Es 5 metros más pequeño que su hermano uruguayo. Estuvo en quiebra y se recuperó gracias a la explotación de su potencial turístico-cultural. Lo visitan 6.000 personas al año. Semejanzas y diferencias de dos torres que unen a dos orillas.
Con 22 pisos sobre la Avenida de Mayo, a metros del Congreso argentino, el Palacio Barolo se erige tan escondido como imponente desde 1923 tal como lo quiso su hacedor, el arquitecto italiano Mario Palanti (1885-1979), y su historia estará siempre irremediablemente unida a la de su gemelo montevideano, encargado por los hermanos Ángel, José y Lorenzo Salvo que fue inaugurado en 1928 con cinco pisos y cinco metros de altura más. Sin embargo, el Barolo tiene un envidiable estado de conservación que sigue demandando esfuerzos siendo el único edificio de oficinas con visitas guiadas en la vecina orilla.
DIVINA COMEDIA. Basado en la simbología de la obra cumbre de Dante Alighieri, el recorrido de hormigón armado se abre paso piso a piso, círculo a círculo a través infierno, purgatorio y cielo de La Divina Comedia, en un diseño ecléctico único por el que es Patrimonio Nacional desde 1997.
Construido a pedido del empresario textil Luis Barolo, tiene 100 metros por los 100 cantos de la Divina Comedia, 22 pisos por la cantidad de estrofas que regularmente tienen esos cantos y de lado a lado hay 11 balcones porque algunos cantos sólo tienen ese número de estrofas. Recorrerlo sorprende y desde su torre se puede apreciar una de las mejores vistas aéreas de Buenos Aires tanto de día como de noche.
Las visitas comenzaron en 2004 como emprendimiento de la administración junto a Miqueas Tharigen, a quien desde hace tres años se le sumó su hermano Tomás.
"La construcción del Barolo se trató de una conquista cultural: Dante Alighieri es el padre del idioma italiano y Barolo y Palanti eran sus fanáticos, incluso querían traer a reposar sus cenizas aquí para lo que serían los 500 años de la muerte en 1921; sin embargo la construcción del edificio se demoró un par de años más", contó a El País Tomás Tharigen.
Desde la galería hasta el cuarto piso se está en el infierno, de allí hasta el 14 es el purgatorio y en adelante comienza el cielo que, fiel a la obra de Alighieri, finaliza en la imponente luz de su faro, un empíreo celestial que supo tener 300.000 bujías y que desde su reinauguración en 2009 se enciende de forma automática todos los 25 del año iluminando durante media hora la noche porteña en conmemoración a la Revolución de Mayo.
De hecho, el Salvo también tenía su faro que años después fue quitado para colocar la antena televisiva que aún luce hoy a pesar de estar en desuso. "La idea era comunicar ambas torres, pero quizás por un error de cálculo la luz del Barolo jamás llegó a tierras montevideanas, en cambio, la luz del faro del Salvo sí llegó a Buenos Aires en sus inicios y ambos haces se encontraban en medio del Río de la Plata, quizás la verdadera puerta de ingreso al cielo", señaló Tharigen.
TOURS. Al Barolo lo visitan unas 6.000 personas al año entre extranjeros y nacionales.
"Me interesó visitarlo porque siempre pasás al lado y no te das cuenta de lo increíble que es hasta que mirás para arriba", explicó a El País Maximiliano, un porteño aficionado a la fotografía.
Los interesados se acercan mediante promoción boca a boca e incluso muchos son verdaderos investigadores de la Divina Comedia.
Hace algunos años, y a pesar de que no era horario de visita, un uruguayo fue atendido por el propio administrador. "Julio María Sanguinetti se presentó de improviso hace unos 4 años; había venido a un congreso, le mostramos el edificio y quedó fascinado por la vista, sobre todo porque se puede apreciar la cúpula acampanada de lo que era el diario Crítica, del uruguayo Natalio Botana, que tiene una sirena que sonaba cada vez que pasaba algo importante en la ciudad. Le interesó tanto que volvió al otro día, esta vez acompañado por su mujer. Dada su erudición, fue un lujo tenerlo como visitante", recordó su actual administrador Roberto Campbell.
RECUPERACIÓN. Tras pertenecer a varios dueños únicos en la década del `50 se dividió en unidades y se formó un consorcio cuya historia ha sido errante y de quiebras varias hasta hace 15 años, cuando Campbell inició una gestión.
