cultura en la punta

| Para los que protestan cada vez que se nubla, Punta del Este ofrece museos y colecciones que vale la pena visitar

MIGUEL ALVAREZ MONTERO | PUNTA DEL ESTE

Lo primero que hacen todos los veraneante de Punta del Este al levantarse es descorrer las cortinas y observar ansiosos el cielo esperando encontrarlo despejado de toda odiosa nube. Es que para la amplia mayoría el balneario no es lo mismo cuando no sale sol y cuando no está "disponible" la playa; basta un nubarrón, una llovizna, un día gris, para que el lamento se haga carne en todos aquellos que "pagan" por tener sol, calor y playa.

Pero en este Uruguay de clima cambiante ("podemos llegar a tener todas las estaciones en un mismo día", se quejan los que emulan a Torraca) la playa pasa muchas veces a ser un privilegio otorgado en cuentagotas, que los veraneantes del Este saben y, sobre todo, sufren y temen.

Pero bueno, afortunadamente el balneario ofrece para esos días otras alternativas a la limitante de contemplar las gotas de lluvia cayendo tras los cristales, las que no son pocas, por cierto; sólo que hay que saber aprovecharlas.

Lo peligroso es caer en lo más fácil: ir al shopping, que como es un edificio techado mantiene al turista a resguardo de toda inclemencia. Lo grave es que como son tantos los que lo hacen, se convierte en un lugar intransitable, molesto y "estresante". Lo imaginativo, entonces, es escaparle a ese "facilísimo" y optar por las otras alternativas, de las cuales aquí vamos a repasar algunas.

ESCULTURAS. Se trata de la colección de escultura nacional y pintura que, donada por el artista argentino Nicolás García Uriburu, se encuentra en uno de los edificios que conforman el complejo del Cuartel de Dragones de Maldonado, ese histórico sitio que albergó al cuerpo de Blandengues y donde Artigas se incorporó al mismo.

El cuartel, en pleno centro de Maldonado, aguarda convertirse algún día en un museo artiguista que recoja elementos históricos de los tiempos del Prócer (el lugar es ideal para eso una vez que aparezcan los rubros y la voluntad política para hacerlo), pero mientras tanto presta parte de sus instalaciones a ese museo de arte, enriquecido sobre todo con las obras donadas por el pintor argentino García Uriburu, pero que con el tiempo fue recogiendo otros valiosos aportes.

El visitante encontrará allí los yesos que sirvieron de molde de obras que una vez llevadas al bronce fueron emplazadas en Montevideo o en distintas partes del país, como también estatuas originales de distinto porte, piezas únicas o réplicas y una colección interesantísima de pintura.

El atento observador podrá reconocer el yeso "madre" con que José Belloni ideó la alegoría sobre la industria que conforma la figura central del monumento al Vizconde de Mauá que se encuentra en la Rambla y Andes; podrá también observar una réplica del "Aguatero" del propio Belloni y otras figuras en bronce, yeso o mármol del mismo escultor. También podrá apreciar el maravilloso bronce "El esgrimista", de Juan Manuel Ferrari; una réplica a escala del "Artigas civil" de José Luis Zorrilla (cuyo original de tamaño monumental está en la escalinata de ingreso al Banco República); y originales en bronce de figuras humanas realizadas por Edmundo Prati, Bernabé Michelena, Pablo Mañé, Antonio Pena, Federico Moller de Berg, Luis Pedro Cantú y Severino Pose, es decir, de la "elite" de nuestros escultores.

Y en materia de pintura no le va en zaga la importancia de obras de Ernesto Laroche, Arzadum, Blanes Viale, Rúfalo, Castellanos, Barradas y Cúneo, aunque la exposición descansa fundamentalmente en la escultura nacional antes que en la pintura.

El museo, bajo los cuidados prodigados por los responsables del Cuartel de Dragones (el Cnel. Daoiz Bonilla tiene mucho que ver en el perfecto mantenimiento a que todo el complejo está sometido) es, ciertamente, un lujo fernandino y debería ser una visita obligada para todo veraneante del Este, donde un baño de cultura se acompasa perfectamente con los que prodiga el cercano mar.

"MUSEO DEL MAR". El cartel advirtiendo récords mundiales (como ocurre con la colección de caracoles de distintos tamaño de una misma especie o con un enorme mejillón encontrado en Rocha) no es un porfiado intento por autoatribuirse méritos, sino que es el decidido reflejo de la realidad que acusa el "Museo del Mar" ubicado en la Barra de Maldonado, a unos 800 metros del puente ondulante, en dirección norte.

El visitante, al terminar una recorrida que debería insumir no menos de una hora (si quisiera apreciarlo todo y en completa concentración tendrá que dispensarle dos jornadas de 6 horas), saldrá sabiendo mucho más de las cosas que la naturaleza hace en el mar, porque en esos 800 metros cuadrados techados (eran apenas 30 o 40 ocho años atrás, cuando Pablo Etchegaray inició la peregrina idea) no falta nada de la flora y fauna marítima (o por lo menos casi nada).

Lo interesante es que esa muestra de animales y plantas del fondo marino (esqueletos reconstruidos de ballenas; tiburones, pingüinos, lobos marinos, focas, chuchos, estrellas de mar, pez espadas, toda clase de cangrejos, etc.) está matizada con muchísima información, con un profuso anecdotario y hasta con referencias literarias (Pinocho y la ballena, extractos del "El viejo y el mar" de Hemingway o "Memorias de un náufrago" de García Márquez, entre muchas otras), de manera que el pasaje por cada anaquel o pared se convierte en un gozoso entretenimiento, donde no falta el sentido del humor ni la adivinanza (¿cuál es la diferencia entre un chucho y una raya? pregunta y responde, por ejemplo).

