Álvaro Casal
Es temporada de sombreros. Especialmente en invierno, cuando se debe enfrentar una perspectiva de sol cada vez más leve, con lluvias aisladas y no tan aisladas.
Es usual entonces, que hombres y mujeres corran despavoridos hacia sus roperos, en busca de algo con qué cubrir sus cabezas. Si no lo hallan, no les queda otra que explorar las poco numerosas fuentes de suministro que ofrece la plaza montevideana en la materia.
Pero no es sólo un tema de frío, también es asunto de elegancia, admitido o no. Y es un tema de moda, puesto que existen fuertes indicios de que el sombrero está volviendo a ponerse en boga, a pesar de afirmaciones como la del supremo "connaisseur" Walter Otegui, quien con su típico desenfado afirma que "cuando una mujer se pone un sombrero, hace lo que no debería hacer: ‘épater les bourgeois’", (llamar la atención negativamente).
Aunque Otegui también es un tanto ecléctico, cuando adiciona: "Es un accesorio que tiene sus ventajas: da calidez, sobre todo si es de piel. Eso sí, repruebo vestidos largos con sombrero. Creo que su uso tiene una base de abrigo o de protección del sol —una capelina, por ejemplo— pero el sombrero va con un ‘tailleur’".
¡Cien sombreros! Tal la cantidad que dice tener la decoradora Carolina Aguiar, a quien es raro encontrar por Montevideo, sin vestir algún tipo de "chapeau". Explica cómo se aventuró en este terreno: "Empecé a usarlos por mi papá. El decía que el frío entra por la cabeza, y tenía razón. Siempre llevaba sombrero y nos aconsejaba usarlo. Cuando falleció, mi madre me preguntó que quería conservar de él, y elegí un gacho de cuero. En agosto, hará diez años que me animé a salir a la calle con sombrero".
Para más datos, indica que los compra hechos y que el atreverse a usarlos es también un tema de personalidad: "Hay que acostumbrarse a que algunos te digan cosas por la calle; nada muy terrible, pero exclaman, ahí va la gaucha, o cosas por el estilo".
Carolina Aguiar confiesa que es todo un tema, porque los sombreros tienen que combinar con el resto de la ropa. Pero aclara que en verano los deja un poco, por el calor.
Falta algo. En el área juvenil, María Belén (20 años), estudiante de arquitectura y con gorro de lana encasquetado, dice firmemente: "No me lo pongo por elegancia sino por frío y en verano para protegerme del sol. Te acostumbrás a tener gorro y luego, si no lo tenés, es como que te falta algo. Yo lo uso dentro y fuera de casa".
Cuando se le interroga sobre la gente de su generación, María Belén indica: "De noche los hombres salen todos con gorro. Está de moda hasta para ir a bailar, incluso en verano. Las chicas de día procuran un gorro que abrigue, esa es la tendencia de los jóvenes este año: mucho más gorros que el año pasado".
Y la moda parece llegar hasta el nivel casi infantil. Milagros Abal, de once años, campeona de tenis en "dobles" y tercera en "singles", tras una jornada agotadora en las canchas color ladrillo, afirma: "Sin sombrero no puedo jugar. He faltado a prácticas de tenis por no tener mi gorro de visera". Da la impresión que al menos en su caso, la cabeza cubierta es casi una adicción.
Siempre. Por su parte, una dama muy conocida y a quien rara vez se la ve sin sombrero, pide no ser identificada, antes de afirmar rotundamente: "Siempre he usado sombrero. Toda mi vida. La gente se pregunta de dónde los saco. Yo sé que llaman la atención, pero no me voy a privar del sombrero porque asombre".
Esta dama conoce inclusive los pormenores de la fabricación y mantenimiento de dichos accesorios. "Lo interesante del sombrero es que se va haciendo sin trama, se va formando una "cloche", y se le puede dar una forma, después desplanchar y darle otra. Un sombrero dura 30 o 40 años. Por suerte quedan algunas pocas personas, de más de setenta años, que conocen el "métier". La gente viaja, trae el fieltro y aquí les hacen sus sombreros. ¿Se acuerda de Elbio y René? Bueno, ellos viven retirados en Nueva Helvecia, pero aún reciben tela y Elbio hace algunos sombreros".
