Epidemia del plomo no terminó y detectan más niños afectados

| Sesenta nuevos casos en Paso de las Duranas confirman que la plombemia está diseminada por todo Montevideo

MILITANCIA. Los niños fueron parte protagónica de la lucha de los vecinos ante las autoridades. También fueron los más afectados. 200x138
MILITANCIA. Los niños fueron parte protagónica de la lucha de los vecinos ante las autoridades. También fueron los más afectados.

LUCIA MASSA

La Organización Mundial de la Salud califica al plomo como "una de las peores amenazas para la salud humana". La advertencia funciona casi como anestesia cuando se descubren los efectos que produce la plombemia: en su nivel más bajo, disminuye cinco puntos el coeficiente intelectual de los niños. El descenso es progresivo. Por cada diez microgramos de plomo por decilitro de sangre, el coeficiente intelectual infantil bajará otros cinco puntos más.

En un consultorio con las paredes descascaradas y con un desvencijado archivo que guarda el testimonio de más de 600 niños contaminados, se anima a pulsar la luz de alerta roja Elena Queirolo, pediatra de la Policlínica de Contaminantes Químicos Ambientales del hospital Pereira Rossell.

La pediatra sostiene que en Salud Pública saben "perfectamente" que es un problema de "escala nacional". "Pero han intentado silenciarlo equiparando el plomo a la pobreza o, peor aun, a la zona de La Teja. Es por miedo a la avalancha que se les va a venir encima si se genera conciencia pública".

Las conexiones de plomo que OSE todavía mantiene en un 50% de su red —unos 300 mil caños—pueden contaminar el agua potable. También se le puede encontrar en altas concentraciones en las pinturas y barnices anteriores a los años 50. Pero está claro que, hasta fines de 2003, el peor y más masivo era el polvo que despedían las naftas con tetraetilo de plomo, que Ancap dejó de fabricar hace pocos meses y que seguirá en el suelo por un número indeterminado de años.

El polvo de plomo, que se deposita en el aire, el suelo y el agua, entra por vía digestiva. En los adultos, los daños son mucho menores porque se aloja en los huesos. Pero en los niños de menos de 4 años, ese polvo pelea con la escasa calcificación infantil y va directamente al intestino, que lo transporta a la sangre. Es un neurotóxico que ataca el sistema nervioso central y periférico. Además de disminuir gradualmente el coeficiente intelectual, puede provocar dificultades de aprendizaje, pérdida de audición y de motricidad, insomnio. También produce anemia y problemas de crecimiento. Con cifras de más de 70 microgramos puede provocar la muerte del niño por convulsión.

Las enfermeras del Pereira Rossell cuentan que los pacientes con altos niveles de plomo rompen las sillas de plástico de la sala de juegos infantiles. Lo más grave es que el plomo se localiza en el lóbulo límbico, donde se encuentran las respuestas inmediatas a las emociones y los sentimientos. Es por eso que los niños se vuelven hiperactivos, impulsivos y, en muchos casos, violentos.

Con estos datos a la vista, no es sorprendente que hasta el Banco Mundial se haya sumado a la lucha, exhortando a eliminar las naftas contaminantes. No fue el único. En 1994, la Comisión de Desarrollo Sustentable de Naciones Unidas urgió al mundo entero a pasarse a otras gasolinas. Uruguay lo hizo casi una década más tarde, obligado por una demanda judicial del fiscal Enrique Viana.

TAMBIEN PREJUICIOS. El aire fresco entraba por las ventanas y ventilaba el cuarto mientras Susana hacía la cama con la radio prendida, un sábado de julio de 2000. Aunque el problema la tocaba desde muy lejos porque vive en La Blanqueada, seguía de cerca la huelga de hambre que estaban llevando a cabo los vecinos de la Teja y decidió dejar en el dial una entrevista en la que un médico explicaba los síntomas del plomo en niños. De golpe, tiró las sábanas al piso, se sentó en el colchón y se puso a llorar.

"Estaban hablando de mi hijo", relata, cuatro años más tarde, sentada en un comedor amplio y luminoso, decorado con tapices de viajes y muebles de roble, típico de una familia de clase media de bancarios. Como la de Susana. "Hasta que a vos no te pasa, tendés a creer que estas cosas sólo le pasan al niño marginal. Yo cuido a mis hijos, cuido su alimentación, puedo dárselas, vos tratás de que el ambiente donde viven sea limpio, prolijo. Vos pensás que a tus hijos le pueden pasar cosas pero no por descuidada".

Con los puños cerrados, llenos de rabia contenida, relata la discriminación que llegó a vivir su hijo, que es alumno de un colegio privado, cuando le diagnosticaron plombemia. "Algunos padres se portaron bárbaro y me ofrecieron ayuda, pero otros le prohibieron a sus hijos que vinieran a jugar a mi casa". Por eso quiere preservar la identidad y pide que no se publiquen los nombres verdaderos.

