El peatón y su educación vial

Arturo Borges

Conducirse correctamente en la vía pública, en toda su compleja dimensión, no se adquiere por ósmosis. Con la evolución actual del tránsito es necesario entender cuáles son las leyes de juego y, por ende, aprender obligatoriamente los roles tanto de peatones como conductores.

El peatón interviene en más de un 10% de los accidentes diariamente relevados. Este es un número demasiado importante y lo peor es que vemos casos, la mayoría fatales, que se podían haber evitado con un poco de atención.

Los peatones no han evolucionado en su forma de actuar. Lentos en sus movimientos, cruzan sin mirar a los costados, no respetan la luz del semáforo, cruzan fuera de los lugares habilitados para ello. Por el contrario, el vehículo sí ha evolucionado y hoy tiene mayor velocidad, fuerza, etc. Hay, además, una tradicional y encubierta mala relación peatón-vehículo. Contrariamente a lo deseado, no hay una vínculo de entendimiento entre ambos protagonistas, ya que muchas veces el peatón ve al vehículo como un objeto de lujo y no como un medio de trabajo.

El Premio Nobel Conrad Lorenz, creador de la etología o ciencia de la conducta, descubrió el fenómeno de la "impregnación", consistente en que la primera impresión que un sujeto recibe de algo exterior al nacer es la que perdura de modo casi imborrable en su psiquis. Por la tanto, quien aprende a conducir mal virtualmente manejaría mal siempre, y quien no aprendió a ser peatón, con postura ciudadana de respeto, siempre será mediocre en este sentido, y lo peor es que lo trasmitirá a los demás. La educación del peatón es hoy fundamental. Se le debe informar y concientizar del peligro concreto, inminente, que lo rodea.

El primer objetivo pedagógico debe ser modificar su creencia de que "el vehículo es el que tiene que parar", que es la respuesta más frecuente que se recibe cuando se pide testimonio a un peatón embestido. Luego de unos días y superado su estado de shock, a veces ni recuerda qué lo embistió, y en ocasiones con esto se quiere sacar de encima la precaución de ver por dónde y cuándo cruzó. A pesar de que le asista razón, las consecuencias son graves.

CAPACITADO.

No ha de existir seguridad ni eficiencia en el tránsito sin un sujeto perfectamente capacitado, conocedor de los riesgos que asume o enfrenta. La salud pública de nuestro país procura que cada nuevo integrante de la sociedad reciba todas las prevenciones (atención médica, análisis, vacunaciones) que protejan al futuro ciudadano para que crezca fuerte y sano. Sin embargo, en nuestro sistema educativo este tipo de preocupación no existe. Desde el ciclo básico inicial no hay instrumentado un programa único de Educación Vial, cuando invertir en educación es más barato que el costo de recuperar a los heridos. Si la educación es cara, ¿cuánto nos cuesta la ignorancia?.

Las autoridades que rigieron la educación desde mucho tiempo atrás no consideraron impartir educación vial, esta nunca ocupó un lugar de importancia porque, entre otras, sus resultados no se pueden evaluar.

Porque, como dice el Dr. Carlos Tabasso, ¿cómo poder evaluar cuántos accidentes se evitaron?, ¿cómo podemos hablar de lo que no ocurríó? Es algo intangible. Pero la brutal estadística de siniestros actuales en el tránsito exige que se revea ya la situación y que se exija la implantación de un programa educativo vinculado a la Educación Vial, para concientizar a esta generación, y a las futuras, del riesgo que enfrentan al hallarse en la vía pública.

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