Fanáticos. En el área masculina, también están los que defienden con énfasis el uso del sombrero. Un cruzado de las testas cubiertas, es el polifacético abogado y escribano Jorge Guekdjian, quien recibe al periodista con un gachito Burberrys calzado en su cráneo.
Riendo, Guekdjian hace un rápido conteo mental y declara tener en su haber seis sombreros: " Tres gachos y tres con visera; cinco son ingleses y uno tirolés. Ah, también tengo uno blanco que compré en Venecia, para el verano. Aunque lo uso poco. Soy de usarlos más en invierno".
El doctor en leyes no trepida en afirmar: "Los uso por dos razones: para protegerme del frío y por elegancia. Es un elementos que coadyuva a hacer más elegantes a las personas, a hombres y mujeres por igual".
Cuando se le plantea el tópico al rematador Gustavo Iocco, sentencia: "Uso y me gusta el sombrero...desde hace veintiún años, por lo menos". Aún cuando no tiene inconveniente en reconocer que "el frío es determinante", no deja de aceptar que "aparte, lo hace por razones de elegancia". Iocco estima en cinco o seis su acervo de sombreros. "Recientemente adquirí uno de lluvia, porque por mi profesión estoy mucho en la calle. En verano uso sombreros playeros, imprescindibles para cualquier actividad al aire libre o al sol". Iocco evoca. "En 1982 viajé a Puerto Rico y estuve por comprar un Panamá. Hasta hoy tengo entre ceja y ceja el haberlo dejado. ¡Voy a tener que volver! Aprendí que en un viaje, no se debe titubear..."
Tienda de sombreros
Hasta hace poco más de un año, la empresa de Dominoni fabricaba sombreros uruguayos. Ya no. Esto no quiere decir que ya no se consiguen sombreros en Montevideo; sí que se reducen las opciones.
Una recorrida por Punta Carretas Shopping permite evaluar la oferta de sombreros masculinos y femeninos en plaza.
"Cuenca" exhibe lo que el vendedor describe como "sombrero único inglés", pero fabricado por Scala de EE.UU, a un precio entre 48 y 60 dólares. Un "Aquascutum" británico auténtico puede llegar a 150 dólares, mientras que las coloridas gorras "Kangol" de la "Pérfida Albion" se venden en razonables 780 pesos. Tampoco faltan sombreros masculinos en "Club House", donde los "Dorfman Pacific" en beige, habano y negro, valen $ 2.590. Son prácticos, pueden plegarse; y la versión reversible, para ocasionales aguaceros, cuesta $ 2.450.
"Arte" cubre el ángulo femenino, con boinas en colores variados que se ubican entre 99 y 239 pesos. Los sombreros de ala blanda valen $ 621 y los de paño, duros, $ 690. Si se les quiere agregar marabú, éste se vende a 199 pesos el metro.
Borsalino. Pero hay más opciones; por ejemplo, para alguien que sueñe con adquirir un auténtico Borsalino italiano, igual al de Alain Delon en el film homónimo; o para quien añore un gran sombrero mexicano; o para automovilistas que quieran emular a los de la década del veinte, con una gorra con orejeras. Todo esto se encuentra en "El Diablito", justo en la esquina de Eduardo Víctor Haedo y Joaquín Requena. Su escaparate, atiborrado de sombreros, preanuncia la existencia de un variado "stock". Así lo confirma Don Víctor Saúl, quien desde hace 35 años fabrica y vende no sólo los ejemplos de sombreros mencionados, sino muchísimos más. Admite que debe tener miles de gorras y sombreros en sus anaqueles. Algunos no son baratos, pero la diferencia entre tener y no tener, se mide en pesos. No hay imposibles. Un Borsalino puede arañar los 5000 pesos, igual que el sombrero mexicano; pero un gacho en forma, de buena calidad, no más de mil, moneda nacional.
Saúl comenta con humor: "En esto, con el tiempo, uno llega a ser un mamut. Se guarda mercadería, hasta que llega el día en que es prehistórico. Pero este es un país gorrero. Creo que es porque aquí hay mucho descendiente de español, que traía la gorra de su país. Aquí hay una costumbre que no hay en Argentina. El veterano no se la pone por gusto y no se va a poner una gorra cualquiera". Y concluye: "Un sombrero dura toda la vida y más. Se arregla, se reforma...y a veces, hasta se hereda. Salvo que tenga un accidente, como que lo agarre un perro...".