El Mincho, otra leyenda que cierra

Histórico. Abierto desde 1957, fue un punto de encuentro de la cultura montevideana

2007-11-23 00:00:00 300x300

ANA PAIS

De patrimonio cultural a bolichón, de bastión de la intelectualidad montevideana a escenario para un aviso de cerveza, las opiniones sobre Mincho Bar varían según la persona. Sin embargo, pocos serán los que no se apenen por su cierre.

"Separarme de todo esto me cuesta mucho. Trato de evitar algún lagrimón que pueda aparecer", dijo Carlos Martínez, el actual dueño del famoso bar. Después de 14 años detrás del mostrador, le ganó el cansancio y está en tratativas para venderlo en estas semanas.

Pero la historia de este corredor -por la cantidad de gente que lo ha visitado y por su forma alargada-, comenzó en 1957 como una farmacia.

En su libro Boliches Montevideanos. Bares y Cafés en la memoria de la ciudad, Mario Delgado Aparaín cuenta que el farmacéutico tuvo que recurrir a un prestamista de la Aduana para financiar la transformación del local, al que bautizó "Mincho" como su hijo.

Otra versión dice que el nombre se debe a un delincuente de mediados del siglo pasado, Martín "Mincho" Corena, que le robaba a los ricos y lo repartía entre los pobres. Fue Robin Hood hasta que mató a un policía y lo asesinaron en represalia. El apodo entonces, se aplicaba a todas las personas del estilo.

En 1961 José "Pepe" Mosquera y Gervasio Ferrón lo compraron y lo convirtieron en lo que hoy es: un clásico montevideano. Y para ser un clásico, es necesario ser particular.

"Los patrones velaban cuidadosamente que nadie se entrometiera en la conversación ajena", cuenta Aparaín en su libro. Literatura, política, filosofía, fútbol y casi todos los temas discutibles aparecían en cada ronda, pero siempre respetando esa atmósfera intimista, exenta de locas pasiones.

Una noche Alfredo Zitarrosa quiso entonar alguna de sus canciones en honor a un amigo que entraba al bar, narra Aparaín. A pesar de que era un habitué y de que no solía cantar fuera de los escenarios, los dueños no se lo permitieron. En el Mincho no se podía cantar, ya fuera Zitarrosa o un borracho.

-¿Usted sabe cuánto vale una canción mía? -habría dicho. Muchos dólares.

-Sí, valdrá mucho donde se la paguen. Pero aquí no se canta -concluyó uno de los dueños, según el libro ya citado.

"Era una mezcolanza absoluta de sabiondos y suicidas, literatos, artistas, deportistas, ladrones y tiras", contó Enrique Estrázulas. En las décadas previas a la dictadura, él y otros de los autores de editorial Banda Oriental se reunían en Yi 1390.

También lo frecuentaba la barra de periodistas de El Día y los de El País, la poeta Marosa Di Giorgio, el editor Horacio Verzi, la escritora Suleika Ibáñez y el crítico Yamandú Marichal. Estrázulas compartió me-sa con Juan Carlos Onetti en tres oportunidades y entrevistó allí a Osvaldo Pugliese.

Hablar del Mincho es recordar personas reconocidas y anónimas, que generaban una sinergia difícil de explicar.

El Sorocabana. A unos pocos metros, también entre 18 de Julio y Colonia, estaba El Sorocabana. Era también un nicho de intelectuales y artistas, un punto de encuentro y debate. Quizás por eso, no era lo mismo estar de un lado o del otro de la calle Yi.

Nelson Barceló cuenta en un artículo una anécdota que ilustra esto que él identifica como el interés por "pertenecer": "Una tarde estaba (Washington) Reyes Abaddie en Sorocabana y solicitó a uno de su entorno que vaya hasta el Mincho a invitar a Horacio García Méndez, textualmente le dijo: `Avísele que lo estoy esperando en una mesa del Sorocabana` y García Méndez le contestó al emisario: `Dígale de mi parte que lo espero en el Mincho`".

El primer recuerdo que tiene el dramaturgo Ricardo Prieto de sus días en el bar de Gervasio y Pepe, es la primera peña, en la década de los 60. Él tenía 19 años, cuando un grupo de literatos lo integraron a las conversaciones sobre las últimas tendencias culturales en el mundo.

Y explica: "A diferencia de las peñas del Sorocabana, que es un café más abierto, las del Mincho eran casi exclusivas porque la ubicación de por sí era menos visible y porque casi todas las tertulias se hacían en el fondo. La gente pasaba y no se enteraba que estábamos allí reunidos".

La fachada del Mincho es discreta hasta el día de hoy. Sólo unas letras blancas pintadas sobre el vidrio de sus dos ventanales, anuncian que allí está el bar que muchos definen como de la bohemia montevideana.

Un futuro incierto. Después de dos años cerrado, Martínez compró el Mincho en 1993. Había trabajado vinculado al cine y a la fotografía, por lo que supo continuar con ese perfil artístico.