"Llevamos invertida mucha plata que se utilizó desde para reparar mangueras de incendio hasta para restaurar y cerrar con vidrio la galería principal que es lo más vistoso. Es un proceso lento, no se da de un día para el otro y todavía falta, nos llevará unos 15 o 20 años dejarlo a punto", expuso a El País y explicó que en los comienzos debió recortar en un 50% el personal para redirigir esos ingresos a la recuperación del edificio. Hoy la quiebra fue levantada y el coloso demanda más de $ 400.000 uruguayos al mes en mantenimiento.
El Palacio Barolo tiene 400 oficinas, algunas de las cuales se han fusionado con el correr del tiempo, y que han albergado a muchos argentinos ilustres, como los expresidentes Marcelo T. de Alvear y Ricardo Alfonsín, e incluso la prestigiosa artista plástica Raquel Forner instaló allí su taller.
Hoy la más grande alcanza los 500 metros cuadrados y la más pequeña tiene 15, y sólo dos están desocupadas. Todo un logro si se tiene en cuenta las limitaciones que posee un edificio de la década del `20 ante el exigente ritmo de negocios porteño. "Los baños están fuera de las oficinas y son compartidos, tampoco hay gas ya que no fue pensado para viviendas", dijo Campbell.
El Barolo aloja principalmente a profesionales cuentapropistas, como contadores, abogados, escribanos, arquitectos y psicólogos; pero también a pequeños comerciantes, empresas turísticas y despachantes de aduana.
INTERCAMBIO CULTURAL. Antes de tomar las riendas del Barolo, Campbell viajó a Montevideo para conocer el Salvo.
"Fui para mimetizarme con Palanti. El Salvo es más lujoso en sus pisos y tiene una mejor carpintería original con puertas de roble, porque iba a ser un hotel; el Barolo es más austero y representó para su creador un desafío más de ingeniería dirigido a lo que iba a ser un uso de oficinas. Al Palacio Barolo pasás al lado y no lo ves, si tuviéramos la ubicación del Salvo estaríamos comercialmente mucho mejor porque sería más vendible".
"El Salvo se ve de todos lados, es ícono de Montevideo, es más imponente y yo insistiría en darle mucha importancia a su parte cultural, resaltando su historia para que se difunda y la gente lo visite, le tome cariño y se ponga la camiseta para ayudar en su recuperación. Igualmente si no se recibe ayuda de los gobiernos es muy difícil recuperar el patrimonio".
Asimismo, el administrador del Barolo expuso que algo ineludible para lograr una restauración es "quitar la antena y volver a instalar el faro" a modo de respetar y rescatar el diseño original de Palanti. Es más, mientras llega el día en que ambos faros intenten encontrar nuevamente sus haces de luz en el medio del Plata, Campbell dice que hubo intentos para realizar un intercambio cultural: "Íbamos a hacer una carrera de autos clásicos que se iba a llamar `Palacio Barolo-Palacio Salvo` y los autos iban a cruzar por barco el río, es algo factible todavía pero también se pueden hacer otras cosas".
Dos palacios que tienen sus propios fantasmas
BUENOS AIRES | V.M.
Así como el Palacio Salvo tiene su fantasma, el Barolo también tiene historias de tipo paranormal.
En la década del 50, cuando todas las luces del Barolo se apagaban a las 20 horas, uno de sus serenos comenzó a escuchar sonidos que provenían de la parte alta del edificio.
En aquella época la galería estaba abierta y los ascensores se cerraban con candados, por lo que con la sola luz de una lámpara de aceite comenzó a subir uno a uno los pisos hasta llegar al faro, donde al otro día sus compañeros sólo encontraron sus ropas.
No había rastro del sereno.
Era principios de junio, justo cuando el edificio se alinea con la Cruz del Sur; y cuenta la leyenda, que ha llegado hasta nuestros días, que el conserje ascendió o fue llevado hasta el mismo cielo.
"Por lo general se respira muy buena energía, pero de noche los serenos actuales a veces sienten que alguien los toca, o hay gente que viene de visita y se siente incómoda en determinados pisos o puntos del edificio. No sabemos a qué atribuirlo pero por este edificio pasó mucha gente y hasta hubo un suicidio en el que un hombre se tiró desde el balcón interno del cuarto piso y cayó en el centro de la galería", relató Micheas Tharigen a El País.
El mito no sólo ha motivado la visita de turistas y el afincamiento en sus oficinas, sino que el Barolo ya cuenta con su propio documental ficcionado que intenta desentrañar sus misterios: El rascacielos latino, producido el año pasado bajo la dirección de Sebastian Schindel. El film fue parte de la selección del festival de cine independiente Bafici 2012.
El fantasma del Palacio Salvo es conocido como Don Pedro, un espectro de agradable apariencia y que no produce miedo: es alto, elegante y siempre lleva un paraguas, según quienes lo han descripto en alguna ocasión.