En la tienda de Marta se hace terapia

Camino Lecocq. Después de años de empeño, abrió el negocio a cien metros de un basural

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En el barrio Colón, al circular por Camino Lecocq, a veces sorprende el descuido en algunos espacios verdes pero también llama la atención el despliegue de ropa nueva y usada que cuelga de cuerdas frente a una tienda: "La Casa de Marta".

En el cantero que divide en dos al Camino Lecocq, antes de llegar a la calle Candelaria, suele generarse una gigantesca montaña de basura. En la zona no hay contenedores sino que todos los días hace la recorrida un camión recolector, que pasa a las siete de la mañana.

Pocos vecinos, incluidos los de un asentamiento próximo al lugar, llegan a tiempo para dejar las bolsas de residuos en la vereda. En pocos días, la acumulación en los propios hogares o en las calles lleva a que varios decidan cruzar hasta el cantero y tirar sobre el pasto los desechos domésticos.

En la medida que el basural no es retirado, hay vecinos que a veces terminan decidiendo por su cuenta encender una enorme fogata. Al pasar por allí, según los días, los transeúntes podrán encontrarse con altas llamas o con algunos perros que husmean entre los restos de podas y alimentos, antes o después de su incineración.

Esa es una historia "tiznada" del barrio. Otra historia, que le pone color al camino, es la tienda de ropa que atiende Marta Ferreira, a unos cien metros, en dirección al Corredor Garzón, en un borde del barrio Colón, limítrofe con Nuevo Lecocq y Conciliación.

Desde que aceptó la entrevista, que no fue concertada con anterioridad y por eso la sorprendió, "la Marta", como se llama a sí misma y le dicen los conocidos, demostró encontrarse al frente de una actividad que la entusiasma.

DESPUÉS DE LA FERIA.

"Abrí el 8 de noviembre, después de trabajar dos años, de día y de noche; ahora estoy muy contenta, porque la verdad es que estaba trabajando muy cansada, deseando volver a mi casa o que llegara mi día libre. Lo hacía como acompañante, cuidando enfermos, de noche. Y de día iba a hacer feria, y además tenía un abuelito al que debía ir a bañarlo porque la señora de él también era mayor y no podía sostenerlo. Y bueno, dormía muy poco, a veces tres horas por día".

Marta tiene cinco hijos, y fueron los dos varones y algunos amigos de estos quienes la ayudaron para armar la tienda. "Pero no fue fácil", dice justo cuando se acerca un cliente a preguntar por el precio de una remera de Spiderman. "Doscientos pesos, pero mirá que es nueva", le responde Marta.

"Hace más de veinte años yo ya vendía ropa por el barrio. Después de la crisis del 2002 tuve que salir a trabajar en otras cosas y estuve sin vender nada. Además la pasta base llegó al barrio, mis hijos eran chicos… mucha cosa, me separé, y bueno, a veces hay que tocar el fondo. En este país, cuando una está sola con los hijos, es lamentable pero no te da para vivir; estás quince horas afuera de tu casa, hacés horas extras y los hijos se te pueden ir de las manos".

Los clientes de la tienda, que si estuviera en Manantiales marcaría tendencias, en su mayor parte son vecinos, pero también llegan foráneos.

"Hay pocas casas por acá que vendan ropa de segunda mano y que atiendan bien, así, como yo. Para algunos es como una terapia, se van contentos y gastan plata", comenta Marta a carcajadas, mientras continúa tejiendo una de las prendas que pronto se sumará al stock, que además de la ropa de segunda mano incluye camisas, pantalones o vestidos para todas las edades que ella compra nuevos.

"Hay cosas que traigo del barrio de los judíos, también tengo mis tejidos, caravanas, pulseras y lo que hace una hija, en macramé; hay gente que me dona ropa, o me la deja para vender o la trae en canje", cuenta Marta antes de pedirle a este cronista que no deje de escribir en la nota que ella es de Leo y busca novio no mayor de 40 años, "que tenga todos los dientes".

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