SEBASTIÁN AUYANET
Tatuadores de Uruguay, Perú, Argentina, Brasil y hasta Italia llenaron las instalaciones de la Casa de la Juventud con sus camillas en la quinta jornada de la Expo Tattoo. Hoy termina el encuentro de tres días con conciertos sobre 18 de Julio.
En el hall y el piso inferior de la Casa de la Juventud se cruza el rock fuerte que sale de varios parlantes con el zumbido permanente de máquinas y agujas de tatuar. Hay más de 40 stands y en absolutamente todos están trabajando. Hay chicos que llegan con un diseño impreso en un papel, otros que revisan en los catálogos y hasta algunos que "ponen la piel" para que alguno de los artistas le tatúe un diseño personal cuando se libere alguna camilla.
"Lo que pasa es que acá se genera una especie de adrenalina. Ves que hay gente que se está pinchando y por ahí te entran ganas y vas", cuenta Martín Serrat. Él es dueño del local de tatuajes Atipiko y quien organiza desde hace cinco años la Expo Tattoo, una continuación de la convención de tatuadores que hace 10 años empezaron los referentes de la disciplina.
La diferencia entre aquellos años y ahora es que el tatuaje ya no está demasiado mal visto y, más importante aún, que dejó de ser una moda para ser algo "mucho más instalado" en la sociedad y en la cultura, señala Serrat.
Eso implica no sólo que ahora ser tatuador puede volverse un arte del que se puede vivir -todos los profesionales que participan del encuentro lo hacen, señaló Serrat-, sino que la relación con quienes prestan la piel va bastante más allá de la de vendedor y cliente.
"¿Ves esa chica?", señala el organizador hacia una camilla. "Ella se hizo fan de Diogo, un tatuador brasileño que siempre viene a las convenciones. No se tatúa con otra persona y lo espera un año. Eso te da una pauta de que hay gente fanática del arte de algunos tatuadores; es común que la gente se vuelva fiel al que le hizo un tatuaje que le gustó mucho".
Mientras Diogo trabaja sobre la chica, Serrat cuenta que hoy habrá una competencia con 15 categorías (realismo, oriental, tribal, piercing, full color o Body painting, entre otras). Luego, la organización cortará la avenida 18 de Julio para un festival de rock.
Entre los profesionales extranjeros también hay tatuadores de Perú y Argentina, e incluso un italiano, Ricardo Aiazzi.
Aiazzi es un florentino que llegó por primera vez a Uruguay para ver que en el país "hay muy buen nivel de realizadores", y para trabajar todo lo que pudiera. Entre ayer y el viernes se hizo cargo de cuatro tatuajes "pero de los grandes".
"Creo que todo esto son pasos muy buenos para que se siga desarrollando la idea de que el tattoo no es droga, ni nada que tenga que ver con algo criminal. Esto realmente es arte", explicó Aiazzi antes de volver a ponerse los guantes. En el stand contiguo, una chica se arremangaba el pantalón frente a su madre, que la miraba con una mezcla de susto y risa.
Tres días de pura tinta
La convención está en un circuito internacional de encuentros de tatuadores que se abre en otros países.
El precio mínimo de un piercing con perforación incluida en Expo Tattoo es de $ 150. Para tatuarse hay opciones. "Se puede hacer un trabajo a medias, el tatuador no cobra el trabajo y quien se va a tatuar paga los materiales", explicó Martín Serrat.
"En ese sentido, Uruguay es diferente a otros países como Brasil. Lo que acá te puede salir $ 1.000 pesos, allá te sale $ 3.000", señaló.
Hermanos Brother, Indigo, Guatusi y Reytoro serán las bandas que animarán el festival de clausura del encuentro.