fines de ese mismo año, Hernández publicaría El Martín Fierro.

De la poesía no se vive.

Fue don Felipe quien llamó al orden a su hijo y lo instó a que se sumara a la empresa familiar. Las palabras de su padre resultaron terminantes: "de la poesía no se vive", le dijo y al comprobar la desazón que sus dichos habían provocado en Antonio agregó: "Pero sin poesía tampoco se puede vivir".

Bajo la dirección de Antonio, la empresa comenzó una etapa de crecimiento y enorme desarrollo. La propia figura de Lussich se transformó en referente para la sociedad uruguaya de la época. Sus hazañas en el mar eran relatadas por los diarios de la época. Nunca fue un empresario de escritorio, él mismo encabezaba los salvatajes, casi siempre, en su barco El Huracán. Llegó a conformar una flota de más de cien embarcaciones.

Tiempo de siembra.

En 1896, desembarcó por primera vez en la bahía de Portezuelo con los periodistas Samuel Blixen y Arturo Brizuela, y el empresario Pedro Risso. Al contemplar el paisaje se enamoró del lugar. Escuchó que las tierras estaban a la venta y fingiendo un malestar físico, esa misma noche volvió en El Huracán a Montevideo para negociar con los vendedores. Una semana más tarde regresaba al puerto de La Candelaria y le comunicaba a sus amigos que había comprado 1.200 hectáreas en Punta Ballena (que luego, con nuevas adquisiones, llegarían a las 1.900).

La sierra de La Ballena era una sucesión de elevaciones rocosas, carente de vegetación, inhóspita y totalmente despoblada. Una derivación de la sierra de Carapé que moría en las aguas transparentes de Portezuelo y en la que gobernaban todos los vientos. A ciento veinte metros de altura, sobrevivía un polvorín de la defensa de Maldonado. Luego de las reformas que le encargó hacer al artista plástico Milo Beretta, ese polvorín se convirtió en la finca de veraneo de la familia. Pese a solidez de la construcción nada podía detener al viento que, en las noches de tormenta barría con todo lo que encontraba a su paso.

"Antonio, o buscás una solución al viento o tus hijas y yo no venimos nunca más", le dijo su mujer la mañana que siguió a una noche de tormenta que arrancó los postigones de las ventanas.

"Peores tempestades he pasado yo en el mar y aquí me tienes", respondió Lussich.

Ángela se dio cuenta que su marido nada haría y fue ella misma la que empezó a plantar pequeños arbustos en los alrededores de la casona. Al verano siguiente cuando volvieron, comprobaron asombrados que la siembra de Ángela había no solo dado sus frutos, sino que cubierto de un manto verde y flores el entorno de la finca.

Con 50 años encima, y su deseado hijo varón recién nacido —al que bautizaron Milton en homenaje al poeta inglés John Milton, autor de El paraíso perdido— comenzó a forestar Punta Ballena. Antes recibió la opinión contraria del paisajista francés Carlos Thays y del botánico uruguayo José Arechavaleta. "Todo lo que usted plante aquí se lo llevará el viento", le auguraron.

Lussich se embarcó entonces en la mayor y más ambiciosa empresa de su vida: forestar Punta Ballena. Como en los salvatajes, él mismo lideró los trabajos, secundado por una veintena de personas. Plantó pinos y eucaliptus en la ladera de la sierra y luego hizo traer semillas de los cinco continentes, las preparaba en el almácigo y tras dinamitar la sierra, las fue plantando. El terreno rocoso se convirtió en un bosque con especies de los lugares más exóticos del mundo. Luego hizo traer pájaros de Europa, que liberaba tras aclimatarlos en una pajarera del bosque.

Una década más tarde del comienzo de la siembra, invitó nuevamente a Thays. El experto francés no daba crédito a lo que veía. El propio paisajista, en el Congreso Internacional celebrado en París en 1914, dijo: "La obra más portentosa del mundo en materia de bosques artificiales, está en Punta Ballena. Es la realización del más fantástico sueño que la imaginación exaltada de un botánico soñador pudiera concebir".

En 1921 murió su hijo Milton piloteando una avioneta. Lussich nunca se recuperó de esa pérdida. Don Antonio falleció el 5 de junio de 1928, legando una obra que, aún hoy, sigue despertando admiración.

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