Bruselas - Moderna, soñadora, hospitalaria, pero amenazada cada vez más por las diferencias entre los flamencos del norte y los valones del sur, Bélgica, cuya capital Bruselas se asocia en todo el mundo a la Unión Europea, festeja el jueves con toda pompa sus 175 años de independencia.
Desde principios de años, el gobierno puso en marcha una serie de impresionantes actividades (exposiciones, conciertos, espectáculos, bailes populares y fuegos de artificio) que tendrá su punto culminante durante la fiesta nacional, con un gran desfile militar incluido.
Si el objetivo es resaltar la historia en común de unos 10 millones de habitantes, una tarea difícil para el gobierno belga en un país dividido en dos comunidades muy diferentes: en el norte los flamencos de lengua holandesa, en el sur los valones de lengua francesa.
Dominados tiempo atrás por las élites de habla francesa, los flamencos revirtieron la tendencia en los últimos 40 años y hoy en día ocupan un lugar preponderante en el escenario político, económico y cultural de Bélgica, una monarquía constitucional que tiene como rey a Alberto II.
Por su parte, Valonia, próspera hasta la mitad del siglo XX, ha visto hundirse a su economía sin lograr una adecuada reconversión.
El resultado de estos cambios es un país con dos comunidades viviendo en esferas culturales y sociales prácticamente independientes, con un creciente proceso de "federalización" y transferencia de competencias a tres regiones (Valonia, Flandes y Bruselas).
Esta situación de confrontación, que mantiene en vilo a cada nuevo gobierno (en este caso al del primer ministro Guy Verhofstadt), no debe hacer olvidar sin embargo la tradición de "compromiso" de los belgas para convivir juntos.
Hoy, en un discurso en los canales de televisión, el rey Alberto II dijo estar "confiado" en que Bélgica permanecerá unida, pese a la existencia de una minoría que expresa "ruidosamente" una opinion contraria.
"Durante mis numerosos contactos en todos los rincones de Bélgica, muchos me manifestaron su compromiso por la unidad del país. Esto era como un leitmotiv", afirmó el soberano.
"Por ello no estoy sorprendido por el resultado de un sondeo sobre el tema de nuestro futuro común. A la pregunta ¿Bélgica debe permanecer unida? , el 87% respondió en forma afirmativa. El hecho de que el 13% piense lo contrario, y lo haga saber ruidosamente, no puede hacer olvidar que la inmensa mayoría de nuestra población tiene la voluntad de unidad", agregó.
Tras una historia ligada a su vecina Holanda (con quien formaba los antiguos Países Bajos bajo dominio español hasta 1581), Bélgica declaró su independencia en 1830, cuando una coalición de católicos y liberales se rebeló contra las fuerzas holandesas (realistas y protestantes) que controlaban Bruselas desde el Congreso de Viena de 1815.
Su estatuto de Estado independiente se vio confirmado un año más tarde en la Conferencia de Londres (1831), donde obtuvo el apoyo de Austria, Francia, Gran Bretaña, Prusia y Rusia, pese a la negativa de Holanda.
A partir de allí, y poco a poco, Bélgica fue adquiriendo un perfil de país hospitalario para exiliados políticos y escritores y artistas (como el escritor francés Víctor Hugo) y tierra fértil para el surgimiento de movimientos artísticos de vanguardia.
A los artistas expatriados de todo el mundo que pasaron por sus ciudades, Bélgica puede agregar como auténticamente suyos a los escritores Maurice Maeterlinck (Premio Nobel de Literatura) y Georges Simenon, al pintor René Magritte y al cantante Jacques Brel, por nombrar a algunos.
Entre tanto, los belgas vivieron durante el sigo XX las dos guerras mundiales en carne propia, primero con los sangrientos combates de trincheras entre 1914 y 1918, y luego con la ocupación nazi entre 1940 y 1944.
Pero, además, el pequeño reino tuvo su tragedia personal: el Congo, un inmenso territorio propiedad del rey Leopoldo II, que se independizó en 1960 tras sufrir una de las colonizaciones más nefastas de la historia.
Hoy en día, sin embargo, Bélgica y su Bruselas están asociadas indefectiblemente a la construcción europea y a la UE, cuyas instituciones tienen sede en la capital, al igual que la OTAN.
AFP