Finalmente el Uruguay ha terminado por admitir lo que ya rompía los ojos. El país atraviesa una pavorosa crisis educativa. La misma, hay que decirlo, no se inició con el gobierno que nos gobierna en la actualidad ni con quien le antecedió. Pero es hija no reconocida de la izquierda uruguaya que, allá lejos y hace tiempo, decidió transformar un sistema educativo que era nuestro orgullo en un campo de batalla ideológica, de captación de militantes, de formación de cuadros y de cultivo del descontento al servicio de un proyecto político.
Hoy los tiempos son otros. Aquella izquierda, la misma que antes tiraba piedras contra todo lo que se movía y que manejaba a control remoto a profesores, estudiantes y funcionarios no docentes, ha llegado al gobierno y debe enfrentarse al monstruo que ella misma creó. Los indicadores no mienten. La calidad de la educación en el Uruguay no hace sino descender, y no sólo en los institutos públicos. ¿O usted no se ha percatado de lo poco que se le exige hoy a un muchacho de cualquier instituto privado para pasarlo de año? La izquierda tiene un problema, pero no sabe cómo enfrentarlo. Tal es la confusión que hasta el Presidente sale a reconocer ahora las bondades de la reforma educativa de ese gran uruguayo que es Germán Rama, al que la propia izquierda hizo la vida imposible y le torpedeó constante y puntualmente todos sus planes. El resto calla.
El Presidente llama a una cumbre educativa. Se habla mucho, pero no se saca nada en limpio. Alguien dice que hay que impartir más horas de clase. Parece sensato. Pero la iniciativa queda huérfana al nacer. En su lugar, Secundaria anuncia que desde este mes empezará a pagar 8.000 pesos anuales a 1.600 adolescentes para evitar que abandonen los estudios. Y que luego serán más.
Pensemos. Se trata de pagarle un sueldo a un joven para que vaya al liceo. No se le va a reclamar una buena escolaridad. Ni una conducta adecuada, para evitar que molesten a los que van a estudiar porque quieren. Sólo tiene que ir a clase y terminar el año con menos de 20 faltas, algo con lo que deben cumplir todos los liceales uruguayos, muchísimos de ellos provenientes de hogares de contexto crítico, sin que nadie les pague nada por hacerlo. Para colmo, con el dinero pueden comprar lo que quieran. Lo que usted se imagine. ¿Lo gastarán en libros?
¿Qué pensarán los liceales que, con más o menos ganas, asisten regularmente a estudiar? ¿No pensarán que esta medida es tan injusta como las refinanciaciones de antes, que beneficiaban a los malos pagadores y castigaban a los nabos de siempre? ¿Qué premio tiene pensado Secundaria dar a los que van a estudiar no porque alguien les pague por hacerlo, sino porque consideran que es su responsabilidad y porque es importante para su futuro?
¿Es que no se entiende que precisamente con estas pésimas ideas, lejos de ayudar a mejorar el sistema educativo, lo estamos terminando de matar?
elpepepregunton@gmail.com