De hecho, él tuvo la idea de hacer una sala de teatro en el sótano. "Siendo un bar o un barcito sacamos un Florencio con La sangre", dijo.

Martínez contó que casi todas las noches alguien se sentía mal al ver la obra dirigida por Álvaro Ahunchain y que al final, los de la emergencia médica le pedían que no los llamaran más.

Las paredes llenas de afiches y el piso cuadriculado, son testigos de estas y otras historias. El Mincho pasó de ser el escenario donde se rodó un aviso para Pilsen durante tres días, hasta el salón de fiestas de varios casamientos, pasando por el escondite de unos cuantos durante la dictadura. El Mincho ha sido testigo de la ciudad.

"Que cambie la firma pero no el alma", pidió Estrázulas aunque ni siquiera Martínez sabe qué será del bar cuando él lo deje.

Por lo pronto, el nombre lo tiene registrado el dueño de la papelería Alberto Ganduglia. Después de 32 años al frente del lugar, sus antiguos propietarios jamás patentaron el nombre.

En cuanto al inmueble, Martínez tiene un comprador que, según se dice, estaría pensando en llamarle "New York, New York". Pero lejos de las luces de colores de la gran manzana, el bar Mincho conserva su tono sepia, su ritmo pausado y familiar, salvo cuando alguien habla de tal o cual autor y el debate vuelve a surgir.

Abril, otoño, atardecer / café en el Mincho a las 6 / Después... / qué importa del después

Los Buitres le dedicaron una canción en el disco Mientras (2003) y se pronunciaron con nostalgia anticipada en su show de la Fiesta X el sábado pasado. Este último episodio fue consignado (demasiado ampliamente, justo es decirlo) en el comentario de la revista Rolling Stone argentina sobre el festival.

Los versos del título son de la canción Mincho Bar, que en el portal Youtube se puede escuchar y ver en numerosas interpretaciones en vivo. Incluida una en el Pilsen Rock. Con la misma firma de cerveza, la relación de Buitres y Mincho tiene, además, otro capítulo. En un comercial de televisión de Pilsen que se filmó en el bar, cada uno de los personajes se hacía la película y decía con quién se tomaría una cerveza.

A una chica le tienta Brad Pitt y un amigo dice que él conoce "a uno que es igualito" y aparece en escena... Danilo Astori Jr. como doble del codiciado galán hollywoodense. Una de las muchachas dice que "con Peluffo". "¿Con Gabriel o con Guillermo?", le preguntan mientras se arrima Guillermo (el hermano menor, el gordo de Trotsky, el no sex symbol). "Con Gabriel, obvio", responde. Guille da media vuelta y se hace el nunca visto.

La memoria del Mincho guardará poemas escritos, corregidos y vueltos a escribir en sus servilletas; libros leídos y subrayados bajo su luz tenue. Y una canción en la que el bar no es homenajeado, ni descrito, ni añorado. Es sólo el escenario de un recuerdo roto, de un trago amargo: " a veces marzo trae resacas /hoy no puedo despertar / quiero que lleves este amor bien lejos / donde nadie lo pueda encontrar / abril, otoño, atardecer /café en el Mincho a las 6". (Por J.L.)

Barceló: "Me atendió sólo por el aburrimiento"

Es un caso especial éste del amigo Walter, ya que el señor no es el `mozo del bar` sino que a raíz de vaya saber qué ocultas pasiones se dedica a colaborar en la atención al público", escribió Nelson Barceló. "Más allá que te dispensa un buen trato, es evidente que jamás buscó pulir sus modales. Por ello es que a veces al conocerte te deja esperando para cuando él termine de hacer lo que estaba haciendo, hasta algunas veces llegué a sospechar que me atendió sólo cuando se sintió aburrido, o después de mirar a la chica que entró únicamente para hablar por teléfono".

Carbajal: "Radiografía de idiosincrasia oriental"

El único monumento en pie es el Mincho Bar", publicó Miguel Carbajal en El País en 2006. La nota trataba sobre los bares a los que (no) van los artistas hoy. "El reclame de cerveza que lo utilizó hace un par de años como reducto, no hizo otra cosa que redondear una leyenda persistente. Si hubiera aparecido el mayor de los Peluffo habría que haber expropiado el lugar y declararlo patrimonio histórico nacional. Angosto, más bien inhóspito, destinado al servicio esencial del consumo mínimo, sin agregar ninguna novelería, el Mincho es una radiografía de la idiosincrasia oriental".

Teatro

La monstrua.

La obra de Ariel Mastandrea, con la actuación de Ismael Moreno, estuvo en el teatro del sótano en 2002. Fue levantada de cartelera cuando unos empresarios españoles que estaban de visita en Uruguay, ofrecieron llevar el espectáculo a Madrid.

La sangre.

Esta pieza ganadora del Florencio a Mejor Espectáculo por el voto del público 2003, dio un gran auge a la sala. Escrita por el catalán Sergio Belbel y dirigida por Álvaro Ahunchain, la obra fue éxito de espectadores, aunque muchos se sintieran mal justamente por la cantidad de sangre exhibida.

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