EDUARDO BARRENECHE
Espero que Valentina, en su vida, algún día me perdone por esto", concluyó ayer Juan Carlos Marizcurrena en el Juzgado Penal de 4° turno ante el titular de la sede, doctor José Balcaldi y el fiscal Luis Bajac.
"Hice una macana, metí la pata", comentó mientras se tomaba la cabeza a punto de llorar.
El abogado y escribano fue procesado ayer por el delito de secuestro por el juez Balcaldi y el fiscal Bajac. En la etapa de acusación fiscal, se analizará si hubo agravantes.
Sin embargo, fuentes vinculadas al caso consideran que existen agravantes, ya que el secuestro duró más de tres días y se trataba de una menor de edad. También cuenta la alarma pública generada por el caso. La pena mínima prevista son seis años de penitenciaría.
La Fiscalía entendió que no hay indicios de ningún tipo para solicitar una pericia psiquiátrica de Marizcurrena, quien no sólo era un profesional reconocido, asesor del Grupo Peirano, sino que además pertenece a una prominente familia ligada a la actividad agropecuaria.
A las 14 horas de ayer, Marizcurrena y Valentina ocuparon distintas habitaciones del Juzgado ubicado en la calle Bartolomé Mitre y Buenos Aires.
Una hora más tarde, con la cabeza gacha y esposado, el profesional era llevado en un camión celular hacia la Cárcel Central. Existe una posibilidad de que sea trasladado al penal de Santiago Vázquez (Comcar).
Mientras que la menor declaró durante unos 15 minutos ante el fiscal Bajac. Abrazada por su madre, salió sonriente de la audiencia. Afuera, en el salón, la esperaban su padre y su padrastro
Caminaba rengueando su pierna derecha. Su rodilla lastimada era uno de los vestigios que le había quedado del secuestro.
Las heridas del hecho todavía sangran tanto para la secuestrada como para su secuestrador.
El abogado y escribano, de 43 años, padre de cuatro hijos, reconoció su falta y sentenció así el final de su asombrosa peripecia que lo llevó a tentar la suma de 550 mil dólares, pero fue atrapado antes por la Dirección de Delitos Complejos de la Policía de Montevideo.
En sus declaraciones ante el juez Balcaldi y el fiscal Bajac, el secuestrador reconoció que eligió a la familia Simon, porque sabía que se trataba de personas adineradas.
Aunque no tenía un trato inmediato, Marizcurrena conocía bien a los Simon. Había trabajado junto al padre de Valentina en el Banco Montevideo Caja Obrera. Y había conocido al abuelo de la víctima, Sergio de Ferrari, trabajando como asesor legal de un shopping.
En el pasado, el profesional efectuó negocios con un familiar de Valentina. Era un emprendimiento financiero del cual "no salió bien parado", según fuentes vinculadas a la investigación.
El rencor marcó mucho el objetivo trazado por Marizcurrena. El secuestrador reconoció que luego de realizar "inteligencia" por varios meses a la familia Simón eligió a Valentina al considerar que era la persona "más débil".
Para llegar a esa conclusión, efectuó un estudio para conocer al detalle todos los movimientos de la familia que reside en la calle Yamandú Rodríguez esquina Ostende.
Reconoció que ensayó en varias oportunidades el secuestro de Valentina y su posterior traslado a una finca de su propiedad ubicada en la calle Coronel Mora del barrio Punta Carretas.
Para llevar a la menor a la casa, el profesional compró en una automotora una Fiat Fiorino, de color blanco, a 3.500 dólares, aunque no llegó a concretar la transferencia del vehículo a su nombre.
Lo demás fue fácil. Para reducir a la adolescente, Marizcurrena le aplicó un golpe de picana eléctrica en el pescuezo. Minutos más tarde, Valentina insinuó una nueva resistencia y el abogado utilizó otra vez la picana y amenazó a la menor con represalias más duras.
Con la adolescente ya decidida a no oponer resistencia, la introdujo en un sótano de su casa de Coronel Mora. Se trata de un espacio pequeño y bajo. El techo es de madera de un entrepiso.
En el suelo de esa habitación, Marizcurrena colocó una barra de hierro. De la misma, salían tres cadenas. Dos para las manos y una para los pies.
Horas más tarde, el secuestrador retornó a la casa y dejó comida para la menor. Valentina se negó a probar bocado en el primer día.
"No voy a comer, soltame", decía a su captor.
Ese hecho preocupó a Marizcurrena. Poco después, secuestrador y víctima acordaron que se flexibilizarían las condiciones del cautiverio a cambio de que la adolescente comiera los alimentos.
El abogado iba día por medio a la casa. Llevaba los periódicos de tres días, ropa y alimentos. También le dejó una radio, una televisión y un juego de video game.
Valentina leía los diarios, porque quería saber si hablaban de ella.
La adolescente dormía en una improvisada cama y sus necesidades las hacía a poca distancia, ya que las cadenas le impedían llegar al baño. Cada vez que bajaba al sótano, Marizcurrena limpiaba el lugar.
Con el pasar de las jornadas —el secuestro duró 21 días—, Valentina comenzó a sentir la soledad. "Quédese un ratito más, por favor", suplicaba la menor.
Marizcurrena, por precaución, evitaba los diálogos prolongados. "¿Qué querés? ¿Qué precisás que te traigo?", se limitaba a preguntar
Valentina procuraba entablar una conversación buscando convencerlo para que la soltara.
Marizcurrena seguía con su vida normal. Era escribano de un shopping. El 30 de diciembre, mientras el secuestro entraba en su día 12, entregó un premio en el marco de un campaña promocional. Un día después, concurrió a misa en una iglesia de Punta Carretas acompañado por toda su familia.
Al finalizar el evento, cometió su primer error: realizó una llamada telefónica a la familia de Valentina desde un teléfono tarjetero (ver recuadro).
El apellido lo delató
n La historia de la Fiat Fiorino encontrada en una esquina del barrio Cordón, fue más determinante en la investigación de lo que la Policía estaba dispuesta a reconocer en un principio.
Si bien es verdad que no aparecieron rastros de sangre, huellas digitales y otras señales, la camioneta delató al secuestrador que al no deshacerse del vehículo dejó rastros que lo mostraron como un amateur a los ojos de la Policía.
Los investigadores dejaron correr la versión de que se trataba de una banda de delincuentes sólo para despistarlo, pero a Marizcurrena la esperanza le duró bastante poco.
El vehículo fue encontrado a los ocho días del secuestro, estacionado en Charrúa y Pablo de María, a pocas cuadras de la seccional 5�.
Tras dar con la camioneta, los expertos policiales hallaron un trozo de papel donde se leía la última parte de su apellido. La policía salió a buscar en la guía telefónica las personas con final de apellido "currena".
Con ese dato, los agentes de Delitos Complejos citaron a declarar a todos aquellas personas cuyos apellidos terminaran con esas letras. Eran alrededor de 25 personas.
Los padres y hermanos del secuestrador fueron citados. Algunos de ellos buscaban asesoramiento legal del propio Marizcurrena para saber el tenor de tal llamado. Eso lo hizo ver que el cerco estaba tendido a su alrededor.