Enclavada en una de las azoteas de la cárcel de mujeres de la calle Cabildo, se extiende una huerta tan perfecta que en el estigmatizado entorno parece irreal. Las reclusas la viven como un espacio de libertad. Para el ingeniero agrónomo Martin Caldeyro es el resultado de un desafío que se propuso, cuando las autoridades de la Dirección de Cárceles lo llamaron para llevar adelante la experiencia de una huerta hidropónica en un establecimiento carcelario uruguayo.
Hoy unas veinte reclusas trabajan en la huerta cultivando lechugas, berro y espinacas con cuya producción no sólo se abastece a la propia cárcel sino que alcanza para enviar a otros establecimientos como el Comcar y La Tablada.
La experiencia, que comenzó a funcionar en mayo de este año, es considerada por la directora del penal, Margarita Hermida, como "altamente positiva".
Si bien ella cuenta que en un principio se apostó por una mejora nutricional para las reclusas, que a la vez les permitiera entrar en contacto con la naturaleza, hoy reconoce que el trabajo en la huerta es una actividad muy terapéutica. "Es el único espacio verde al que las reclusas han tenido acceso desde que ingresaron a la cárcel", señala Hermida.
El número de reclusas en Cabildo actualmente alcanza a las 236 más 19 niños que también aprenden a cultivar la huerta.
Según Hermida, desde todos los sectores de la cárcel las reclusas piden permanentemente para trabajar en la huerta por lo que se organizó un sistema de rotación de los grupos interesados. La directora señala que incluso las reclusas que estan en los sectores de máxima seguridad han pedido para subir a la huerta, "pero por lógica tengo que apoyar con algún policía porque es demasiado riesgoso, aunque por ser una actividad terapéutica quizás sean ellas las que más la necesitan. Hay que verlas cuando bajan con su lechuga. Vienen felices, como si trajeran un ramo de rosas", dice.
María (62) y Mirtha (57) son dos de las reclusas que trabajan en la huerta. Ambas reconocen que es una actividad terapéutica y que siempre estan atentas al llamado que reciben cada dos o tres días para ir a trabajar allí. "Vi esto y me enamoré", dice María, "es higiénico, es hermoso. Acá uno se siente como si no estuviera preso, como si estuvieramos libres porque se nos va el tiempo y cuando queremos acordar, se nos fue la hora". Mirtha, por su lado, admite que trabajando en la huerta siente una gran paz. "Ayuda muchísimo. Ver que todo esto crece y saber que está hecho por las manos de todas nosotras, dan ganas de seguir trabajando", señala.
En la huerta el trabajo de las reclusas es variado: lavan las bandejas donde se cultiva, ponen el algodón, las semillas. "Las vemos nacer, cuando estan grandecitas las transplantamos y cuando estan más grandes hacemos el transplante final", explica María. "También hay que cuidarlas, sacarles las hojitas que estan feas, hay que barrer, de pronto las atacan los hongos, al berro lo atacan los pulgones y hay que fumigar. Todo ese trabajo hacemos nosotras", agrega Mirtha.
UNICA EN EL MUNDO. Una vez que Caldeyro fue elegido por la Dirección de Cárceles para llevar adelante el proyecto, hizo una recorrida por varios establecimientos carcelarios.
Caldeyro cuenta que al llegar a la cárcel de mujeres de Cabildo estuvo a punto de descartarla por falta de espacio. Pero al subir a la azotea, agudizando su ingenio y su imaginación, rescató como elemento fundamental que el piso estaba parejo. Eso le permitía llevar adelante un emprendimiento con hidroponia en sistema NTF. Técnicamente el proyecto era viable, faltaban los recursos económicos.
Con el proyecto bajo el brazo, Caldeyro comenzó a buscar un particular que lo financiara. Durante dos años golpeó muchas puertas sin obtener una respuesta positiva. Ahora admite que "proponer hacer una huerta hidropónica en una cárcel a 13 metros de altura, se puede ver como un delirio".
Finalmente, la empresa Gardau Laisa, del sector metalúrgico, apoyó su proyecto con recursos económicos e infraestructura.
Hoy, entusiasmados y apoyados en el éxito del emprendimiento, Caldeyro y Hermida tienen planes de extender la huerta a otras azoteas de la misma cárcel. Para lograrlo sólo faltan los recursos económicos. Caldeyro afirma, "espacio hay, ganas hay, la dirección de la cárcel está interesada en que esto se amplíe. Hay que pensar que esta experiencia es única en al mundo".