Pero el museo no se queda en la vida animal sub-acuática, sino que le destina un buen espacio a la vida social de los balnearios con frente marítimo. De tal forma que las playas Capurro, Ramírez, Pocitos y Carrasco a partir de principios del siglo XX hasta la década del cuarenta tienen un repaso nostálgico de vidas y costumbres a través de fotos, relatos de prensa y referencias de lugares que fueron característicos. Y todo eso apoyado por objetos que hicieron a esa época: una valija de picnic con los elementos clásicos de aquel tiempo, un carrito de los que tirados por mulas se internaban en el mar en las playas de moda del novecientos, trajes de baño antiquísimos colocados graciosamente sobre maniquíes y otros elementos como viejos carteles de propaganda, la inolvidable "cabeza de Geniol" y botellitas de bebidas de entonces (las de "bolita", una Crush, una Bilz Sinalco) y mucho más.

Por supuesto que el surgimiento de Punta del Este, sus personajes y sus lugares, su crecimiento, su historia y sus historias, está profusamente documentado.

Y todavía falta referir otro de los grandes atractivos del museo: el salón de los piratas. Con luz atenuada roja y verde, con un piso de madera crujiente, techo con tirantes de madera cruzados por gruesos cabos y un enorme timón a la entrada, el lugar semeja un perfecto barco pirata, con toneles, cofres viejísimos, porrones de aguardiente, algún arpón, trabucos y, al fondo, dos figuras ataviadas con las clásicas usanzas de los bucaneros; uno con pata de palo, el otro con un garfio por mano y un parche en el ojo. Y en las paredes, figuras en bajorrelieves, retratos o dibujos de célebres piratas, con la historia de cada uno: Barbarroja, Jean Laffitte, Morgan, Francis Drake, Higgs y muchos otros. Y también un entretenido anecdotario y explicaciones sobre cuando llamar a uno pirata y a otro bucanero.

Por 60 pesos cada mayor y 30 cada niño a partir de los 3 años, es un paseo más que recomendable; podría decirse que ineludible en Punta del Este.

"LA AZOTEA". No es preciso ser conocedor de la historia de la política nacional para apreciar la belleza de "La azotea", la casona que fuera del político herrerista Eduardo Víctor Haedo, cerca del Country de Punta del Este, cuyo parque se puede visitar todos los días pero su interior no, porque la Intendencia ha demorado hasta ahora el envío del guía turístico que debe encargarse de esa tarea.

Por supuesto que quien esté al tanto de la personalidad del político de la boina blanca apreciará de mayor grado lo que ese jardín-parque ofrece al visitante, porque entonces descubrirá que toda la belleza del lugar tiene un sentido: el del apego a la patria, a la tradición, a la fe cristiana y al arte con que Haedo envolvió su existencia. Porque en ese arbolado parque de estupendo diseño (seguramente hecho a golpes de inspiración y no planificado en una sola vez) el visitante irá descubriendo (entre lo más obvio, que es la capilla, la cochera y el anfiteatro al aire libre) rincones donde pequeñas o medianas estatuas van haciendo su culto a la tradición (la réplica del monumento al Gaucho, por ejemplo), a la política partidaria (réplicas de las estatuas de Aparicio Saravia, de Herrera, de Oribe) y a la religión católica. El visitante continuará observando el apego a lo tradicional en elementos tan clásicos como una carreta, un molino o un aljibe de azulejos; y su fe cristiana en el tenaz cuidado con que hizo la pequeña capilla.

"La Azotea" está muy cerca de todos lados y es fácil de recorrer. Su ingreso se realiza por la avenida Artigas a la altura de la parada 17.

Un reducto de naturaleza e historia

Ningún veraneante debería tampoco perderse el Arboretum Lussich, que además de la casona donde vivió el "hacedor" de Punta Ballena, don Antonio Lussich, incluye 106 hectáreas de la más maravillosa variedad de árboles. La casona tiene en su planta baja un museo con objetos que pertenecieron a quien fuera empresario marítimo y escritor y fotos testimoniales de las lustrosas presencias que visitaron lo que entonces eran sus fundos de la Ballena (Baltasar Brum, los hijos de José Batlle y Ordoñez, Vaz Ferreira, Claudio Williman, el presidente argentino Julio Roca, José Luis Zorrilla de San Martín y otros). Y en la planta alta se podrá ver un Museo del Azulejo, con una vasta colección donada por Artucio Villegas.

En cuanto al propio arboretum —que tuvo en los últimos tiempos la reordenación del trazado de su caminería para facilitar al visitante la llegada a sitios claves— debe mencionarse (para que el visitante no se vaya sin verlos) el bosque de los cedros, el de los robles, el cerro bautizado por Lussich como Aconcagua, el mirador desde el que hacia el oeste se aprecia la laguna del Sauce y el océano y hacia el este la laguna del Diario y Punta del Este, las piletas naturales donde las viejas lavanderas lavaban la ropa de la casa, el abra en el que su especial microclima hace convivir —como misterio de la naturaleza— a un árbol del desierto con un enorme arbusto tropical, el rincón que recuerda al bosque de Boulogne de París y el opuesto, el que recuerda a la selva de Vietnam. Y entre todo eso la inmensa variedad de pinos, abetos, acacias, jacarandás, olivos, cipreses, casuarinas y todas las plantas indígenas; una inmensa variedad que Lussich trajo desde distintas partes del mundo.

Se llega tomando el camino Lussich, a escasos 300 metros de la Interbalnearia.

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