Con trozos de cartas escritas con caligrafía rashí, el artista uruguayo Roberto Saban homenajea el trágico destino de sus abuelos paternos, la vida agitada de su padres y el destino de los deportados de ayer y de hoy.
Hasta el viernes 1° de junio puede ser visitada en el Museo de la Memoria una particularísima muestra de collages que los críticos han comenzado a valorar desde el punto de vista estético. La curaduría es de María Eugenia Grau.
En la sala lateral de la vieja Quinta de Santos que fue destinada a la exposición, entre las paredes de piedra y el techo de madera del que cuelgan las obras de pequeño formato, lo que se halla, además del arte proyectado por una quincena de obras (10 de ellas trabajadas en el anverso y reverso del soporte), es una serie cautivante de "cruzamientos" de tiempos históricos y de episodios familiares.
La muestra se denomina Deportados y cuenta con un catálogo muy cuidado, que reproduce las obras y algunos objetos personales de los antepasados del artista uruguayo Roberto Saban que también son exhibidos en lo que fuera la casa del expresidente Máximo Santos, en la calle Instrucciones.
En sus páginas se puede leer una detallada cronología de los vaivenes vitales de las dos generaciones anteriores a Saban. Y también se incluye un desarrollo minucioso del origen de los materiales empleados como base documental de los collages presentados.
En entrevista con El País, el artista resumió los motivos de intervenir con diversas técnicas sobre documentos de una novela familiar más que centenaria, por ejemplo con dibujos superpuestos y recortados, con sellos y trozos de copias de pasaportes.
"Mi papá muere en Uruguay en 2004, y yo encontré entre sus cosas una carterita de cuero con cartas escritas en papeles muy livianos, de avión, muchas escritas en una caligrafía que nadie podía comprender, el rashí. Eran cartas que le había enviado su padre, que estaba en Marsella", cuenta Roberto Saban.
Por otros papeles, fragmentos de cartas escritas en español o en inglés, sí se sabe lo que suplicaban los abuelos paternos del artista: un pronto rescate frente a las constantes amenazas de ser deportados.
"Mi padre mandaba documentos, pagó coimas a consulados para conseguir pasaportes. Pero un día el intercambio epistolar se cortó", dice Saban, que a la vez recuerda como de chico, más de una vez él vio a su padre leyendo esas cartas en soledad, y llorando.
Desde los años `60 del siglo XX hubo algunas noticias que llevaron a pensar que sus abuelos habían sido apresados por la policía colaboracionista de Vichy, confinados en el Campo de Drancy, cerca de París, y desde allí trasladados en trenes de ganado hasta Auschwitz, donde resultaron víctimas de las ejecuciones nazis, es decir: gaseados y luego cremados.
Según Roberto Saban, fue en los `80 que todo se terminó de confirmar y desde entonces, a partir de la obtención de datos muy precisos provenientes de los propios archivos nazis, y proporcionados por un centro de documentación parisino, él comenzó a pergeñar algún tipo de homenaje desde su quehacer: el dibujo, la pintura, el grabado, las técnicas mixtas.
"Mi primera serie sobre esto fue inaugurada aquí en Montevideo, en el bar El Hacha. Después hice otra en Buenos Aires, que se llamó Las cartas de mi abuelo turco. Y hará unos tres años que comencé a realizar lo que ahora se ve en este museo".
Sobre la caligrafía rashí en que están escritas las cartas que son la base de la nueva serie de obras, Saban cuenta que ha intentado enviarla a varios expertos pero sin conseguir alguna decodificación de los signos. Ni en Roma ni en Estambul.
"El rashí se maneja en España en tiempos de la Inquisición, cuando los judíos son expulsados y se establecen en el norte de África y hacia el oriente europeo", explica el artista.
"Los Saban salen justamente de Toledo hacia Turquía, y se llevan, para decirlo de modo que se entienda, el idioma español de la época, que ellos escribían con esa caligrafía rashí, generada por el año 1.100. Muchas de las personas que la conocieron murieron por el genocidio nazi", agrega.
Por coincidencia, al promediar la entrevista con Saban, ingresó al museo el Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel. En un breve intercambio de comentarios y anécdotas, el argentino aportó algunos contactos con lingüistas españoles que acaso resuelvan la traducción de los "jeroglíficos".