Después de recuperarse del shock inicial, llamó a la pediatra de Federico y le dijo que estaba convencida que tenía plombemia. "La doctora vino en seguida y me contestó, ‘¿pero cómo no se me ocurrió a mí pensar en eso? Claro, yo vi un niño así en una policlínica barrial pero nunca pensé que uno de mis pacientes pudiera tener’. Cómo la puedo culpar, los médicos tienen los mismos prejuicios que cualquiera de nosotros y piensan que es un problema que sólo afecta a Salud Pública".

Desde los dos años, Federico pasó de médico en médico. Al principio le diagnosticaron problemas de crecimiento. Después, creyeron que tenía fiebre reumática. El dolor era insoportable. Nadie lograba curarle los calambres en las piernas que lo hacían despertarse llorando entre tres y cuatro veces por noche.

A eso se sumaron problemas de anemia. "Era un niño de aspecto totalmente desnutrido. Se agarraba cualquier porquería porque tenía las defensas tan bajas que salía de una infección de oído y le diagnosticaban una de garganta. Al jardín no debe haber ido ni la mitad del año". Al tiempo, empezó con infecciones de oído permanentes que terminaron en el quirófano. Hoy, Federico, como muchos otros contaminados con plomo, perdió gran parte de su audición.

El periplo no terminó ahí. Cuando la pediatra le mandó el test de plomo, su mutualista se negó a entregarle el resultado. Tuvo que pelearse "con todo el mundo ahí adentro" para que se lo dieran. "Después que conseguí que se lo hicieran, no me lo daban porque decían que el examen era propiedad de la mutualista. Pero la sangre era de mi hijo y la patria potestad de mi hijo es mía". La hicieron llevar una carta con la cédula de ella y de su hijo y la libreta de matrimonio. Asegura que el resultado lo obtuvo dos meses después de que le sacaran sangre.

El Centro Comunal 4 fue "otro dolor de cabeza". Susana dice que demoró 13 meses en darle el examen que confirmaba el alto nivel de plomo que presentaba la tierra de su jardín: 349 microgramos de plomo por metro cuadrado cuando lo aceptable son 100.

Federico marcó un antes y un después. Fue el primer niño que la Intendencia reconoció como "contaminado ambiental". El laboratorio municipal de Higiene Ambiental hizo un estudio para determinar cuáles eran los focos contaminantes de la casa. En una carta del 30 de julio de 2001, la química Feola, sostuvo que "en las proximidades de la zona no existen industrias que aporten plomo a la atmósfera, salvo el de las emisiones vehiculares provenientes de calles transitadas tales como Monte Caseros, Gral. Urquiza y Luis Alberto de Herrera".

Susana cuenta que un grado cinco de la Facultad de Ciencias le dijo que la forma de sacar el plomo del fondo de su casa era remover unos 50 centímetros el suelo y cambiar la tierra. Además le sugirió que plantara un tipo de césped que no absorbe el plomo.

El Centro Comunal le dijo que la recomendación de la Facultad de Ciencias no era la correcta y que lo mejor que podía hacer era cementar su jardín. Pero hasta hoy Silvia se negó a hacerlo.

Con una dieta rica en calcio y hierro, y un jardín abandonado en el que ya nadie juega, Federico logró bajar el nivel de plomo y hoy es un niño de aspecto saludable. Pero nadie la va a devolver ni el sufrimiento de años ni la audición que el plomo le sacó.

Folletos y conclusiones prometidas

Un informe difundido en mayo de 2001 por el ex vicepresidente Luis Hierro fue concluyente: "Pocitos y Tres Cruces son las zonas donde los estudios primarios indican que hay más contaminación con naftas con plomo". Esos "estudios primarios" formaban parte de una investigación del Ministerio de Medio Ambiente de la que nunca se conocieron los resultados finales.

El 2 de diciembre en el MSP entregó un documento con recomendaciones para prevenir la plombembia. Allí se destacaba que los más vulnerables son los niños de 1 a 4 años, las embarazadas y los trabajadores de las fábricas de baterías, vidrio, plástico, cables eléctricos y telefónicos, municiones, pinturas, alambre galvanizado y cerámica.

Se recomienda además limpiar "el polvo doméstico con métodos húmedos", "mantener en los niños una buena higiene personal, con lavado de manos frecuente, sobre todo antes de comer", "lavar frutas y verduras antes de consumirlas", "lavar juguetes con agua y jabón cuando estos permanecen en el suelo", "evitar que los niños se lleven a la boca elementos extraños (tierra, restos de pintura)" y "mantener una dieta rica en hierro" porque "reduce la absorción del metal".

La doctora Queirolo remarca que, siguiendo estas recomendaciones, es fácil evitar la plombemia. Pero mucha gente las desconoce.

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